CATARSIS by Pedro Mtz. de Lahidalga

el

Lo tan real, hoy lunes” (Jorge Guillén)

 Quién hubiera sospechado siquiera que en este comienzo de la primavera seríamos forzados a contemplar en primera línea (en vivo y en directo) la inauguración de este nuevo siglo, bien que con dos décadas de retraso, mediante el sencillo gesto de desviar la mirada del televisor y sus mundos de Yupi, estirar el cuello y asomar la molondra por nuestras ventanas con vistas directas a la realidad. Espectadores de una sobrevenida y desconcertante adversidad reconvertidos a su vez en sus desconcertados protagonistas o, por mejor decir, coprotagonistas condenados a contemplar la escena sin movernos de los asientos, disciplinadamente dispuestos a verlas venir.

 El espectáculo contiene los ingredientes propios de una tragedia griega cuyo leitmotiv no es otro que, mediada una calamidad, inducir al restablecimiento traumático de un orden roto de manera que el llamado destino lo termine reajustando. Concierto arbitrado por la supuesta fuerza de unos hados que no desaprovecharán la oportunidad para de paso, bajados los humos del auditorio, ver de purificar sus bajas pasiones (entiéndanse libertades) insuflando en el ánimo de la concurrencia el deber de soportar una moralidad ad hoc, el respeto a los dioses y otros respetos debidos. En definitiva, el viejo truco de pretender ahuyentar el sobrevenido infortunio mediante una oportuna purga con la que eliminar cualquier oposición a los inciertos designios del poder, hábil recolector de esa fruta que pareciese estar pidiendo ser cosechada, una vez madurada a conveniencia mediante la pertinente catarsis.

 Por aquel tiempo de la Antigüedad clásica (siglo V a. C.) Pericles volvía a reconstruir las murallas de una Atenas en donde concentrar a la población del Ática mientras durase la guerra del Peloponeso. En su transcurso, una plaga de origen desconocido (probablemente una epidemia de peste) diezmó a la ciudad que acabaría perdiendo la guerra, llevándose por delante al propio Pericles y poniendo en cuarentena, hasta nuevo aviso, a la bicentenaria democracia ateniense. Sófocles se inspiró en esa plaga para escribir Edipo rey y su coetáneo Tucídides la narró en detallada crónica, fruto de su propia experiencia, dando cuenta de cómo los primeros en contraerla fueron los médicos y quienes tenían un corazón “demasiado blando” como para evitar no prestar ayuda a los moribundos… Trascendía con ello al propio relato histórico para traspasarnos una enseñanza moral que, en estas nuestras actuales circunstancias (léase caos en la gestión contra el coronavirus) suena a dejà vu. Irónicamente, las mismas murallas construidas para servirles de defensa se habían convertido en una cárcel de donde no poder escapar a la muerte. Fuera, la guerra; dentro, la enfermedad.

 La interpretación que de ello hicieron los atenienses, en función de las creencias y códigos morales de la época, era que tanto Zeus como el resto de los dioses del Olimpo estaban favoreciendo a los espartanos y castigando a una ciudad que pocos años antes había aniquilado en Salamina (junto con los ahora sus enemigos espartanos como aliados para la ocasión ¡las vueltas que da la vida!) al poderoso ejército persa acaudillado por Jerjes. El coro en el drama de Sófocles clama ¡nada puede hacerse contra la voluntad de los dioses! en tanto que Edipo termina abandonando la ciudad (Tebas, en su caso) para morir en soledad, bajo el peso de la culpa de su interiorizada desmesura. Aquella que, no existiendo aún el concepto cristiano de pecado, constituía la hibris de la cultura griega: la recurrente falta cometida por los hombres que, cegados por el orgullo, transgreden sus propios límites queriendo imitar a los dioses. De esta guisa se propiciaba la consecuente catarsis del compungido auditorio, impelido de ese modo a escarmentar en cabeza ajena, eso sí, una vez pasado por caja agachando la susodicha y pagado el correspondiente tributo moral.

