Masas by Pedro Mtz. de Lahidalga

el

Sólo el hombre culto es libre” (Epicteto de Frigia, siglo I)

 Los que profesamos el estoicismo en cualquiera de sus formas, una filosofía total de la vida aplicada a sus tres ramas: lógica, ética y física (materia ésta que hoy quedaría englobada -a la manera del positivismo Comtiano– junto con las matemáticas, la astronomía, la química, la biología y la sociología, a la que yo añadiría la economía), damos por consabido que el bien se encuentra en la sabiduría y el dominio del alma. Sus principios no prometen ni aseguran nada externo al hombre1 pues, del mismo modo en que la materia del carpintero es la madera y el bronce la del escultor, el objeto del arte de vivir (saber vivir-savoir-vivre) es nuestra propia vida (cada persona como miembro esencial de la familia universal, lejos de barreras regionales, sociales o raciales). Enseñanzas éstas que por sí solas hubieran podido parecer o, más bien, hubiésemos querido creer (a la vista está que erróneamente) antídoto suficiente como para haber dejado vacunada a la humanidad contra esta epidemia de individuos sin individualidad, espécimen hacia el que finalmente ha evolucionado (en paradójico avance hacia la retaguardia, también llamado retroceso) el contribuyente moderno: un hombre camuflado en la masa, hermoso pero débil ejemplar híbrido, fruto de la transformación del original hombre-masa de Ortega en su desesperado intento por adaptarse al nuevo hábitat, un ecosistema definido brillantemente por Bauman como sociedad o modernidad líquida, resumible en la siguiente ecuación: hombre masa Orteguiano + modernidad líquida Baumaniana = hombre camuflado en la masa.

 Cuando Ortega caracteriza al hombre-masa a comienzo de los años 30 del siglo pasado (La rebelión de las masas) está diagnosticando una sociedad en vías de industrialización, empero en la que todavía eran reconocibles miles de nombres propios (en la ciencia, las artes, la política, las finanzas…) y aún así anticipa (basado en las propias dinámicas que ese tipo de organización social ya estaba generando) la aparición multitudinaria de ese hombre-masa como el especialista-bárbaro o el sabio-ignorante (denominado en otras latitudes «idiota especializado», que sólo domina una materia e ignora con altanería todo lo demás); al fin y al cabo, del hombre que no está al nivel de sí mismo, quedando a mitad de camino entre el ignorante (que cree saber y no sabe) y el sabio (que no sabe lo que debería saber) o al revés. En ese mismo y preclaro ensayo ¡hace más de 90 años! ya evidencia que “Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone dondequiera«, característica que no es ya que se mantenga en periodo de plena vigencia (por decirlo irónicamente) sino que se encuentra formando parte del (medio) ambiente y nos la topamos (la respiramos) exponencialmente ampliada, ora por las televisiones ora por las redes sociales, retroalimentada por los distintos sistemas educativos y oportunamente moldeada y explotada por los partidos políticos, en una acelerada e imparable deriva demagógica que nos encamina por distintos ramales, vía populismos, hacia alguna forma de totalitarismo.

 El diagnóstico así planteado permanece incólume en lo que hace referencia al crecimiento e imposición de lo vulgar, mas debemos apuntar los efectos cambiantes que se han ido produciendo en el hombre-masa debido a las circunstancias sobrevenidas en esta sociedad del nuevo siglo, una época definida por el recientemente fallecido Zygmunt Bauman con el acertado y aceptado término de modernidad líquida, fruto maduro de una modernidad tardía sustituta de la anterior, definida antitéticamente como sólida. El hombre-masa orteguiano ha estado pisando durante este tiempo sobre terreno firme (tradiciones, familia, instituciones, progreso…) lo que le ha dado ese cariz jactancioso de mirada miope y arrogante, la conocida psicología del niño mimado, cuyos rasgos ha seguido manteniendo hasta ayer mismo. Pero en estos últimos años a nuestro hombre se le ha hundido la tierra bajo los pies y ahora abraza sin mayor reflexión ni entendimiento cualquier causa de fortuna, con tal de que en ella se sienta favorecido de alguna forma. Los tiempos han forzado un giro hacia el anonimato y así nos encontramos a un ser cambiante, con una identidad decididamente gregaria, un personaje ávido de pertenecer a alguno de los numerosos colectivos (grupos de personas que, en razón de esa vinculación, pierden su personalidad y pasan a convertirse en un conglomerado de individuos uniformes e indistintos) que se presentan como agraviados en cualquiera de sus múltiples causas (oprimidos étnicos, grupos de liberados sexuales, minorías nacionales, géneros maltratados, explotados laborales singulares, élites raciales humilladas, jubilados enfurruñados…), los únicos que en la actualidad tienen verdadera presencia social y gran alcance político.

