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Los fragmentos que nos ha dejado Heráclito (del mismo modo que los fragmentos de otros pensadores iniciales) tienen, por decir así, la endemoniada virtud de abrir la puerta “metafísica” a los filósofos “venideros”, los cuales se apuntan sin rechistar a una tradición hermenéutica que se obstina en interpretar lo “dicho” por medio de un “decir” que no se fundamenta tanto en la “verdad” como en lo “posible”. Y es que, ¿qué otra herramienta queda a los susodichos si no es una hermenéutica que se tiene que desplegar para “cocinar” ideas como φύσις, λόγος, κόσμος, πόλεμος, ἀληθείᾳ, etcétera? ¿No son esas palabras (esas ideas) algo así como conceptos “metafísicos” cuyas fronteras están hechas con bruma metafísica? Sí, ya sé que a lo mejor no debería utilizar un término como “metafísica” cuando se está hablando de los pensadores iniciales, ¿pero acaso no es metafísico decir, por ejemplo, “todo es agua” (según la doctrina de Tales) o, en el caso de Heráclito “ἓν πάντα εἶναι” (uno es todo)?

Los pensadores iniciales abrieron, en este sentido, una razón “indemostrable” y, por tanto, un laberinto hermenéutico por el que todos transitamos y que, en mayor o menor medida, tratamos de resolver. Pero estoy seguro de que algunos están convencidos de que vale la pena tratar de resolver lo insoluble, pues el fin aquí no es la meta sino el camino. Y, a mi juicio, son filósofos “de verdad” aquellos que, siendo conscientes de la imposibilidad, realizan su actividad como si una posibilidad fuese posible. Son los referidos filósofos aquellos que van más allá de la verdad sin ocultar que su interpretación es un juego de manos.