light trails on road at night
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La literatura es vocación, es una llamada que invoca al pensamiento. Incluso la mala prosa invita al alejamiento, aunque no nos movamos un ápice. El llamamiento de las letras nos pone en marcha, no indica el camino a continuar siguiendo un trazo sinuoso. No marcamos el comienzo de la ruta, pero sí establecemos los derroteros hacía los que deseamos conducirnos. El autor solamente propone una dirección, en la segunda vida de su trabajo, el receptor recoge el testigo y determina por dónde mantener el avance.

El tránsito se hace desde la inmovilidad, no implica a nuestro sistema motor, sino a la reflexión. Esta se eleva, se disipa y vuelve a concentrarse en otro lugar lejano y ajeno a lo fáctico. La literatura es una linterna que va iluminando un camino de grava bordeado de maleza y un bosque frondoso. Ese camino se mantiene a oscuras hasta que el haz de luz ilumina un fragmento que nos permite continuar, tal y como acertó a describir Heidegger con su afortunada metáfora. En ocasiones, decidimos dejar la ruta tantas veces transitada y nos desviamos entre la vegetación. Aquí el avance es más complejo, es necesario desbrozar, rompen y apartar espinas mientras no se deja caer la luz que marca una dirección. Aquí podemos encontrar itinerarios alternativos, pues existen infinitas posibilidades. Incluso, se puede llegar a marcar un sendero que, con el tiempo, puede volverse seguro, amplio y luminoso.

Todo es posible. El genio no necesita un suelo sólido por el que deambular, puede subir por cualquier lado y no se ajusta a las convenciones que le han marcado. Él mismo crea las posibilidades para sí mismo y para los que van consigo un poco rezagados. Con el tiempo, esta cordada establece con sus pisadas un derrotero que puede llegar a convertirse en un lugar común. Con todo, hasta el genio necesita la linterna literaria, ese estímulo externo que alumbra como un vector que rompe la oscuridad. Después, obra tras obra y texto tras texto, puede llegar a convertirse en luminaria. No siempre tienen la misma duración, puede suceder que se conviertan en milenarias. El camino abierto para la reflexión occidental por los clásicos griegos sigue vigente y es recorrido constantemente. Otras luminosidades se apagan al son de la moda, pero siempre pueden tener ocasión de volver a hacerse visibles. En estos casos, aparecen como un claro en mitad de la frondosidad. Son como un farol recubierto de hiedra y rodeado de arbustos que, sin previo aviso, vuelve a iluminarse y llama la atención de nuevos caminantes que como insectos se dirigen a su calor.

La reflexión es la dinámica inmóvil de la literatura que encuentra en el ensayo su ejemplo más notable. Este género se inaugura durante el Renacimiento y se vincula al Humanismo, uno de esos caminos vetustos, aunque todavía con infinidad de posibilidades. En este tipo de producciones el lector es animado a continuar. A veces la marcha es dura y se deben escalar escarpadas colinas repletas de zarzas. Estas arduas trayectorias son satisfactorias, aunque en ocasiones acaben en un desfiladero prácticamente insalvable. No obstante, merece la pena darse la vuelta para admirar los pasos dados mientras uno se enjuaga el sudor. También se dan las ocasiones en que la ruta es llevadera e incluso es posible recrearse tranquilamente en el paisaje. Sea como fuere, siempre necesitamos la luminosidad del escritor que abre ruta para establecer una línea a seguir.

Las intenciones iniciales albergadas por el autor siempre son rebasadas, son colmadas y superadas por las contribuciones individuales del lector. Como ha quedado dicho, se dan las ocasiones en que el receptor marca su propio paso y se desvía en relación a esas pretensiones primitivas. Esta es la segunda vida del arte, reconocida por Luis Racionero, que se reproduce y altera para mutar en algo nuevo, aunque siempre luminoso para no perdernos en la amalgama que supone la construcción cultural en base a infinidad de capas y sustratos. Cada pisada de cada integrante de esta comunidad imaginada instituye un fragmento adicional para establecer el paisaje por el que después circularán más conciencias.

Los momentos de encierro que estamos viviendo son adecuados para este viaje sin dirección ni intención. Merece la pena este movimiento sin desplazamiento, impulsarnos sin avanzar gracias al motor de las letras. Estamos en el instante en el que todo se ha detenido y existen a nuestra disposición incontables luces y viajes posibles para atravesar el oscuro bosque de la intelectualidad. Las ayudas externas, los candiles colocados a lo largo de la senda, permiten el camino seguro sin prácticamente fatigarnos. Existe la posibilidad de cortar campo a través y salir de los lugares marcados para senderear por cuenta propia. En este punto, siempre queda algo de la iluminación primitiva que nos ha cedido el autor, tenemos ese respaldo para continuar en solitario y, quién sabe, marcar la tendencia para recorridos subsiguientes.

En tiempos de crisis el asidero literario se mantiene firme y nos permite la autognosis, pues el lenguaje es espejo de nuestra propia inteligencia. El reflejo vuelve a nosotros insistentemente, aunque en ocasiones consideremos que no es nuestra imagen la que estamos viendo sino la del autor. Este último es la luminosidad que permite el funcionamiento del espejo, pero siempre aparecemos nosotros mismos deslumbrantes. Por tanto, la migración se produce hacia el interior de cada cual y nunca termina; es un proceso infinito como la biblioteca de Borges. El conocimiento de la propia conciencia se reproduce eternamente, es un proceso vital y de tono absoluto que todo lo envuelve. El bosque lleno de vegetación por el que resulta duro el camino no es más que nuestra propia realidad en un sentido subjetivo. La vida, como nosotros, es ambivalente y oscila entre polos agónicos. Por este motivo, podemos vernos a través del otro. Esta es la eterna paradoja de la cultura construida gracias al esfuerzo colectivo: implica el conocimiento personal por medio de la alteridad.

Estos trayectos introspectivos son los más provechosos por implicar una comprensión profunda de la propia identidad que, por añadidura, gracias a la dualidad de la creatividad, es la de todos. De esta crisis saldremos después de mucho caminar, pero no seremos los mismos a pesar de no habernos trasladado a ningún lugar alejado de la propia reflexión. Sin embargo, esta ruta nos permite entrar en contacto de manera visceral y emocional con nuestra existencia y entorno. Es por esto que replantearemos nuestras posiciones para buscar un nuevo camino por el que conducirnos; a ver a dónde nos conduce.