El dualismo cartesiano a la luz del presente by Ester Astudillo

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El ensayo reciente de Siri Hustvedt The Delusions of Certainty tiene la ingente bondad de revisitar el dualismo cartesiano, tan imbricado en nuestro pensamiento a pesar del materialismo de nuestros días, diseccionar sus antecedentes y posteriores derivaciones y exponer a la luz sus inconsistencias e insuficiencias explicativas ante los nuevos conocimientos médicos, científicos y psicológicos del momento presente. Lamentablemente, aunque existe traducción al español (Los delirios de la certeza), el ensayo principal del libro, al cual da título, ha sido obviado en ella.

Hemos dado en calificar el dualismo de cartesiano, pero tiene notables antecedentes en la filosofía occidental, desde la Grecia clásica. Tal dualismo puede reconocerse en múltiples etiquetas antitéticas que están y han estado largo tiempo vivas en nuestro pensamiento; algunas podrían considerarse equivalentes a la oposición cuerpo-mente; otras derivan de tomar como buena (o errónea) esa hipótesis dualista. Así, por ejemplo, antinomias como: cuerpo vs. mente, materia vs. espíritu/alma, cerebro vs. mente, biología/genética vs. ambiente/entorno, innatismo vs. aprendizaje, etc. 

El debate sigue vivo hoy, como demuestra su imbricación en la defensa de una u otra de las posturas encontradas en nuestra sociedad sobre: igualdad/diferencia de los sexos y el peso relativo de la biología en ello, las políticas públicas en educación y su potencial para ‘corregir’ o ‘paliar’ daños causados por la ‘contribución’ familiar, inversión en IA y robótica para crear vida artificial (es decir, tomando la mente por solucionador de algoritmos binarios y el cuerpo como carrocería hoy aún necesaria para albergar la mente), etc.

De Descartes la autora hace hincapié en las dos principales derivaciones de su pensamiento para la filosofía, el conocimiento y la epistemología: a) que la mente y el cuerpo están segregados (de ahí el dualismo), siendo la mente la vía de acceso al conocimiento, puesto que los sentidos y la percepción pueden engañarnos; y b) que el conocimiento del mundo es posible, que el mundo y sus objetos existen independientemente de la mirada del observador y que, por tanto, no es solo deseable, sino que es posible alcanzar la certeza (y de ahí el título del ensayo, por bien que la yuxtaposición del término certeza con el de delirio dé buena cuenta de cuál es la posición de la autora).

En realidad, gran parte de la discusión sobre la cuestión de la diferencia entre los géneros está directamente relacionada con la oposición entre innatismo y ambientalismo. En otras palabras: las diferencias apreciables y mesurables entre géneros en ciertos terrenos que no son directamente dependientes de las diferentes morfología y anatomía femenina y masculina, ¿responden a una diferencia esencial o a una diferente y estereotipada educación diseñada secularmente para cada uno de ellos? ¿Es la educación la responsable de crear y reproducir esas diferencias a lo largo de las generaciones? ¿O bien existe algún sustrato real y esencial previo que explique el porqué de ese diferente trato secular de los géneros en las diferentes culturas, hoy tildado de “patriarcal”?

En cuanto al innatismo (vs. ambientalismo), defiende que mucho de nuestro conocimiento implícito, nuestras capacidades y los circuitos neuronales para procesar los estímulos, la información y el conocimiento vienen por defecto ya ensamblados, junto con nuestro legado genético, al nacer. Esta posición es especialmente prolífica en psicolingüística, y uno de sus mayores defensores en lingüística ha sido Chomsky, con su gramática generativa. Sin embargo, ¿cómo trazar una línea inamovible entre aprendizaje y biología cuando sabemos que los neonatos tienen un neocórtex profundamente inmaduro que requiere de la experiencia para crecer y especializarse? ¿Dónde cortar exactamente entre cultura y biología? ¿Existe tal división en realidad, o se trata de una ficción?

