Choque mitológico by Nacho Valdés

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El nacionalismo resultó el motor de la Modernidad al permitir el desarrollo y la promoción de los Estados nación en un sentido actual. Este modelo político, que dejó atrás la organización moderna que bebía del feudalismo, permitió la capitalización definitiva de la sociedad y el desarrollo de nuevos modelos de vida. La pretérita organización, fundada en lazos de sangre y la herencia patrimonial, dio paso a un orden novedoso que consintió el ascenso de nuevas clases sociales establecidas desde los réditos productivos. La renovación de la comunidad fue integral, aunque progresivo. Los antiguos poderes, fundados en la autoridad divina y sustentados por la ignorancia generalizada, comenzaron a perder su sentido frente a la pujanza de las novedades.

Todos los órdenes sociales necesitan cierto grado legitimidad que esté más allá de la nuda violencia. El periodo medieval ofrecía desde la respublica christiana la idea de pertenencia a una organización superior sancionada por el poder divino. El desarrollo de los Estados nación, y la progresiva burocratización que acompañó el proceso, hizo necesaria la implementación de un modelo educativo para juristas y demás funcionarios que fueron surgiendo para el mantenimiento de las instituciones nacionales. El dominio anterior comenzó su ocaso y, pasado un tiempo, el poder sustentado por la posesión de la tierra fue a parar a un espacio residual del orden social. Se impuso un nuevo modelo demandante de nuevas habilidades para medrar en sociedad.

Comerciantes, funcionarios y demás especialistas, poblaron unas organizaciones modernas que, sin embargo, todavía valoraban la expansión territorial como sinónimo de poder. En este estadio primitivo de desarrollo de los Estados nación, se hacía imprescindible el mantenimiento de una fuerza militar capaz de proteger las fronteras, el orden interno y, si fuese necesario, promover la ampliación del territorio nacional allende los límites marcados. Para lograr este fin, que fue uno de los elementos fundamentales para la capitalización de la sociedad, era imprescindible una fuente de ingresos regular proveniente de unos súbditos que comenzaban su peregrinaje para convertirse en ciudadanos. De este modo, la imposición de gravámenes para el sostenimiento de una guarnición militar se convirtió en un elemento clave de estas organizaciones políticas en estado embrionario.

Los gastos de las campañas militares, el empobrecimiento de la población y las crisis cíclicas en las cosechas, ocasionaban revueltas y problemas de organización que impedían el normal desarrollo de las actividades de gobierno. Era imprescindible un motor telúrico para fusionar la patria, del latín pater, y más vinculada a la visceralidad como indica su etimología, con el Estado como forma de ordenación. En otras palabras, resultaba fundamental agrupar la fría normativa necesaria para el desarrollo de los Estados nación con el cálido sentido de pertenencia a una comunidad. Por este motivo, se desarrolló todo un complexo que incluía elementos tales como el idioma, la tradición común, las costumbres y un pasado normalmente hipertrofiado y exagerado para lograr una adhesión sin grietas para el mantenimiento estatal. El Estado podría identificarse con el ámbito legalista, mientras que la nación se vincula con el elemento sentimental. De ahí su raíz latina natio, vinculada al nacimiento y, por tanto, con un indudable componente evocador.

El establecimiento de una realidad estatal consiste, por tanto, en lograr cierto grado de uniformidad para de esta manera establecer un criterio único a partir del cual mantener el andamiaje burocrático y económico de la comunidad jurídica. Estas construcciones provocan la creación artificial de un legado mitológico y una homogeneización que estimula la pérdida de identidades. Dicho de otro modo, el Estado marca una estrecha franja en la que no suelen caber otras expresiones culturales por ser contrarias a la exposición oficialmente aceptada. Por este motivo, el proceso de desarrollo de los Estados nación como modelo político referencial fue acompañado de la eliminación sistemática de culturas, idiomas y tradiciones minoritarias. Este fue el peaje en la construcción de la Europa contemporánea.

La actualidad arroja un escenario en el que los nacionalismos gozan de buena salud. Siguiendo la teoría de la compensación de Marquard, podría tratarse de un movimiento de contrapeso opuesto a la pérdida de identidad sufrida por el desarrollo e imposición de la globalización. La fría asepsia de los negocios, la estandarización y la vulgarización de la cultura están generando la destrucción de las tradiciones terrenales a las que podemos aferrarnos emocionalmente como individuos. El mundo global, vasto e inabarcable, no permite el acogedor arrullo del mito conocido y aceptado. Más bien al contrario, nos muestra un horizonte desconocido y, por lo tanto, en apariencia peligroso y desalentador. Con todo, la tendencia se dirige hacia la disolución de los nacionalismos en una cultura global que tendrá que crear sus propios mitos si pretende imponerse. Lo más probable es que la vieja mitología termine por enfrentarse a las novedades que comienzan a otearse en la lejanía.

La conservación de los rasgos identitarios se me antoja un elemento fundamental debido, por encima de todo, al conocimiento compartido que arrastra todo nacionalismo en su idioma, producciones artísticas y costumbres. Esta amalgama de componentes inmateriales supone una parte fundamental de lo que somos y de algo todavía más importante: lo que deseamos ser. El nacionalismo en todas sus maneras implica una realidad ideal a la que pretendemos aproximarnos, el menoscabo de este fundamento identitario va asociado al extravío de valores fundamentales para la vida en comunidad; componente clave para lo político. La globalización, desprovista de un sustrato moral y emocional, anclada en la interconexión financiera y el libre trasiego de capitales, no permite el perfeccionamiento de una noción interpersonal para orientar el conjunto social desde una axiología compartida. La globalización supone la erosión de la política y la disolución de los elementos compartidos en un bullicio generado desde las grandes corporaciones supeditadas a los intereses de la economía financiarizada.

Pese a todas sus contradicciones y complejidades la globalización esconde, como anunciaron Hardt y Negri en Imperio, el poder de la multitud. Es decir, contiene las múltiples facetas de lo político. El mundo globalizado marcado por el tono higienizado y apolítico de la economía, tiene en su seno una realidad igualadora: los problemas han dejado de ser locales. Quizás sea el momento de luchar por el despertar de una conciencia colectiva que permita conectar todos los rincones del mundo en la certeza de estar experimentando, en mayor o menor medida, las mismas problemáticas. Un buen ejemplo lo podemos encontrar en la actual pandemia o en las crisis económicas cíclicamente repetidas. Cuando podamos establecer una adecuada conexión y comprendamos que la nueva realidad digital debe integrar nuestra sentimentalidad nacionalista, podremos hacer frente de manera colectiva a unos inconvenientes globales que escapan a nuestras posibilidades por seguir encerrados en los vetustos e inoperantes Estados nación.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Reblogueó esto en FILOSOFIA DEL RECONOCIMIENTOy comentado:

    Hoy en MASTICADORESFOCUS artículo de Nacho Valdés

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