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En La era del vacío Lipovetsky señala como la seducción se ha convertido en el proceso general que tiende a regular el consumo, las organizaciones, la información, la educación y las costumbres. La seducción no se reduce al espectáculo de la acumulación, sino que se relaciona con la sobre multiplicación de elecciones, en lo que se ha vuelto un universo abierto, transparente, que ofrece cada vez más opciones y combinaciones a la medida, y que permite una circulación y selección libres, esto es, una diversificación cada vez mayor de bienes y servicios (autoservicio, existencia a la carta). Bajo el capitalismo proliferan, por ejemplo, las fuentes de información, multiplicando y diversificando la oferta. No más homogeneidad ni austeridad. Lo que vale ahora es la realización de los deseos. La seducción, afirma Lipovetsky, reduce los marcos rígidos y coercitivos, privilegiando la libertad, el interés propio. Las costumbres han caído en la lógica de la personalización (medicinas alternativas, por ejemplo). La última moda es la diferencia, la fantasía, el relajamiento. Rige el culto a la espontaneidad, a la permisividad (educación), del ocio, para una realización del individuo sin obstáculos.

Este es el nihilismo, señala Lipovetsky, tal como lo previera Nietzsche; como una depreciación mórbida de todos los valores superiores, como un desierto de sentido. A la masa no la acompaña la desesperación ni el sentimiento de absurdidad. Su estado se rige por la indiferencia. El posmodernismo se aleja así tanto del nihilismo pasivo (inanidad universal) como del nihilismo activo (autodestrucción). Lipovetsky advierte: Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan, ¡pero a nadie le importa un bledo! Vaciados de sentido, hundidos los ideales, no tiene referente alguno la angustia, el absurdo o el pesimismo. Lo que reina en nuestra era es la apatía.

Este sistema, afirma Lipovetsky, invita al descanso, al descompromiso emocional, a la mera apariencia, al espectáculo, solo quedando como remanente el trabajo pictórico, el juego de representación vaciado de contenido y de antinomias duras (verdadero-falso, bello-feo, real-ilusorio, sentido-sin sentido), siendo ahora posible vivir en secuencia-flash, sin sentido ni objetivo. La enseñanza a su vez se ha convertido, considera Lipovetsky, en una máquina neutralizada por la apatía escolar, mezclada de atención dispersa y escepticismo, asemejándose así el colegio más a un desierto que a un cuartel, donde los jóvenes vegetan sin grandes motivaciones ni intereses.

Pero la apatía dista de tener un origen casual, pues responde a una nueva socialización que se basa en criterios flexibles y económicos, afines al acelerado sistema capitalista moderno. La indiferencia por saturación produce una anemia de emociones y juicios. El hombre indiferente, señala Lipovetsky, no se aferra a nada, no tiene certezas absolutas, nada le sorprende. Condición ideal para el desarrollo de un capitalismo que se ha vuelto hedonista y permisivo, que encarna en el individualismo narcisista su máximo ideal. Vivir solo en el presente, no en función del pasado o el futuro, perdiendo con esto cualquier sentido de continuidad y conciencia histórica, erosionando de paso el sentimiento de pertenencia. A esto se suma la falta de atención producto de conciencia telespectadora, que capta y no capta, que se excita y es indiferente, todo a la vez. El yo, afirma Lipovetsky, ha sido pulverizado en tendencias parciales, en un proyecto de disgregación social, de creación de una voluntad débil, volviéndonos en meros zombis atravesados de mensajes.