 En uno de mis últimos viajes advierto que en los accesos de la ciudad a la que me dirijo han colocado un cartel que indica Ciudad Amiga de la Infancia, automáticamente pienso ¿acaso existen ciudades que se anuncian como enemigas de los niños u otro dislate parecido?. La perplejidad me lleva a informarme y me madrugo que se trata de una iniciativa liderada por UNICEF con la loable intención de comprometer a los gobiernos locales con el cumplimiento de los derechos de las niñas, los niños y los adolescentes de acuerdo a la Convención sobre los Derechos del Niño (sic), asunto que por obvio, a nadie se le pasa por la cabeza cuestionarlo y que nos puede servir como ejemplo metafórico de lo que aquí venimos constatando. Por la misma regla de tres cabría proclamar cualquier relación bienintencionada de filias (dejando implícitas fobias latentes) al albur de lo que se le vaya ocurriendo al político de turno, para entretenimiento general y ganancia particular. Aporto a continuación un posible listado tomado a vuelapluma para que los Ayuntamientos puedan ir completando la cartelada: Ciudad Amiga de los pobres, los desnutridos, los jóvenes, los homosexuales, las mujeres, los deficientes, los parados, los perros…, a contrario sensu (según la teoría de los supuestos subyacentes en la semiótica del lenguaje) quedarían tácitamente sobreentendidos sus mensajes opuestos: Ciudad Enemiga de los ricos, los gordos, los viejos, los heterosexuales, los hombres, los superdotados, los laborantes, los gatos…, y así ad infinitum.

 Recuerdo una vieja viñeta del Forges donde se dibuja un parque con un cartel que advierte “Prohibido pellizcar musladas, un aviso que deja la duda de si ello significa que el repizco no estaría vedado a otras zonas más o menos mollares o si, de no existir cartel, se admitiese acaso pellizcar a discreción. Parecida conjetura a la que nos aboca el cartel a favor de la infancia arriba comentado, en su banal mensaje propagandístico dirigido a esa nueva tipología de hombre camuflado en la masa, tan manipulable. Si seguimos a este ritmo estamos a cinco minutos de que algún sociólogo avispado nos teorice sobre la inminente superación de la modernidad líquida por una previsible modernidad gaseosa (me pido el copyright) que supere de una tacada al hombre líquido y a nuestro camuflado hombre masa. Una sociedad en donde ya resultaría verosímil imaginar los accesos de las ciudades con carteles luminosos conteniendo leyendas de este o similar pelo: Semana de Rebajas de la Felicidad, Ciudad Abierta al Amor, Zona Libre de Maldad, Espacio de Convivencia Cósmica…, y en ese plan.

 Siguiendo la sabia actitud de mi hija, a la que le aburren sobremanera (por no decir que no aguanta) los consejos dados como si fuesen discursos trascendentes, no se trata aquí de dar lecciones de vida, faltaría más, pero sí de hacer una llamada a un cierto idealismo práctico y racional para que reaccionemos ante lo que se nos viene encima y despertemos a un compromiso cívico exigente y que a su vez lo exijamos a los demás, especialmente a los que tienen algún tipo de responsabilidad pública. Amén.(2)

  • En base al principio de economía del lenguaje, el vocablo hombre designa en todo caso tanto a los hombres como a las mujeres, entendido tal y como lo define el diccionario de la RAE en su primera acepción: Ser vivo que tiene capacidad para razonar, hablar y fabricar objetos que le son útiles; desde el punto de vista zoológico, es un animal mamífero del orden de los primates, suborden de los antropoides, género Homo y especie Homo sapiens.
  • Artículo escrito meses antes de la actual pandemia, pero que entiendo igualmente válido.

Blog: https://elmonocalvo.wordpress.com

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