La ironía de lo real ante la arrogancia humana.

 

evolución hombre

FOTO: http://0sirispella.blogspot.com/2012/05/evolucion-de-la-especie-humana-en-el.html

En el acontecer se manifiesta el ser, lo real, la naturaleza auténtica de cada cosa. Partiendo de este supuesto metafísico heideggeriano, podemos afirmar que la pandemia del covid-19 ha desvelado un aspecto relevante de los humanos: seres que no aceptando su naturaleza aspiran a mutarla. Esta afirmación queda avalada por el debate que estaba en boga sobre la posibilidad de alcanzar, gracias al desarrollo científico-tecnológico, un estado casi de inmortalidad en el que dejaríamos atrás al hombre -al menos el núcleo de los privilegiados del planeta- transformándonos en una especie de cíborgs -mitad robot, mitad humano- que conseguirían prolongar su vida hasta edades impensables ahora. La idea es que nos hallábamos en esa fase de transición -transhumanismo- hacia ese semidios -posthumanismo- y, el debate no solo versaba sobre la viabilidad de ese cambio substancial, sino sobre la eticidad del asunto, los problemas que se derivarían y el sesgo entre los cíborgs o posthumanos, cuyo poder adquisitivo les habría facilitado ese tránsito, y los humanos que podían convertirse en seres inferiores sometidos al arbitrio de ese nueva “especie” que superaba limitaciones biológicas de la humanidad.

Bien, tras esta necesaria introducción espero que los que no estéis familiarizados con el asunto no halláis sufrido ningún empacho, ni sensación de vértigo o nauseas. Si es así, tranquilos, son los efectos secundarios de la arrogancia y la presunción de los humanos.

Dicho lo anterior, expongo lo que estos días me ha resultado irónico y un mazazo al ego humano. Desencadenada la pandemia del covid-19, y hago epojé del origen o causa, y recogidos los datos estadísticos de contagiados y fallecidos por Estados y a nivel mundial, nos apercibimos en primer lugar de que no somos tan poderosos como creemos y que puede ser que ese paraíso soñado de cíborgs esté lejos aún, o no nos dé ni tiempo por habernos aniquilado antes, junto con el cataclismo planetario y ambiental. Pero -y aquí reside lo irónico- sumergidos en esta pandemia nos apercibimos de que aquel individuo que en estos momentos dé negativo en una prueba de covid-19 y positivo en los anticuerpos adecuados, se halla en un estado casi de inmortalidad: ni contagia, ni puede ser contagiado. Una situación nada desdeñable en la coyuntura actual.

La moraleja: pues que los acontecimientos revelan los miserables que somos, o dicho de otra forma nuestra miseria se manifiesta en el acontecer, por mucho afán que pongamos en ser lo que no somos. Siento tentaciones casi de reconocer hasta la verosimilitud del karma que nos lastra como especie, ese pecado original desencadenado por la ambición. Observamos que, mediante distintos mitos y religiones, hay una constante que despunta como el primer mal del humano: su arrogancia, su querer ser un dios, solo nos lleva a la catástrofe y quizás a la sospecha de que la culpa y la deuda, por el mal cometido, nos perseguirán hasta el final de nuestros días.

Si, como sostenía Heidegger, el hombre en el mundo no es más que lo que se manifiesta como un siendo, y en consecuencia ese gerundio desvela nuestra condición, podemos creo avergonzamos del espectáculo universal que estamos emitiendo, si es que hay alguien ahí, como preguntaba el individuo del humorista Eugenio, hallándose al borde del abismo sin recibir la respuesta divina ansiada.

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