La sociedad del absurdo by Nacho Valdés

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La organización sociopolítica actual ha terminado por confluir, después de un periplo de varias décadas, en la plena interconexión y liberalización de los mercados. Capitalismo, neoliberalismo y globalización son conceptos que enraízan en la categoría de lo económico y que conducen al modelo de sociedad en el que nos encontramos. Es por esto que lo político termina por confundirse en esta amalgama. Vale la pena detenerse brevemente en esta conceptualización para intentar comprender su alcance.

El neoliberalismo presente, fundado en una economía financiarizada, proviene del liberalismo clásico que encuentra su eco en las teorías de Hayek y Friedman con su Escuela de Chicago. Estos trabajos se convirtieron en la lectura referencial de los gobiernos de Thatcher y Reagan que durante los años ochenta del siglo XX dieron los pasos necesarios para la liberalización de los mercados y la privatización de los servicios sociales. Este cambio de tendencia comenzó con la Crisis del petróleo de los setenta que dejó patente, además del carácter cíclico de los periodos de emergencia en nuestro modelo financiero, que el Estado de bienestar levantado después de la Segunda Guerra Mundial aparentaba ser insostenible. Es en este momento cuando la Ley Glass-Steagall comienza a ser discutida hasta que en noviembre de 1999 es revocada provocando el desamparado de las inversiones personales y el desenfreno económico de los primeros años del siglo XXI. Como consecuencia, se multiplican las operaciones de garantía superpuestas unas sobre otras dando lugar a los productos derivados causantes de las burbujas financieras, pues los intereses puramente especulativos suponen el principal motivo para los fenómenos de crisis económica.

El punto de inflexión apuntado abrió la puerta a cambios profundos y esenciales que han provocado una alteración en el reparto de la riqueza y los recursos. A pesar de esta deriva, durante los primeros compases del cambio todavía existía un enfrentamiento explícito entre los dos bloques ideológicos y económicos, el comunista y el capitalista, que provocaba una ralentización de las alteraciones económicas. Con la desaparición de la Unión Soviética el mercado comenzó su deriva globalizadora en la que estamos plenamente insertos. Francis Fukuyama, con su Fin de la historia y el último hombre, anunciaba la clausura de la dialéctica de opuestos que parecía implicar el desarrollo histórico. Parecía que el bloque occidental tenía el camino libre para imponer su criterio, pero la historia sigue su rumbo, aunque todavía no hayamos comprendido de manera integral la dirección que hemos asumido, pues se están generando giros inesperados y cruces extraños a los modelos predictivos con los que se trabajaba.

Desde los primeros años del siglo XXI se introduce con mayor énfasis e importancia la categoría de aceleración analizada por Reinhart Kosellec en Futuro pasado: para una semántica de los tiempos históricos. Los cambios se multiplican en virtud de las tecnologías de la información y la comunicación y entramos de lleno en lo que el alemán denomina «tiempo gozne»: un momento de cambio y alteración que trae nuevos retos y dificultades, pues se alteran los modos de vida anteriores. Esto resulta una nota esencial para comprender el presente en el que nos encontramos y el futuro al que nos dirigimos: la velocidad de mutación que altera nuestras comunidades y nuestro modo de vida.  Las dificultades emanadas de estas alteraciones vienen de manera fundamental de la falta de guía conceptual. En otras palabras, los conceptos y categorías que veníamos empleando pierden su validez y nos sumimos en la desorientación y la pérdida. Estos últimos rasgos podrían considerarse como característicos de nuestro momento y, por lo apuntado con anterioridad, resulta perentorio nombrar y conceptualizar los fenómenos a los que estamos asistiendo, pues, de otra manera, seguiremos con un pie en lo pretérito mientras las novedades nos rebasan y confunden.

El mundo global ha permitido la interconexión de todos los rincones del planeta gracias a la mejora del transporte y las tecnologías de la información y la comunicación. Esta comunidad planetaria, contra la que resulta imposible resistirse, ha supuesto una autopista para el intercambio de capitales y el trasvase de riqueza desde zonas deprimidas, a las que solo se prestaba atención para conseguir materias primas, al mundo desarrollado. Todo el planeta ha generado un campo de trabajo infinito en el que la mano de obra occidental compite con territorios hasta no hace tanto tiempo olvidados y ajenos a la economía financiarizada. Este es uno de los expósitos de la gestión neoliberal de carácter global, pues se produce la posibilidad de deslocalizar la producción y aprovechar las deficiencias laborales, sanitarias y en seguridad de Estados ajenos al Estado de derecho y a las normativas fundamentadas reflejadas en los Derechos Humanos.

