Un Sant Jordi con libros y rosas virtuales by Ana de Lacalle

pink rose flower on blue hardbound books

Photo by Jess Bailey on Pexels.com

Este artículo enviado por Ana de Lacalle debía salir ayer, pedimos disculpas a la autora, pero pensamos que debe ser publicado -j re crivello

Queridos Masticadores de letras, palabras y libros:

Hace días que ando algo desaparecida por razones pandémicas. La situación va clareándose, aunque aún resta a mi alrededor una bruma espesa, y quizás pueda volver en breve a rebuscar masticadores que nos quieran ofrecer y enriquecer con sus escritos.

No quería, no obstante, que pasase esta fecha, esta Diada de Sant Jordi sin dejar cuatro pinceladas de una masticadora de vida. Todos lo somos, porque si somos capaces de usar el lenguaje -ese logos que es decir el pensar, o pensar el decir- es porque estamos sepultados en ese devenir que es la existencia y de la que solo emergemos cuando nos distanciamos y, objetivándola en la medida de lo posible, la pensamos. Este aderezo es el que nos lleva inexorablemente a escribir. La palabra es siempre una metáfora de aplicación universal nutrida de existencias particulares. Es un revoloteo que se retroalimenta y que va del vivir al verbo, y de este a la vida.

Si aquello que escribimos, y los lectores encuentran en los libros, no tuviese ningún vinculo con existencias reales, sería como escribir en una lengua muerta que ya casi nadie entiende. Nada de lo escrito sería significativo, y seguramente no tendría valor alguno.

No obstante, quien tiene el don de la escritura excelsa, se nutre no solo del vivir la cotidianidad de su época, sino de la irrenunciable lectura de los grandes maestros de los que aprendemos a repensarnos, al adoptar diferentes perspectivas, y nos inducen a descubrir aquello que nunca hubiéramos pensado sin su herencia magistral. Por ello, leer es expandir la mente, ampliarla y atisbar horizontes que nos estaban vedados.

La lectura nos enseña a recorrer, además, la vía poco transitada hoy de la introspección, sin la cual difícilmente podemos erigirnos como sujetos con entidad y capacidad de reflexión crítica, para la toma de decisiones y el diálogo. Este último brilla por su ausencia en nuestras sociedades. Nos hemos acostumbrados a monólogos confrontados que no conducen a lugar alguno. Si antes me refería al logos como el pensar lingüístico de un individuo, el predijo “dia” de origen griego vendría a significar algo parecido a “a través de”, está mostrando, en consecuencia, ese fluir del pensar y el razonar entre dos individuos, es decir el “diálogo”, ese intercambio de razones sobre un asunto que deberían llevarnos, si así lo exige el contexto, a un consenso.

Bien sabemos que, ni en las situaciones más catastróficas, quienes tienen la potestad de decidir y elucubrar las mejores medidas para el bien colectivo son capaces de entablar un diálogo priorizando las soluciones sucesivas, a veces por tanteo y error, que nos lleven a buen puerto. Quizás sean unos iletrados, en el sentido más genuino del término, cosa que no es de extrañar con el mercadeo que hemos podido entrever de títulos falsos y formaciones amañadas.

No hay sociedad más justa que aquella que promueve la educación y la oportunidad a su acceso, no a costa de rebajar el nivel de aprendizaje y exigencia, sino tal vez facilitando que cada uno ocupe el lugar que quiere sin menosprecio de los trabajos que son de vital importancia para cubrir las necesidades más básicas de la sociedad. Seguramente necesitamos menos universitarios y más carpinteros, mecánicos, pintores, fontaneros, electricistas, y toda una serie de profesiones que, por su escaso reconocimiento social y económico, han sido relegados a los que no querían o tenían más dificultades para estudiar. Una sociedad bien organizada necesita de ilustrados, profesores con vocación, y toda una variedad de ocupaciones que deberían ser revaloradas mediante remuneraciones más justas, si nos atenemos a la importancia que tienen en el desarrollo y el mantenimiento social.

Pero la lectura no está reñida con ninguna profesión. Cierto que habrá quien tenga casi la obligación moral de estarse formando continuamente mediante lecturas especializadas, y simultáneamente muchos otros ciudadanos que, al margen de sus profesiones, o también incluyéndolas, necesiten de la lectura para engrandecerse como humanos que desde su ocupación contribuyen al sustento de otros ciudadanos.

Para acabar, y tristemente, hoy no habrá demasiados libros en papel entregados en mano con un fuerte abrazo, ni intercambios de rosas que dan colorido y emotividad a la fiesta del libro en Catalunya, pero sí que palparemos un sentimiento común: entre virus, precauciones y lágrimas los libros y las rosas virtuales nos recordarán que somos una cultura con raíces que necesita de sus símbolos para no sentirse disuelta, ni resquebrajada y que la jornada de Sant Jordi es, a mi juicio la más emblemática de los catalanes, aunque paradójicamente haga tiempo que dejó de ser un día no laborable creo que en la totalidad del territorio catalán.

Que todos tengáis, porque en muchos otros lugares es también hoy el día del libro, una jornada que se convierta en un oasis de emociones positivas en el contexto dramático que vivimos.

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