Agradecemos esta colaboración especial que contribuye generosamente a esta época intensiva de MASTICADORES. Gracias Asier Arias

Savater (2)

Gran ilustración de Isabel Acerete, estupendo retrato de Fernando Savater. El Colectivo rasga y pega poco trabajo ha tenido: soñar lo que sueña Savater y poco más. http://www.misadarmes.com/blog/2015/12/29/el-terremoto

 

A algunos les ha dado por pensar en la coyuntura civilizatoria. No es para menos: con meses de indicadores de recesión, crecimiento anémico y niveles estratosféricos de deuda, a nuestro ídolo con pies de barro bien podría estar sucediéndole lo que al del sueño de Nabucodonosor. En plata: hoy hemos de preguntarnos si no habremos contemplado ya la sucesión completa de huidas hacia adelante al cabo de las cuales exhibía nuevos parches nuestro viejo capitalismo. Es probable que tan siquiera la racionalidad necropolítica anunciada desde las islas que fueran el foco original del patógeno –y de esa mutación suya que llaman neoliberalismo– vaya a servir de gran cosa.

Sea como fuere, a otros les ha dado por pensar con rigor en cosas serias, y algunos hasta se han quitado airados la careta para revolverse contra el cuestionamiento de los privilegios de los privilegiados. Así nos regalaba Fernando Savater hace una semana una nueva pieza intemporal de razonamiento filosófico. En ella le reprochaba al Ministerio de Cultura que dejara de lado a Plácido Domingo por esas travesurillas de truhan –de señor– que tanto escandalizan a algunas «petardas». Savater, ignaro de la degeneración de los tiempos, confiaba en que se valorara aún del mampostero la mampostería y del mamporrero la mamporra, por eso le extraña que cualquier detalle insignificante pueda jugar algún papel a la hora de decidir si hemos de seguir dando pábulo al «tenor más genial del último siglo».

Expresiones como esta última son sintomáticas. Por una parte, traslucen la alegría con la que algunos echan leña al fuego de esa alquimia social capaz de transmutar clichés petardos –«es el mejor cocinero de la galaxia»– en fetiches culturales –«¡te fríe unas patatas y no te cobra más que un riñón!»–. Por otra –la peor–, nos muestran el virtuosismo con que justifican el abuso del poder derivado de aquella alquimia. Logros reseñables para dos humildes párrafos.

Una semana después de arremeter contra el totalitarismo progre del feminismo, Savater volvía a poner en el punto de mira a los «petardos»: en esta ocasión, a esos que andan a vueltas con los derechos de los animales no humanos. La pregunta que nos invita a hacernos es nuevamente profunda: ¿cómo va a tener derechos un caballo si no puede ser senador? La réplica obvia les parecerá a unos trivial y a otros convincente: algunos cuantos seres humanos tampoco pueden ser senadores; así, por ejemplo, los hidranencefálicos o, sencillamente, los que tienen cosas mejores que hacer –o cosas, a secas.

Ciertamente, Savater podría haber perfilado un poco el objeto de su reflexión, bien que al coste de verse obligado a argumentar. Imaginemos que hubiera planteado una cuestión definida y relevante: la experimentación con animales no humanos, pongamos por caso. ¿Cuál habría sido el problema? Pues que se habría visto en la necesidad de abordar la discusión acerca de los derechos de los animales no humanos no sólo en un contexto acotado, sino asimismo en el marco de un debate rico y sutil.

Si hubiera optado por semejante temeridad habría encontrado un buen punto de partida en el clásico Liberación animal, de Peter Singer. En su primer capítulo, Singer cita un pasaje en el que Jeremy Bentham (1748-1832) apunta no a la capacidad de ser senador, sino a la de sufrir como el rasgo decisivo a la hora de conceder igualdad en el tratamiento moral. En ese pasaje, Bentham señala que la cuestión no es la de si los animales no humanos pueden hablar o razonar, sino la de si pueden sufrir, y lo cierto es que caben pocas dudas al respecto. Savater, por su parte, nos previene contra el desatino de confundir a «los que sienten dolor con sujetos morales».

Singer causó cierto revuelo en el seno del movimiento animalista cuando concedió que determinados experimentos con animales no humanos son moralmente justificables. El revuelo podría haberse evitado con una lectura atenta, porque lo cierto es que el antiespecismo de Singer no se halla inserto en el marco de un absolutismo exento de matices, sino en el de un utilitarismo desde el punto de vista del cual provocar sufrimiento de forma deliberada a cualquier criatura sintiente es algo que sólo puede justificarse mediante razones de mucho peso. Quizá el cálculo hedonista del utilitarismo sea en último término tan vago como insatisfactorio. Sin embargo, es asimismo probable que pueda servir tan bien como cualquier otro expediente para socavar la opinión de que disfrutar de un sabroso bocado o un distinguido atuendo son razones de tanto peso como mitigar el sufrimiento de miles de personas. No faltan, en cambio, quienes, en línea con Tom Regan (1938-2017), encuentran inadmisible la idea de esas «razones de peso»: si estamos de acuerdo en que el beneficio de unos seres humanos no puede justificar el sufrimiento de otros, por muchos que fueran aquéllos o por muy privados que pudieran encontrarse éstos de sus facultades intelectuales –o senatoriales–, entonces, es difícil comprender cómo se puede justificar el sufrimiento de cualquier animal en base a su utilidad. El valor inherente y el estatus moral de cada individuo consciente nos resultan a muchos intuitivamente obvios. Sin embargo, pretender que esta intuición zanje por nosotros un debate tan espinoso sería pedirle demasiado. Y no ha de extrañarnos: como explica Jesús Mosterín (1941-2017) en su último libro, se trata de un debate atravesado por intuiciones opuestas pero con idéntica apariencia de legitimidad.

Hace tiempo que Jorge Riechmann viene explorando vías hacia una «moral de larga distancia» que nos permita ampliar el círculo de nuestra sensibilidad moral. Al efecto, recurre a menudo a aquella locución que acuñara Günther Anders (1902-1992) para referirse a la encomiable disposición a abarcar el mayor número de consecuencias y criaturas en nuestro juicio: «ejercicios de estiramiento moral». En el polo opuesto encontramos la divisa de la caverna: «a la mierda cuantos no son prácticamente idénticos a nosotros». No obstante, hemos citado ya a demasiados pensadores serios, y algunos señores famosos están demasiado rígidos para distancias largas o estiramientos engorrosos. Dejémoslo estar, pues.