La metáfora del buen salvaje es un ejemplo muy explicativo: la biología, o la genética, no es suficiente para transformar a un neo-nato en un humano. Es necesario el entorno, el aprendizaje, el vínculo emocional, los estímulos. Y existe una ventana de oportunidad -hasta los 6 años aproximadamente- más allá de la cual, ese necesariamente temprano intercambio con el entorno no podrá resultar jamás en un humano. La plasticidad de nuestro cerebro otorga un papel preeminente al aprendizaje, al ambiente, a la cultura, para alcanzar a desarrollar todas nuestras potencialidades de humanos.

Pero el argumento central de la tesis dualista es el que sigue: la mente es un ente ajeno al -e inconexo del- cuerpo, convertido este en mera carrocería que aloja a aquella, de hecho un residuo, algo despreciable para el propósito del gen, según la hipótesis de Dawkins en El gen egoísta; la mente es un mero procesador de la información. La vida es entendida como un algoritmo binario que encripta y desencripta la información para su propia replicación. En realidad, seríamos equivalentes a robots, a androides. De ahí la fe irrefutable de un sector de la comunidad científica en el campo de la IA. Y la de otro que cree que en un futuro a medio plazo, los humanos no necesitaremos cuerpo para vivir  (enlace a “La Contra” de La Vanguardia de 7 de marzo de 2017: http://www.lavanguardia.com/lacontra/20170307/42589515978/la-realidad-objetiva-no-existe-nos-lo-dice-la-ciencia.html).

Así, el llamado transhumanismo y post-humanismo es una derivada directa del dualismo, y prevé que en un futuro no muy lejano y previsiblemente emancipador, los humanos serán cuando menos híbridos, parte humanos y parte cíborgs. La tecnología permitirá al hombre liberarse de la carga de corporeidad, dolor y de muerte. En definitiva, de la materia: blanda, pringosa, húmeda y palpitante. Se esconde un nuevo puritanismo en esta visión maniquea de la tecnología y del conocimiento, que catapultan a la inmortalidad una nueva versión del alma y que ven en el cuerpo un obstáculo, un residuo de nuestra dependencia genética, de la que también podremos liberarnos con el tiempo. 

Sin embargo, una nueva orientación en el estudio neuro-científico de la relación cuerpo-mente, aunque controvertida y prolífica en disensiones, recupera el pragmatismo americano de James y Dewey, que defendían que la autocoenciencia no es únicamente metapensamiento, es decir,  reflexión deliberada sobre nosotros mismos y los pensamientos que nos ocupan, sino que tiene también un componente pre-reflexivo, que claramente está anclado en las sensaciones primarias de ser uno mismo, de poseer un cuerpo que está ocupando un espacio en un lugar concreto y de todas las percepciones que tener un cuerpo implica, tanto internas como en su necesaria interacción con el entorno donde está anclado: propiocepción, interopercepción y extero-percepción.

Para captar cabalmente la importancia de las sensaciones corporales como sustrato en la emergencia del pensamiento abstracto es esclarecedor el conocimiento derivado del estudio de la psicología evolutiva del niño. Piaget fue un precursor destacado, y aunque su modelo de etapas evolutivas ha quedado superado, fue uno de los primeros en llamar la atención sobre la radical importancia de las experiencias corporales del niño con su entorno previas e imprescindibles para al desarrollo del pensamiento abstracto. 

No todo el procesamiento mental implica procesar símbolos o conceptos. Mucho de lo que sabemos lo sabemos no innatamente, como dirían los innatistas, sino pre-conceptualmente porque tenemos un cuerpo que interactúa con el entorno, lo que podríamos llamar conocimiento tácito, adquirido a partir de nuestras experiencias subjetivas y necesidades más primarias. Se trata de un conocimiento que compartimos también con otros animales, que incidentalmente también tienen cuerpo. Ya Kuhn introdujo el concepto de ‘situacionalidad’: no existe información ni conocimiento independiente de la situación en la cual se sitúan el sujeto y el observador y desde la cual este formula sus preguntas. No existe información ni verdad investida de certeza internamente; la certeza existe sólo en relación al modelo de inquisición, al paradigma de partida desde el cual se formulan las preguntas y se acumula la información. No existe verdad absoluta; todas las verdades son relativas. 