En Falso amanecer: los engaños del capitalismo global, John Gray advierte de las transformaciones suscitadas por el avance de la globalización como modelo financiero. Los negocios se instalan en aquellos lugares donde resulta más ventajosa su actividad y es evidente que en zonas ajenas al constitucionalismo occidental se encuentra un vasto terreno para explotar. ¿En qué sentido se produce esto que anunciaba hace veinte años el británico? Pues muy sencillo: la ausencia de una legislación férrea en materia laboral, medioambiental, salubridad y seguridad, permite a las empresas transnacionales ahorrar en costes empleando mano de obra barata y desechable. En nuestro entorno esto es algo difícil, aunque se produzca, pues la justicia actúa de oficio, pero en otras muchas zonas del planeta se da la oportunidad para generar riqueza partiendo de la miseria humana. Esta es una de las ventajas de esta sociedad líquida y con fronteras porosas para el capital, como razonaba Zygmunt Bauman en La globalización. Para Gray esta es la alquimia que permite la aparición de híbridos que aúnan el capitalismo y el autoritarismo en política.

El mundo empresarial no resulta maligno per se, más bien al contrario, es impersonal y aséptico. Solo cumple con aquello para lo que está diseñado: la consecución de beneficios. La búsqueda de ganancias resulta el motor de la acción capitalista y en este sentido no resulta nada reprochable, pues como comentaba, es la función proyectada desde la génesis de este modelo de mercado. Los conglomerados globales que operan por todo el orbe están conformados por personas anodinas que ejecutan su función de manera rutinaria; únicamente cumplen con la función atribuida. Ahora bien, la suma de estas acciones en el conjunto social deja una huella indeleble que afecta a la totalidad del planeta.

Un caso paradigmático es de las enormes fortunas que se generan gracias a esta arquitectura socioeconómica. Por ejemplo, un sujeto como Amancio Ortega ha llegado a amasar una fortuna de casi setenta mil millones de euros. Como el dato resulta mareante podría decirse, como guía para concebir el asunto, que equivale al diez por ciento del PIB español o que está por delante del PIB de ciento treinta y dos países. Es decir, una sola persona acumula un capital potencial superior al de varios países africanos juntos. Se trata de una fortuna absurda, lejos de cualquier posibilidad de razonamiento y ajena al mundo cotidiano en el que nos movemos.

Ahora bien, Amancio Ortega no ha hecho nada malo. Todo lo contrario, ha sabido aprovechar una situación benigna para hacer negocios en el tablero global, pues si algo caracteriza su entramado empresarial es su omnipresencia. No hay lugar donde no se pueda encontrar un local de Inditex o un territorio donde no opere y, en este sentido, han jugado un papel determinante la publicidad derivada de los nuevos medios de comunicación y la descentralización del poder gracias al proceso globalizador. Este último asunto lo ponen sobre la mesa Antonio Negri y Michael Hart en Imperio. El alcance estatal, si bien legitimado por las organizaciones democráticas y los textos constituyentes, está palideciendo ante los poderes tácitos del mundo empresarial. ¿Qué puede hacer un pequeño Estado ante el poderío de un Amancio Ortega? La cuestión es de fácil solución: poco o nada. De hecho, como pone de manifiesto John Gray, se produce una puja entre territorios para garantizar unas condiciones benignas para las grandes empresas transnacionales. El motivo es que allí donde se instalan cae una lluvia de beneficios que, sin embargo, deja tras de sí un territorio yermo cuando terminan su función y exprimen todas las posibilidades de la zona.

Amancio Ortega, al igual que otros individuos absurdamente ricos, sabe que este capital voluble y sujeto a los vaivenes del mercado necesita un elemento sólido en el que anclarse. Es por esto que lleva un tiempo invirtiendo en el mercado inmobiliario y haciéndose con inmuebles icónicos en los barrios más pudientes de las principales capitales del planeta. Algo tangible y sólido con lo que capear cualquier posible temporal económico en el futuro. Aquí es donde se encuentra el garante para la reproducción del capital ad aeternum: un colchón multimillonario que permite diversificar la inversión. Esto transforma una posibilidad en una realidad y certifica la prolongación hacia el futuro de las posibilidades de un solo sujeto.

El capitalismo neoliberal de tono global se establece desde la liberalización de los mercados y tiene su fundamento en la teoría clásica de Smith o Ricardo. Conecta con la libertad del individuo para intervenir en el mercado sin aguantar las intromisiones estatales. Aquí, según este liberalismo, encontramos el sostén para una sociedad sin injerencias en la individualidad. No obstante, el neoliberalismo deja de lado un elemento clave en la idea de mercado de la teoría clásica: tiene que darse un marco normativo que garantice la igualdad en los intercambios y proteja de los abusos. A nivel estatal se ha ido construyendo este espacio legal, pero, a nivel global, es obvio que no existe absolutamente nada. De este modo, se puede concluir que los mercados globales, con personajes señeros como Amancio Ortega a la cabeza, operan desde el abuso y el desequilibrio que fomentan y que acaba con la igualdad cacareada desde los presupuestos de nuestra sociedad. En otras palabras: los cimientos de nuestro Estado de derecho son socavados por la acción emanadas de un mercado global totalmente desregulado.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Reblogueó esto en FILOSOFIA DEL RECONOCIMIENTOy comentado:

    Entrada de MASTICADORESFOCUS por NACHO VALDÉS

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