La fabricación del ego y su rendimiento: la caracterización del neoliberalismo de Byung-Chul Han

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Presentamos un nuevo colaborador de Focus Jeremías Camino

Si algo ha enfatizado la pandemia y las acciones gubernamentales, es el neoliberalismo. No es necesario explayarse sobre lo ya sabido, que figura en las opiniones y ensayos publicados en revistas, periódicos y blogs: me refiero a la limitada capacidad que mostraron los sistemas de salud, luego de cuarenta años de esa política económica, y a la deslocalización internacional de la producción, articulación bien nombrada por cadenas de valor. Ello generó la sensación de detenimiento del ‘mundo’, que una mayoría de los trabajadores formales y una parte de los trabajadores informales palparon en sus días. Este detenimiento se evidencia, ciertamente, en lo que respecta a la cantidad de pequeñas y medianas empresas que cerraron, como a la cantidad de despedidos habidos y esperables, así como el acotamiento de la jornada laboral para algunas otras fábricas. Sin embargo, el incremento del uso de las aplicaciones para la comunicación personal y profesional, y otros programas de productividad de computadora, fueron un indicio para sospechar de aquella sensación de ‘detenimiento del mundo’, en algún sentido. Es decir, a pesar de la quietud que se decreta desde los gobiernos, se continuó con una actividad productiva. El discurso siguiente, que busca aproximarse a por qué ello es así, se encuentra con la caracterización de la sociedad como sociedad de rendimiento de Byung-Chul Han, tratado en su libro La sociedad del cansancio (2012).

David Harvey sitúa el inicio del neoliberalismo en los mandatos angloparlantes de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Entre las campañas de desprestigio de los sindicatos de trabajo (de indiscutible peso en el armado nacional de los respectivos estados), las condiciones de flexibilidad laboral y el aumento del capital financiero, se introdujo, también, la posibilidad de que las partes en que se encadena la producción saliera de la interioridad de una empresa hacia la exterioridad del mercado, logrando una articulación a través de contratos (vagamente conocida como tercerización). El desarrollo de esta lógica empresarial, como lo cuentan Nicoli y Paltrinieri (2019 – ver referencia bibliográfica), conllevó una incentivación mediante la competición entre las etapas (en tanto unidades parcialmente independientes) para mejorar el rendimiento y una reducción de la jerarquía, que propició cierta autonomía a los trabajadores.

El paso de los años gestó un tipo de trabajador, cuya categoría legal es el cuentapropista. El término descriptivo de esta generación es ‘empoderamiento del trabajador’, acompañada de una ideología que creaba una subjetividad rasgada por el espíritu de empresa y la iniciativa. De allí surge la idea de autonomía en el sentido de ser patrón de sí mismo, de independencia del otro, de que cada quien es el único responsable de su presente, de la desaprobación a los programas estatales de ayuda (la más de las veces utilizada, desde el gobierno, como clientelismo político), todo lo cual fue resumido en las nociones de individualismo y meritocracia. Y, finalmente, se tornó un mandato el cultivo de sí, para ganar nuevos conocimientos y capacidades, a la vez que extender los propios límites; mandato que, de seguirse, organizaba la vida en función de obtener algo provechoso, más productivo. Es, como lo nombra Byung-Chul Han, un sujeto de rendimiento.

Es importante destacar tres puntos, que esta cadencia discursiva presenta uno después de otro, pero que, fenomenológicamente, están dados juntamente.

1. La autonomía y la búsqueda de mejoramiento generan un ideal individual a alcanzar, que se centralizan en la construcción individual del propio sujeto. Se instala una planificación que no sólo considera la auto-producción, sino una ética del comportamiento puesta en función de la eficiencia. Por lo cual, se tornan relevantes las preguntas ¿quién soy?, y ¿qué es lo que quiero?, dominadas por la cuestión ¿qué vengo a hacer en este mundo?, en el sentido plenamente productivo.

2. Así, el sujeto de rendimiento es aquel que tiende a maximizar y optimizar su ser, consistente en la productividad. “El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. […] El explotador es al mismo tiempo el explotado” (Byung-Chul Han, 2012, p. 32). De esta situación, surgió el cuestionamiento sociológico que se instaló en el debate intelectual sobre la existencia de las clases antagonistas de la sociedad capitalista. Pues, los dueños de los medios de producción son los que explotan a los que usan los medios de producción para reproducir el valor de uso y crear valor nuevo y plusvalía. Por lo tanto, es absurdo sostener que un mismo individuo pueda ser burgués y proletariado a la vez: esto es, la explotación de uno mismo no genera plusvalía. Sin embargo, es claro que esta consideración se debe a un clima de desarrollo definitivo por parte de los neoliberales, cuyo mejor exponente fue Fukuyama con su Fin de la historia. Pues, existe un contraejemplo que, de hecho, demuestra la condición de explotación: el agrupamiento y manifestación de los trabajadores de las aplicaciones de pedido (como Glovo, Rappi, o Pedidos Ya), o la huelga de los trabajadores de Amazon. No obstante, es cierto que ese no ha sido el caso general para otras empresas que mantienen una ideología y funcionamiento semejantes, y que son muy conocidas: por ejemplo, la venta de Avon, la venta de Tupperware, de Herbalife, así como también las empresas como Google, Mozillia, etc., que siguen una lógica productiva semejante. Esto, pues, conlleva la necesidad de repensar sobre cómo, estas empresas proveedoras de servicios y sus desarrollos, mantienen su existencia en el capitalismo (es decir, bajo la explotación y la obtención de plusvalía).

