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La idea es un componente esencialmente humano; desconocemos si el resto de seres vivos las tienen, al menos como nosotros, pero sí tenemos claro que se trata de algo que permite identificarnos. Las abstracciones, las conceptualizaciones y demás entelequias conforman el rumiar constante de la actividad reflexiva idiosincrásica del género humano. No obstante, estas creaciones quedan atrapadas en nuestro yo sin posibilidad de alcanzar al resto de conciencias hasta que son verbalizadas. Es por esto que el lenguaje es un elemento fundamental para comprendernos en el espejo que supone la alteridad.

En Política, Aristóteles ponía de relieve la dimensión social del ser humano. Puesto que se trata de un animal que vive en la polis, en comunidad, tiene esta inclinación a la vida política. Nuestra característica gregaria ha alcanzado un tono cultural muy desarrollado y excede la mera comunicación de estados de ánimo ejecutada por los animales. Los sujetos que integran una unidad política, con independencia del grado de desarrollo en el que se encuentre, necesitan establecer un proyecto axiológico que determina qué es lo adecuado y lo inadecuado, qué está prohibido y permitido y qué es lo sagrado y lo profano. Todas las sociedades incluyen estos componentes mínimos para el orden comunitario y, para asentar estos elementos fundamentales para la convivencia, se hace forzosa la expresión de nuestras ideas para imponer, discutir o contrastar puntos de vista. Sin expresión no hay posibilidad para la civilización.

El lenguaje se convierte, de este modo, en la extensión de nuestro pensamiento y en vehículo para las ideas. Sin este componente quedan recluidas en nuestra conciencia personal haciendo que pierdan validez y sentido, pues, sin géneros de dudas, las abstracciones que genera nuestro intelecto nacen con una vocación externa; pretenden la búsqueda del otro, entrar en contacto con la alteridad para de este modo alcanzar el culmen de su realidad: anidar en otro ser humano.

 Nuestros contenidos mentales son motivo para la acción, antes de actuar es imprescindible una dirección operativa que nos indique las ventajas o inconvenientes de aquello que emprendemos. Es por esto que todos los cambios sociales, históricos y comunitarios de gran calado comienzan por una simple ocurrencia a la que es necesario alimentar mediante la reflexión. Es decir, la actividad intelectiva necesita de la inteligencia que de manera solitaria establece un boceto de lo que con posterioridad será una idea que permitirá el direccionamiento de nuestra acción personal y colectiva.

Una vez madurado el producto de nuestra intelección, cuando logramos darle forma y coherencia y se convierte en un germen atractivo de lo que puede llegar a ser, llega el momento de darle salida hacia los otros. «Ser en los demás», como decía Unamuno, imponernos a los otros mediante la guerra civil dialéctica defendida por el vasco, implica el uso de la retórica y la lengua para hacer inteligible el fruto de nuestra cavilación. Sin este puente que tendemos, gracias a la verbalización de las entelequias mentales, sería imposible la comunicación y el contacto con los demás.

Constancia de lo anterior tenía el Humanismo renacentista que puso el acento en la recuperación del estilo y la forma expresivas frente a las enrevesadas e intricadas construcciones escolásticas. El exceso lógico y racional de la filosofía medieval había conducido a la clausura de los contenidos intelectuales sobre sí mismos, pues únicamente los iniciados eran capaces de acceder a estos monumentales trabajos teológicos. Ante este panorama se produce la reacción moderna que lucha contra estos rasgos que alejaban la inteligencia del vulgo.

En el Humanismo, según Eugenio Darín, se dan los primeros elementos que fructificarán durante la Modernidad. Desde una perspectiva filológica que ponía atención en el estilo, la pulcritud y la bibliofilia comienza el programa de reforma social y política que lentamente irá imponiéndose para acabar con la sociedad feudal anterior y con la estructura dual del Imperio y el Papado. Sin los humanistas, que dan carpetazo a la teología medieval, no podrían haberse extendido estas ideas que han dado como resultado la estructura política representativa del presente: el Estado. De hecho, muchos elementos humanistas encuentran reflejo en la Ilustración que abre la puerta a las libertades individuales y permite la clausura del Antiguo Régimen. Por ejemplo, la distinción entre la civilización y la barbarie, la lucha contra el oscurantismo y la primacía de lo religioso o la defensa de la libertad personal, serán componentes que encontrarán continuidad y arraigo en el periodo ilustrado.

El Humanismo contiene en sí mismo todo un programa filosófico, aunque fundado en la ironía, el estilo y la retórica. En otras palabras, se asumen herramientas que hasta el momento se consideraban residuales o de segunda fila. Así, el valor del discurso filosófico descansa en gran medida en una forma que escapa a los relatos inaccesibles de la escolástica medieval. El punto de partida lo podemos encontrar en Petrarca y su proyecto de reforma social y política que ponía el interés central en el ser humano. Además del tono lírico y existencial, podemos encontrar una profunda preocupación comunitaria que rompía con las ideas anteriores en relación al orden establecido.

En Petrarca la vida del sabio conecta con el conjunto social, pues su labor resulta valiosa y ayuda al conjunto. La vida activa que defiende tiene una proyección universal ya que la idea, tal y como ha quedado dicho, tiene como fin alcanzar al otro frente al que nos encontramos. Por tanto, resulta imprescindible el cuidado del lenguaje, tratarlo con mimo exquisito para que el resultado de nuestro trabajo intelectual tenga la posibilidad de alcanzar a la comunidad y, por este motivo, generar los cambios imprescindibles para generar un avance. La retórica, la persuasión, la gramática o la ortografía son elementos que, lejos de ser menores, tienen la posibilidad de encumbrar una buena idea hasta la excelencia. De manera concluyente, resulta una responsabilidad colectiva que nuestros escritos alcancen una calidad mínima que, entre otros elementos como la originalidad o sentido de la oportunidad, puede ser medida por medio del tratamiento que hacemos del lenguaje.