Mi fábula by F.Moa

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El vivir lleva consigo una experiencia que cabalga entre lo dramático y lo cómico. Y entre estos dos límites cabe la posibilidad de una distracción vital que no ve o no quiere ver lo que hay en el fondo de las cosa: lo absurdo. Este absurdo queda la mayor parte de las veces oculto bajo la larga sombra del querer vivir que, haciendo trampa, «convierte la vida en una finalidad […]»1. La vida en cuanto finalidad es transformada falsamente en una vida con sentido, lo cual se opone al sinsentido de lo absurdo.

La naturaleza no es sabia, sino mentirosa. ¿Y quién encabeza la mentira aquí? Ese ser pensante que llamamos ser humano. El hombre quiere vivir, y no sólo eso, además, lo justifica con la razón, pues él, como animal que piensa, considera tener la capacidad de entender, de alguna manera, el sentido de la vida. Nada más cómico. Nada más trágico. Pero no tiene suficiente con creerse con la capacidad de dar cuenta de su vida, además quiere instaurar sus creencias, unas asquerosas y malolientes creencias por medio de una violenta dictadura del sentido.

Estoy muy de acuerdo con Cioran cuando dice que el pensamiento religioso es una forma de pensamiento obsesivo. Y ya sabemos que los pensamientos obsesivos siempre se deslindan de alguna manera de la realidad. De eso se trata, de negar la realidad y superarla del modo que sea2. Aquí la imaginación tiene su gran papel. Sin ésta sería imposible ser religioso. ¿Y qué pasa con la religión? La religión es el resultado de un laboratorio en el que el sacerdote trabaja con una sustancia esencial: la imaginación. Ahora bien, la religión está más allá de las estructuras religiosas “clásicas”. En efecto, todos los ámbitos de nuestra vida están tocados con manos religiosas que nos hacen creer en cosas totalmente falsas. Un ejemplo de esto último: considerar cierto durante milenios que la verdad es la concordancia del conocimiento con el objeto3. Otro ejemplo: ese cura disfrazado de destructor de ideales haciendo apología de un ideal que es capaz de ver «la realidad tal como ella es»4.

La realidad y la vida nos obligan a pensar para protegernos: construimos refugios mentales. Se trata, por decir así, de protegerse de la intemperie de lo absurdo, esto es, no caer en la locura, la desesperación, el suicidio. Y para tal cometido la imaginación es imprescindible, toda vez que sin ella nadie sería capaz de decir: “x” es la realidad; “y” es la vida. Siendo esto así, la vida transita entre falsedades y engaños  aseverando una y otra vez con obsesión neurótica: sí, eso es verdad.

Existen viejos cuentos chinos procedentes del centro de Europa. Recuerdo, por poner un ejemplo, aquella fábula de Hegel que básicamente decía: Hubo una vez una razón cuyo saber de sí misma aumentaba más y más. La imaginación otra vez. Sí, una fábula requiere mucha imaginación si la fábula es buena. La de Hegel es muy buena. Pero sólo es una fábula, o sea, un ver las cosas tal como no son. Ahora bien, ¿quién se escapa de la fabulación? ¿Acaso alguien es capaz de ver las cosas tal como son? Más que seres inteligentes somos seres fabuladores. Y como tales, podemos llegar a pensar que cada vez sabemos más. Pero no, lo único que hacemos es mentirnos más y más y más…

Hasta aquí mi fábula (mi mentira).

1. Cioran, 2014.
2. Aquí estoy cayendo en una aporía: ¿cómo se puede negar la realidad si uno no sabe del cierto qué es la realidad?
3. Kant, 2002.
4 .Nietzsche, 2017.
 

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