Las revoluciones sociales han supuesto un cambio radical con el statu quo imperante. Implica un movimiento que se enfrenta a los poderes tradicionales y transforma la sociedad en relación al sentido conocido hasta ese momento. Por supuesto, a todo avance se opone una reacción y lo habitual es que durante el devenir histórico se hayan producido periodos de progreso que, a renglón seguido, hayan sido contestados por una regresión para poner las cosas en el punto de partida, o incluso un poco más atrás.

Estos periodos de cambio han tenido en su seno un elemento humano como motor para la mutación: en algunos ejemplos se disfrazaba de asunto religioso y, en otros, de agente social. Aunque de manera indefectible, tras estas apariencias siempre se ha encontrado el poder en sus diversas formas: militar, económico, carismático, etc. El vaivén de los flujos históricos tiene que ver con el mantenimiento del prestigio y la jerarquía cuando estos componentes se ven amenazados.

Uno de los primeros movimientos revolucionarios fue el del cristianismo primitivo. Antes de que este fuese adoptado por el Imperio romano por motivos prácticos y políticos, fue un movimiento proscrito que avanzaba ciertos elementos que terminarían por madurar en la Modernidad. A saber: la igualdad entre individuos. Este postulado chocaba frontalmente con los principios organizativos romanos en los que existía una jerarquía perfectamente definida que culminaba en el emperador; personaje que rozaba la divinidad.

El mensaje cristiano resultaba homogeneizador, pues, eran dos los momentos en los que los seres humanos quedaban nivelados. El momento del nacimiento y el de la muerte. Ambos instantes resultan cruciales, son el punto de arranque y el instante en el que se yugula la existencia individual. Con todo, lo interesante del momento de cambio que nos ocupa se encuentra en lo azaroso, pues ninguno tenemos garantizada la pervivencia. Se trata de un trance delicado en el que la vida y la muerte se dirime por una fina línea. Además, la fortuna y el hecho de acabar en un estrato social u otro resulta totalmente fortuito. Este elemento que incluía una equivalencia en el seno de la comunidad resultaba totalmente radical: nadie estaba destinado por nacimiento a ostentar un prestigio heredado.

De otra parte, tras superar las vicisitudes de toda una subsistencia llega el momento más democrático: la muerte. En este punto, según la doctrina cristiana, llega el juicio final donde todos debemos rendir cuentas por nuestras acciones pasadas. La omnipotencia divina garantiza que nadie escape al escrutinio, da lo mismo el origen, riqueza o familia, todos recibirán su recompensa o su castigo. De manera evidente, se produce un ataque frontal contra los presupuestos sociales del momento ya que no hay nadie por encima del examen divino y las prebendas acumuladas en vida no garantizaban la vida eterna. Al menos hasta que la Iglesia se institucionalizó y convirtió en mercadeo las indulgencias en relación a la fe, pero esto es otra historia.

Dando un salto temporal llegamos al siglo XVIII, cuando se produce una revolución de otro tono. En este caso, la religión había perdido gran parte de su influencia y la apariencia tras la que se ocultaba el anhelo de poder e influencia se volvió a los derechos sociales, aunque en esta ocasión con un sentido laico. No había necesidad de un mesías, pues ya se había producido el advenimiento de la conciencia subjetiva individual moderna. Después de la ruptura promovida por Lutero, y a pesar de que este era un firme agresor de la razón y la filosofía, se engendra el paso definitivo hacia la toma de conciencia de la individualidad que ha derivado en las formas de organización social que tenemos en la actualidad.

Se produce la génesis de la dignidad humana: todos somos miembros de una misma condición que termina por igualarnos en derechos sociales. Por esta vía, el siervo termina por convertirse en ciudadano; siempre que no sea negro, esclavo, pobre, mujer o niño. Con todo, nos encontramos ante un trance fundamental para comprender los distintos cambios que se producirían a velocidad vertiginosa hasta llegar al presente. Aquí se establece el germen que florecerá en una nueva noción de humanidad de la que se destierran las jerarquías tradicionales y los viejos estamentos quedaran sepultados por un nuevo ejercicio del poder que, de manera inevitable, y como ha sucedido siempre, estaba apoyado en la violencia.

Si tienen algo tienen en común estos movimientos tan alejados en el tiempo y en su trasfondo intelectual es lo siguiente: gozan de un componente social, pues en ambos casos se atacan los poderes tradicionales para cambiar el orden instituido; de otra parte, el patrimonio de la fuerza cambia de manos y se subvierten los pilares organizativos aceptados hasta el momento revolucionario; por último, los protagonistas de estos procesos son los propios seres humanos que de alguna manera recogen el legado intelectual y social y provocan el avance.

Hoy tengo la sensación de estar asistiendo a un momento de alteración de lo social. Es evidente que están produciéndose cambios profundos en nuestra sociedad. En pocos días hemos pasado de experimentar cierta aprehensión a constatar que nos hemos situado bajo una situación de emergencia internacional. Nuestros resortes productivos, fundamentados en el neoliberalismo y en la total liberalización de los mercados, están sometidos a una tensión tremenda y han mostrado como pueden desmoronarse en pocos días. Sin embargo, rápidamente hemos desterrado las ideas de Hayek, Friedmann y su Escuela de Chicago, para zambullirnos de manera radical en la una noción económico y social keynesiana.

El intervencionismo en los mercados, hasta hace pocos días un tema que nos conducía a terrenos cercanos al comunismo y el socialismo más recalcitrante, ha sido ampliamente aceptado para evitar la debacle de nuestro modo de vida. Si bien es cierto que de esta crisis saldremos con una comunidad transformada, se han producido guiños que nos llevan a considerar un cambio en la gestión y en las directrices a seguir. Ya veremos cómo resultan los presupuestos sociales y de reconstrucción prometidos.

Durante la anterior crisis económica fue la banca la que tuvo que ser rescatada, hoy son los ciudadanos, las pequeñas empresas y las familias las que van a recibir un respaldo por parte del Estado y de la Unión Europea. En este punto seguro que nos acordamos de los años de poda de nuestras instituciones públicas, pues es en estos momentos de emergencia cuando más necesitamos una sanidad de calidad o una educación pública que siga dando servicio a los millones de estudiantes que no pueden asistir a sus centros de estudio. A pesar del desmantelamiento previo, parece que la ayuda estatal permitirá superar estas complicaciones.

Quizás sea el momento preciso para defender un republicanismo fuerte fundado en el civismo, la integración de fuerzas sociales y la inclusión de la política en la vida cotidiana. Hoy más que nunca tiene que quedar claro que todos somos elementos con posibilidades para sumar en nuestra organización comunitaria, con nuestra acción cotidiana, con la contribución a las instituciones públicas y con la inserción en la vida política; al menos para tener una opinión fundada sobre nuestros representantes políticos y resortes de poder.

Hoy la revolución ha llegado sin atisbo de humanidad, ha sido un organismo simple, un virus, el que ha conseguido una respuesta unánime sobre la réplica social adecuada. No obstante, y a pesar de no contar con protagonistas humanos en el origen, sí que encontramos un trasfondo de humanismo que tendría que calar de manera profunda en la subsiguiente fase de recuperación. La economía financiarizada no es la respuesta a nuestras problemáticas, más bien se da la apariencia contraria, pues este modelo nos somete a crisis cíclicas que generan, como en 2008, una profunda desigualdad. Se han reclamado políticas sociales y espero que hayan venido para instalarse en un futuro que tenemos que empezar a diseñar desde este presente distópico.