La hipótesis que Hustvedt plantea hacia el final del ensayo, tras haber realizado un recorrido por la historia de la filosofía y por los avances y fracasos de la ciencia computacional en el proyecto de generar un ser humano artificial mecánicamente, es la siguiente: ¿no será el divorcio entre cuerpo y mente una consecuencia no de nuestra experiencia en el mundo sino de la reflexión que tal experiencia nos merece? ¿No será ese el resultado de un cierto distanciamiento de nuestra experiencia inmediata? ¿Qué es la filosofía sino el resultado de disfrutar de un tiempo de ocio para retirarse del mundo y reflexionar, en lugar de guerrear contra el mundo para sobrevivir? Creo que no hay disensión posible. Si tal fuera el caso, los problemas de la veracidad de nuestra percepción y de la certeza de nuestro conocimiento serían problemas artificiales o ad hoc, sobrevenidos una vez resueltos los problemas inmediatos que exige la necesidad biológica de sobrevivir  en un entorno determinado.

Cierto. Para entender la evolución de la historia humana y del pensamiento hay que tener en cuenta la perspectiva evolutiva de nuestros propios aparatos sensor y motor y hacer de ella una premisa siempre presente: nuestros problemas filosóficos clásicos, modernos y contemporáneos son problemas nuevos y artificiales porque también es artificial el entorno en que hoy vivimos, para el que nuestro cerebro-en-el-cuerpo no venía ‘preparado’ desde una perspectiva biológico-adaptativa.

Para acabar, por más que se acumulen los datos que prestan apoyo a la tesis de que somos antes que nada un cuerpo, hay que hacer mención de la inquietante posibilidad que la tradición dualista de nuestro pensamiento está convirtiendo en realidad y que hasta ahora existía sólo en la literatura, bien en forma de utopía, bien en forma de distopía: la posibilidad de crear artificial y mecánicamente vida humana. 

Con el avance de la nanotecnología y la investigación biomédica, surge una pregunta que hoy todavía pertenece al terreno de la ciencia ficción pero que comienza a tomar cuerpo como horizonte existencial para la raza humana, un camino que confunde el progreso hacia la divinidad inmortal con la involución humanoide; la utopía con la distopía. Que cada cual juzgue por sí mismo: 

“Reestructurar el proceso de envejecimiento, revertir la bioquímica de las enfermedades progresivas. Esperamos estar a la vanguardia de cualquier innovación genuina. Nuestros centros tecnológicos en Europa están examinando estrategias para el cambio. Ideas adaptables a nuestro formato. Nos estamos adelantando a nosotros mismos. Ahí es donde queremos llegar. […] Y yo me preguntaba cuándo el pragmatismo se convierte en totalitarismo. Me preguntaba si me enfrentaba a un futuro controlado centralmente, donde hombes y mujeres se ponían al servicio, voluntariamente o no, de un poder centralizado. Vidas de maniquís. ¿Se trataba de una idea demasiado fácil? […] Y las vidas renacidas, ¿serían idénticas entre sí, cortadas por un mismo patrón? Morir humano, renacer dron isométrico. […] La fantasía de la aspiración humanoide”(1).

(1) D. DeLillo. Zero K. Londres: Picador, 2017

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Reblogueó esto en FILOSOFIA DEL RECONOCIMIENTOy comentado:

    Hoy en MASTICADORESFOCUS una reflexión sobre la problemática del dualismo cerebro-mente…por la colaboradora Ester Astudillo

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  2. elmonocalvo dice:

    Buen resumen-reflexión del pesamiento circundante que hoy nos ocupa y preocupa

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  3. Interesante pregunta final, Ester. Nos dirigimos a ello, el tema es como se resolverá. Saludos j.

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