people wearing headscarf celebrating holi festival
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El crimen nos produce fascinación, tal vez porque no llegamos a comprender como el ser humano es capaz de cruzar estos límites.

Hobbes defendía que el ser humano es malo por naturaleza; Rousseau, lo contrario. Una respuesta más consensuada es la que afirma que la naturaleza humana contiene la potencia o la facultad tanto de ser bueno como malo. Lo sabemos porque somos capaces de hacer tanto el bien como el mal. ¿Por qué? Freud dice que el ser humano está dirigido por dos instintos básicos, eros y tánatos: amor y muerte u odio. Lo que hacemos estaría determinado o motivado por cualquiera de los dos instintos. ¿Cuál tiene más poder en determinado momento? Lo que en la práctica se traduce en: ¿mato o no mato, pego o no?

Erich Fromm, dice que en el corazón del hombre plantea que, en realidad, no existe una condición humana natural, no se puede decir que el hombre es bueno o malo, sino que existe un conflicto humano existencial: por un lado, somos animales con instintos, pero a diferencia de ellos, nuestros instintos no son suficientes para la supervivencia. En cierto modo, resulta que somos los animales más vulnerables. Por eso nos organizamos en comunidades que nos dan protección, seguridad.

Para poder formar esas sociedades echamos mano de nuestro aspecto racional: llegamos a acuerdos y consensos, dice Fromm, porque sabemos muchas cosas, nos conocemos a nosotros mismos y a los otros, y sabemos que entre todos surgirán conflictos. Además, sabemos que hay pasado, que existe un futuro donde me proyecto y sabemos también que vamos a morir.

Las motivaciones que pueden llevar a un individuo a matar pude ser porque quiere obtener un beneficio de esa muerte, en el caso de los hombre, a través del binomio sexo-sadismo, o con el objetivo de poseer el control, mientras que en las mujeres la primera motivación es el lucro, y la segunda las emociones.

Por ejemplo, en el caso del síndrome de Amok donde se habla de un asesinato múltiple en un solo acto, pero aunque muchas veces se especule con lo contrario hay mucha planificación detrás. Además de ello, existe el factor de impulsividad.

El síndrome de Amok es una enfermedad mental que consiste en una súbita y espontánea eclosión de rabia salvaje, que hace que la persona afectada salga a la calle armada con un cuchillo o arma de fuego y ataque, hiera o mate indiscriminadamente a todas aquellas personas que estén a su alcance.

No hace falta estar loco para cometer una locura, pero muchas de las muertes sin sentido que se producen pueden entenderse bajo la perspectiva psiquiátrica o psicológica.

Entonces, ¿Estamos programados para matar? Los humanos siempre hemos tenido que matar para sobrevivir: nuestros cuerpos matan bacterias que amenazan nuestras vidas, siempre hemos matado plantas y animales para comerlos y, ciertamente, desde tiempos ancestrales nos matamos los unos a los otros cuando nos sentimos amenazados o tenemos algo que ganar. Por raro que pueda sonar, matar es esencial para la condición humana.

Es decir, estos pensamientos son normales, por suerte llevarlos a la realidad no lo es. De hecho, jugar con estas cosas podría ayudarnos a tomar mejores decisiones porque, una vez que hemos jugado con el horror en nuestras mentes, es probable que decidamos que en realidad no queramos esas terribles consecuencias.

Aquí cabe preguntarnos si, ¿Subestimamos nuestra propia capacidad de hacer daño a los demás? Nos pensamos a nosotros mismos como “buenos”, y eso hace muy difícil que nos demos cuenta de nuestra propia capacidad de hacer daño. Necesitamos urgentemente conocernos mejor a nosotros mismos.

Ahora bien, ¿Hay maldad y bondad dentro de todos nosotros? El mal solo existe en nuestros miedos. No deberíamos usar el término “malvado” para describir a seres humanos o sus actos, porque eso hace que parezca que nunca se pueden entender, que son casi sobrenaturales.

El mal también es una etiqueta que usamos casi universalmente para deshumanizar a los demás y cuando lo hacemos, podemos convertirnos fácilmente en los monstruos que tememos.

En lugar de llamar a las personas o a los actos malvados, ¿por qué no describir el acto, las consecuencias del mismo e idealmente tratar de entender por qué sucedió? Solo si trabajamos para comprender por qué las personas causan un gran daño podemos comenzar a prevenirlo.

Dicho todo esto podemos plantearnos la pregunta de si, ¿El peor de los asesinos tiene un atisbo de bondad en su interior? La línea que divide el bien y el mal atraviesa el corazón de cada ser humano. ¿Y quién está dispuesto a destruir un pedazo de su propio corazón?

Generalmente podemos empatizar más fácilmente con las víctimas que con los perpetradores, lo que nos facilita la construcción de diferencias artificiales entre nosotros, “la gente buena”, y ellos, “la gente mala”.

Y no nos gusta pensar que “nosotros” podemos llegar a ser como las personas que tememos u odiamos. Quizás tengamos miedo de nosotros mismos.