3. Las características principales mencionadas en los dos puntos anteriores, surgen junto con la expansión de la informática hacia un consumo masivo (con Microsoft como mejor ejemplo) y el desarrollo de internet. Ciertamente, con la computación se aventajaba en aquellos aspectos referidos a la organización de información en comparación a la forma analógica (principalmente, en automaticidad y rapidez). Sin embargo, con internet es cuando comienza a ser efectivamente expansiva. Internet es, en sentido estricto, conectividad: estar entrado en un espacio, estar lanzado hacia algo, deviniendo la computadora la interfaz (la puerta) para ello. Una de las formas principales en que se profundizó la computación e internet es como accesibilidad en dos sentidos precisos: acceso a la comunicación y acceso al conocimiento. Desarrollos que no pueden ser entendidos como algo aleatorio, sino en relación a las nuevas características de la subjetividad instalada: es decir, para su fomento y, a la vez, formada por los utilitarios. La creación de páginas, blogs y redes sociales demuestran, a través de su funcionamiento, la unificación entre aquella subjetividad y la objetividad de su principal objeto: es decir, si, por un lado, el paradigma de blogs, redes sociales y una gran cantidad de páginas es la construcción de un perfil cuyo mandato de funcionamiento exitoso es el estar en continua actividad, compartiendo y mostrando material con regularidad (es decir, estar permanente actualizado), por otro lado, lo compartido es un tipo de información que sea atractiva para subjetividades similares. Por lo tanto, si, por un lado, se produce una subjetividad continuamente incentivada a producir, por otro lado, el objeto producido, en su sentido comunicacional y de conocimiento, está delimitado por la tecnología de la información (y, según el orden temporal, es de sospechar que los medios de comunicación masiva hayan preparado el camino para la aparición de las redes sociales: con el periodismo, la ‘palabra’ deviene un objeto producible para un sujeto cuya subjetividad está disponible para un consumo tal; los mensajes simplificados así como emotivos, impactantes, o empáticos, son ejemplo de ello).

Con estos tres puntos, no sólo podemos nombrar correctamente al fenómeno como tecnología del yo (tal como lo hiciera Foucault), sino que, además, son comprehendidas, con Byung-Chul Han, todas las enfermedades que éste tematiza en las primeras páginas de su libro, de las que dice son propias de este S.XXI (cuyas dos primeras décadas son la muestra realizada de lo que se gestó durante las dos décadas finales del S.XX): depresión, trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), trastorno del límite de la personalidad (TLP) o síndrome de desgaste ocupacional (SDO). Todas ellas aparecen en un entorno determinado por el exceso de positividad: “El lamento del individuo depresivo, ‘nada es posible’, solamente puede manifestarse dentro de una sociedad que cree que ‘nada es imposible’. […] El sujeto de rendimiento se encuentra en guerra consigo mismo y el depresivo es el inválido de esta guerra interiorizada” (Byung-Chul Han, p. 31).

No nos vamos a engañar, la autocreación por la que un individuo se hace a sí mismo, es una posibilidad inherente del capitalismo. Quiero decir, el “self-made” fue una característica que destacó a Benjamin Franklin, y también era el prototipo ideal del teórico y economista Schumpeter, aunque él lo llamaba empresario. Aún más, ya Weber había contemplado las cualidades de su tipo-ideal. No obstante, como dice Byung-Chul Han, allí reinaba una sociedad disciplinaria, tal como la describió Foucault, en la que regía la negatividad de la prohibición, el mandato ético y social, la ley. Una sociedad cuya forma industrial era el taylorismo-fordismo, que hizo de la fábrica el elemento alrededor del cual y en base al cual estaban construidas las familias (“el trabajo dignifica”; el trabajo, y con él el trabajador-padre, es sostén de la familia). En cambio, en la sociedad neoliberal reina el sí, la positividad. Ella se articula sobre el desprendimiento y la libre gravitación, el continuo estar en proyecto (o proyectados hacia algo), las iniciativas, la motivación, el “sí se puede” (o, “yes, we can”): un individuo autónomo y perpetuamente hacedor. Aunque ambas subjetividades están determinadas desde la producción, aquella genera una organización de la vida que separa el momento laboral del momento de ocio (siempre, necesariamente, improductivo desde un punto de vista individual), mientras que, en ésta, como dicen Nicoli y Paltrinieri, “resulta cada vez más difícil distinguir el trabajo destinado a conseguir un ingreso del trabajo ascético de producción de sí” (p. 47). La forma exacerbada, distópica, de esta situación, está retratada en varios capítulos de la serie “Black Mirror” y que, actualmente, andan girando en posteos y comentarios, como pantallazo de lo que vendrá después de la pandemia.

En fin, aún quedan muchas cosas por repensar realmente. Pero, tal parece que así es como se muestra el continuo estar haciendo algo, a pesar de que esté decretado el aquietamiento. El mundo no sólo es el conjunto de cadenas de valor.

Bibliografía explícitamente utilizada

Byung-Chul, Han (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona, España: ed. Herder.

Harvey, David (2007). Breve historia del neoliberalismo. Madrid, España: ed. Alianza.

Nicoli, M. y Paltrinieri, L. (2019). El tránsito del empresario de sí mismo a la start-up existencial en el marco de las transformaciones de la racionalidad neoliberal. Revista de pensament i anàlisi, 24 (1), pp. 37-60.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Garceslogía dice:

    Ciertamente, con la cantidad de novedades que nos traen las nuevas tecnologías, los nuevos métodos organizativos, el avance en ciencias conductuales etc. sería conveniente añadir algunos capítulos a El Capital de Marx…Saludos!

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  2. jaldegundep dice:

    Muy interesante la reflexión; da que pensar. Un saludo.

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