 Esa o parecida idea de atribuir las calamidades a un castigo divino siguió firme en la conciencia de la plebe (no tanto en la del clero, como ahora veremos) hasta bien entrada la Baja Edad Media, cuando en plena guerra de los Cien años (siglo XIV) se introdujo en Europa la peste bubónica -peste negra- importada de Asia (sí, de Asia) a través de las rutas comerciales, exterminando a más de un tercio si no a la mitad de su población. Una parte del clero (de lejos, mucho más sibilino que el crédulo campesinado) aprovechó para acusar a los judíos de haber provocado la peste sirviéndose de un poderoso veneno que, oportunamente, habría sido arrojado a los pozos de agua por leprosos contratados para la ocasión, propiciando así los primeros pogromos -linchamientos-  antisemitas de la historia. Ello no obstante, era ya un tiempo en el que las crisis social y económica, el hambre, la guerra y -sobre todo- la peste, contribuyeron decisivamente al debilitamiento del régimen feudal, actuando como aceleradores del cambio y ¡qué cambio! en la sociedad. La burguesía ya había empezado a asomar la patita laica que anunciaba la llegada de un nuevo hombre menos manipulable, más inclinado hacia el bienestar y la prosperidad terrenas, abriéndose paso a un sistema social cualitativamente nuevo: la Edad Moderna. Pero esta ya es otra historia a cobrar aparte.

 Resumiendo el fenómeno por lo corto, cabe decir que virus y bacterias han seguido y seguirán acompañándonos indefectiblemente ¿cómo no acordarnos de las grandes epidemias sufridas hasta anteayer por virus tan letales como los de la viruela, el sarampión, la rubéola, la gripe…, hoy erradicados o controlados mediante vacunas? o ¿qué decir de las infecciones más recientes (sin vacuna reconocida) como el sida, el Ébola, la gripe aviar o los síndromes respiratorios agudos (SARS. MERS…) hasta llegar a este nuevo y escurridizo COVID-19?. En cualquier caso y sin que sirva de precedente, soy de los que opina con Alain Badiou que, en lo concerniente a grupos sociales, las epidemias disuelven en buena medida la actividad intrínseca de la Razón (con mayúscula) y no pocos de sus individuos tienden a regresar a los tristes efectos (misticismo, fabulaciones, rezos, profecías y maldiciones) que en la Edad Media eran habituales cuando la peste barría sus territorios. Bien es verdad que ahora con otras formas planetarias de clamor y de lamento, pero con idénticos resultados.

 Indubitadamente, el pasado invierno acababa de publicar unas entradas (Apocalipsis y Mañana) que de alguna forma ya apuntaban distintos aspectos de lo que hoy es ya tema obligado, si no único, al que desperté hace unas semanas mientras escribía distraídamente Disonancia. En ellos hacía mención a nuestra inicial desventaja de arrastrar un desajuste evolutivo (soportados como estamos por mentes tribales, provenientes de la edad de piedra) con el que hacer frente a problemas existenciales de escala global (como éste de la pandemia o la del cambio climático, entre otros) sin tener interiorizada una conciencia común como especie. No hace falta recordar cómo las distintas naciones (si no las incontables regiones) se han estado robando el material sanitario o seguir comprobando cómo cada país, cada empresa, compite por desarrollar la tecnología única y exclusivamente para su propio beneficio…

 A este respecto me resulta muy difícil quitarme el traje de escéptico mas, en un intento por explicar o racionalizar tamaña disfunción, recurro al paleontólogo Eudald Carbonell y la clarificadora distinción que plantea entre nuestra evolucionada hominización frente a una inalcanzada humanización. La hominización no es ni más ni menos que la capacidad del Homo a tecnificarse cuasi ilimitadamente (su exclusiva habilidad de fabricar herramientas con otras herramientas). Cualidad que no debemos confundir con la aún no alcanzada ¿inalcanzable? humanización, entendida ésta como el desarrollo de una conciencia crítica como especie que tienda a integrar la diversidad en todos los niveles, con el ecuménico fin de conseguir que los beneficios del conocimiento y de la técnica sean patrimonio de la humanidad. Entiendo que ahí está la madre del cordero.

 Empezaba estos apuntes al natural constatando lo tozuda que se muestra la presentida realidad y cómo, ante ella, todos nos encontramos en primera fila. Hasta ayer mismo vivíamos en un confortable y vago desorden abroquelados por una sociedad razonablemente ordenada, escudada en las altas murallas defensivas de la democracia y las no tan altas del consumismo u otras frivolidades o desdenes. Hoy, lunes, vemos crisparse el horizonte en los confines de nuestra obligada quietud. Es factible entender que, más allá de que vivamos entre el azar y la necesidad, la mejor forma de predecir el futuro es creándolo (Peter Drucker), así que no culpemos a los dioses y nos quedemos esperando a que tras la catarsis, sobre el caos derivado de esta catástrofe, sean otros los que nos escriban el futuro y acaben llevándose por delante (como ocurrió con Atenas) nuestra frágil y desmemoriada democracia. No van a faltar los espartanos de nuevo cuño (tribalismos, colectivismos, populismos, mesianismos u otros ismos) que lo intenten en este tiempo de pescadores en río revuelto, de relatores y predicadores de paisajes para después de la batalla.

Blog: https://elmonocalvo.wordpress.com

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