La cultura es el ejercicio profundo de la identidad” (Julio Cortázar)

Hace unos días me hicieron o -por mejor decir- lo intentaron, una de esas encuestas telefónicas de opinión (ese decisivo instrumento al que recurren todos los que entienden la democracia como una forma –un abuso, según Borges- de la estadística) sobre los sentimientos identitarios concitados en función exclusiva del lugar de nacimiento o, llegado el caso, el de la residencia habitual. La entrevistadora me conminaba a que le revelase el grado comparativo (más-igual-menos) de pertenencia que sentía hacia mi pueblo (representado para el caso en la Autonomía) en relación con el de la nación (del Estado, según la susodicha), así, a palo seco y sin mayores adornos. Sospecho que la contestación que en aquél momento improvisé no encontrara acomodo apropiado en las casillas de su modelo de cuestionario, mas aprovecho la circunstancia para abrir una reflexión sobre la Identidad, ésta sí con mayúscula que, al tiempo, pueda servir a la consultora como respuesta por elevación a su fallido sondeo.

Toda identidad parte de un concepto puramente psicológico (modernamente aplicado de manera más o menos perversa –más que menos- como concepción política), un constructo personal e intransferible, indisolublemente unido a la noción de cultura y que contiene o arrastra un sustrato biológico, familiar, educativo y social, en ese atribulado intento del individuo por construir reflexivamente su propia narrativa que le permita comprenderse a sí mismo. Un particular haz de percepciones (Hume) no exento de dificultades, ya que obliga a realizar un esfuerzo de elección entre un vasto conjunto de rasgos culturales propios y/o adquiridos, (que van a inclinar finalmente la balanza hacia alguno de esos atributos a costa del resto) y cuyas peculiaridades o querencias acabarán decantando la propia autodefinición. Debido a las habituales conductas (o situaciones) de debilidad, pereza mental, pura radicalidad o simple pobreza de espíritu que aquejan al grueso de los mortales, proliferan los individuos que tienden a fabricarse su identidad apoyados sobre muy pocas (acaso ninguna) de sus cualidades, quizás un único rasgo externo o ajeno a su persona, las más de las veces vinculado a patrones de pertenencia (religión, etnia, nacionalidad, partido, sindicato, profesión, sexualidad, tribu, colectivo social o deportivo…), llegando por ello a fraguar una identidad con minúscula, una filiación que amén de perversa podríamos calificar de tosca o grosera.

En mi caso, más que perseguir mediante arduas sesiones introspectivas la consigna socrática del “conócete a ti mismo” (exploración prescindible, ya que con ella indefectiblemente terminas descubriendo las inquietantes mediocridades que anidan en tu interior) he tratado a lo largo de la vida de irme forjando con gran empeño una cultura personal con la que poder llegar, no tanto a conocerme como a reconocerme (inmerso en ese profundo ejercicio de la identidad al que se refiere Cortázar en la cita), manifestando en todo caso un cierto distanciamiento, si no hondo desdén, hacia ese otro tipo de cultura autóctona, hoy tan en boga, recibida y percibida como ese bien mostrenco que se posee sin mayor esfuerzo, con tan solo haber nacido en un lugar determinado y reunir la paciencia debida mientras arrimas la oreja al patio de vecinos. Apreciación que en mí puede resultar paradójica ya que, a poco que me hubiese esmerado (o descuidado, mirado desde esta perspectiva), podría haber acabado siendo a la vez arquetipo y víctima de esa drástica identidad de pertenencia de la que siempre he recelado ya que, por pura genealogía, superaba de largo las exigencias del casting para ser elegido protagonista principal en alguna de las rancias sagas de los ocho apellidos, esas manidas “regionaladas”en versión autonómica (tan tópicas como en los 80 lo fueron las llamadas “españoladas”) desorbitadamente aplaudidas por la mayoría de un público siempre respetable, eso sí.

Comentaba antes que, debido a las innumerables muestras de fragilidad de carácter fruto de la debilidad humana, abundan los individuos (esas “gentes que no se estiman a sí mismas y casi siempre con razón de las que hablaba con ironía Ortega en su artículo Democracia morbosa, 1917) que evitan enfrentarse al ineludible conflicto entre el Yo personal y la identidad social, rindiéndose sin oponer resistencia en favor de esta última, por lo que nunca llegan a cultivar una personalidad propia y se conforman con reconocerse como reflejo impersonal de una colectividad, convertidos de este modo en acomodaticios parroquianos sometidos a la congregación. Resulta fácil constatar la existencia de sujetos identificados e identificables como sectarios de una de esas causas a las que antes hacíamos referencia: religión, etnia, nacionalidad, partido, sindicato, colectivo social… o, en los casos más peripatéticos, encontrarnos con fanáticos seguidores de un equipo de fútbol. En definitiva, esas gentes pusilánimes camufladas en la masa de las que hablaba en un post anterior Masas, tan manipulables como inseguras y dóciles.

Como recurso instructivo o aclaratorio, en un ejercicio de funambulismo creativo, me aventuro a proyectar un paralelismo entre los diferentes supuestos identitarios comentados y las fases de desarrollo con las que el positivismo presenta la historia humana (un relato basado en el pensamiento de que el mundo no puede vivir sólo con dos grandes valores, la libertad y la igualdad) por lo que Comte se inventa una religión para descreídos, entre los que me incluyo. Así quedarían reflejados por extrapolación los rasgos atribuidos a la identidad en función de la clasificación positivista de las tres etapas de la historia:

  1. La fase teológica o mágica, corresponde a la infancia de la humanidad y, en nuestro caso, a la de aquellos individuos identificados unívocamente con la religión, la etnia…, en definitiva, con todas aquellas causas míticas y externas a su dominio.
  2. La fase metafísica o filosófica, un estadio en el que se deja de creer en seres sobrenaturales y se comienza a confiar en las ideas, una etapa adolescente o juvenil de la humanidad y que podríamos comparar con la de aquellos individuos identificados de forma sustancial con alguna causa abstracta, de motivaciones difícilmente ponderables: la libertad, la igualdad, la justicia, la bondad…
  3. La fase científica o positiva, etapa en la que la mente humana renuncia a la búsqueda de ideas absolutas y se dedica a estudiar las leyes de los fenómenos de la naturaleza para lograr su dominio técnico, época de la madurez en la que predomina el Yo basado en el propio conocimiento y en la razón (desechados cantos de sirena externos) en correspondencia con aquellas personas que se fabrican su identidad fundamentados en el esfuerzo del conocimiento, en la forja de una cultura amplia convertida en su más preciado e inclusivo signo identitario.

Con la débil esperanza de que esta reflexión ayude a la consultora (y a los organismos que encargan las encuestas) para que en próxima ocasión incorporen en los cuestionarios casillas suficientes que permitan incluir una buena parte de los atributos intelectuales que adornan al homo sapiens y así, de paso, poder quitarnos de encima esa molesta sensación de estar siendo tratados como imbéciles. De nada.

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