Fenómeno y Trascendencia by Pol Ruiz de Gauna

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Sobremanera interesa, en aras de la comprensión de la cosa misma, habérselas con toda fructífera alusión escurridiza a lo que referencialmente no puede sino quedar más allá de aquello de lo que se trata, comoquiera que todo remitir desde “aquí” a lo que no es “aquí” pero lo sería en la medida en que el “aquí” se cumpliese, alcanzara su plenitud estructural, constituye nada menos que la cimentación de la posibilidad de que lo que hay, el “aquí”, empiece a ser cabalmente entendido y, por ende, asumido en su condición ontológica propia. En efecto, el “aquí” no es otro que la Modernidad (o la sociedad moderna o civil o burguesa, con todo lo que ello implica). En la génesis de lo moderno, precisamente porque el quid no aparece sino como fraguándose todavía en determinada forja (esto es: porque aún se halla en proceso de constituirse como tal quid), lo que desde luego brilla por su ausencia es algo así como una distancia para con aquello que entonces, en el momento genésico, está empezando a emerger; consecuencia ineludible de lo cual es el que, en la génesis del fenómeno en cuestión, las mencionadas alusiones escurridizas a “lo otro” no gocen de presencia textual alguna, ni siquiera embrionaria, primeriza o incipiente. Pues bien, tan de Perogrullo como enunciar que el Volga desemboca en el mar Caspio es recordar que la madre del cordero o por lo menos el genitor del asunto que nos ocupa es Thomas Hobbes, lo que en particular significa que constituye el filósofo de cuyos textos resultará el origen de no otra cosa que el mundo histórico al que pertenecemos, con lo cual queda ya implícitamente indicado que Hobbes no agota la cuestión, sino que apenas la principia: es el primero que se confronta con la possibilitas de la garantía, con en qué consiste el establecimiento de un poder coactivo tal que sea capaz de hacer valer y cumplir reglas universalizables (la tematización de la universabilidad es en efecto kantiana, pero su simiente, por así decir, pertenece ya a la prosa hobessiana), a saber: reglas tales que la observancia de las mismas por parte de cada uno bajo determinadas condiciones tenga como efectiva compensación correlativa el que cada otro bajo las mismas condiciones se halle asimismo sujeto a idéntica observancia. Lo contrario (la ausencia de reglas tales) es el “estado de guerra”, la pura inconsistencia, el terror. 

Recorriendo el camino del derecho y de lo político concebido como garante del derecho, llegamos (obviando menciones que en otra parte sería imprescindible introducir y desarrollar) a la figura de Karl Marx, figura que, en cuanto señeramente tardía, a diferencia de Hobbes, no puede preterir la inclusión textual en el análisis del sistema no solo de un elemento explícito de discernimiento tocante a en qué consiste lo que (ya) hay (crítica de la economía política), sino también de aquello que antes hemos denominado fructíferas alusiones escurridizas a “lo otro”, cuya función consiste en apuntar a lo que todavía no, porque seguimos “aquí”, señalamiento alusivo que tiene lugar, por tanto, no a través de caracterización positiva alguna, sino de tal manera (impensable en Hobbes, por lo que ya se ha dicho) que aquello a lo que se apunta es al carácter estructuralmente finito del “aquí”. Por eso el celebérrimo “a cada uno, según sus necesidades”, referido a una presunta trascendencia con respecto a lo moderno (otredad que en Marx recibe el título de “comunismo” o de “fase superior del comunismo”), bien pensado significa lo siguiente: la auto–rescisión o –abolición o –desgarradura de algo (“necesidad” ) que vale para la formación moderna, de tal suerte que lo que se dice es que “allí”, a diferencia de “aquí”, porque en efecto se trataría de una legítima alteridad, se daría a cada cual lo que necesitara (esto es: dejaría de valer lo que ahora vale); en otras palabras: decir que no habría necesidad alguna es lo mismo que reconocer que, más allá del “aquí”, no habría “aquí” sino “allí”, y, por tanto, no habría nada de lo constitutivamente incluido en el tener lugar de la Modernidad. Lenin interpreta correctamente tal problemática cuando, al analizar las palabras de Marx, aclara que “no tenemos datos para poder resolver estas cuestiones”, y remacha que “(…) a ningún socialista se le ha pasado por las mientes ‘prometer’ la llegada de la fase superior de desarrollo del comunismo”; en este mismo sentido cumple interpretar, a mi juicio, cualesquiera referencias leninianas a la extinción o superación del Estado, la democracia, etcétera. Contrariamente a la insinuación de lo trascendente como espacio en el que en absoluto cabe echar raíces o morar, esto es: a la insinuación de lo otro como precisamente otro y, por tanto, como modo de referirse, mediante escurridizas alusiones a lo que todavía no, a la esencial finitud de lo que en efecto aún sí (aunque en estado todo lo terminal que se quiera), contrariamente a ello (y, en particular, a la mejor tradición marxista) se expresan ciertos textos de Gramsci, a cuyo espíritu militante es indudablemente caro el atribuir al proletariado una definición positiva propia más allá del capitalismo y, por tanto, de la Modernidad, como si, frente a su condición asalariada en el seno del capitalismo, en alguna otra parte más allá de toda vinculación con el sistema capitalista los proletarios pudieran llegar a ser simplemente productores. La diferencia entre Gramsci y Marx (también, si se quiere, entre Gramsci y Lenin, aunque a Lenin podrían afeársele ciertos deslices teóricos que no hacen al caso) es idéntica a la irreductible distancia entre (mera) promisión y filosofía. Como se desprende de lo dicho hasta aquí y de otras muchas cosas que al respecto fuera oportuno añadir, la filosofía (o las expresiones más serias y meritorias del pensamiento filosófico), cuando apunta a fenómenos que no son aquel cuya fenomenología se intenta averiguar, no se sitúa téticamente en lugares alternativos ni pergeña futuribles, sino que alude a cierto trans– o post– tan solo a modo de recurso-límite, en orden a que comparezca el esencial acabamiento del fenómeno del que se trata, esto es: con vistas a distanciarse de él no para que irrumpa una efectiva “allendidad”, sino para estar quizá por primera vez en condiciones de pensarlo hasta las postreras consecuencias, entre las cuales se cuenta, ulterior y últimamente, la reventazón; quizá (todavía está por ver) también el silencio.

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  1. Reblogueó esto en FILOSOFIA DEL RECONOCIMIENTOy comentado:

    El artículo de hoy martes de Filosofía en MASTICADORESFOCUS

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