MasticadoresFocus incorpora una nueva colaboradora. ¡Bienvenida Laura! Su blog es Papel de lija

Ana de Lacalle & j re crivello

La lucha contra el racismo en EEUU tiene una larga historia desde el origen de este país. Fue la causa de una Guerra Civil (1861-1865) que acabó con la esclavitud, pero no con la desigualdad racial. Durante la “Reconstruction Era” se intentó garantizar los mismos derechos para todos los ciudadanos. Sin embargo, a lo largo de los años se repitieron sucesos violentos de discriminación e incluso asesinatos por odio entre etnias. Casos como el de Emmett Till en 1955 dieron lugar al “Movimiento por los derechos civiles”, que pretendió acabar con este tipo de conflicto mediante revueltas, manifestaciones pacíficas y reivindicaciones, pero tampoco logró poner fin a la violencia.  

Cuando estudié la cuestión del racismo en la historia reciente de EEUU en la universidad, recuerdo la incomprensión que sentí y aún siento al pensar que alguien pueda creer que una persona de piel oscura deba tener menos derechos que los demás. Me chocó la demonización de toda una población africana que fue trasladada a otro continente en contra de su voluntad.

Me manifiesto a favor de la igualdad étnica, sin hablar de “razas” y me uno a la lucha. Por solidaridad y empatía, ya que soy mujer blanca y la mayoría de víctimas que conocemos son hombres de color. Mi caso es comparable al de un hombre que se une a la manifestación un 8 de marzo. Lo hace porque se pone en el lugar de las mujeres y comparte el dolor, la impotencia y las ganas de conseguir mejoras hacia la igualdad entre sexos. Es de agradecer.

Sin embargo, deberíamos haber aprendido ya, que la unidad es lo único que nos da fuerza para cambiar las cosas. Por eso creo que debemos ir un paso más allá. Cuando exijo el fin de la violencia policial, cuando reivindico los mismos derechos para todas las comunidades humanas, me acuerdo de aquellos otros que sufren violencia por otros motivos. Me refiero a las mujeres que comparten techo con asesinos; hablo por las vacas, cerdos, pollos y gallinas en granjas de ganadería industrial, donde malviven toda su vida sufriendo condiciones extremas; me acuerdo de los niños que sufren malos tratos o abusos sexuales. Y si reflexiono un poco más, pienso en la violencia que también sufren los bosques, selvas, océanos y mares; el llamado medio ambiente, la Tierra.

Es decir, en lugar de luchar contra sucesos concretos como el asesinato de un afroamericano en EEUU o la violencia policial, deberíamos buscar la raíz común entre estos y todos los demás casos de abuso y brutalidad que he mencionado. Creo que podemos resumirlos en un solo principio por el que luchar juntos. Existe una sola causa que nos convierte en víctimas y nos afecta a todos sin excepción. Universalizarla nos volvería poderosos ante cualquier injusticia y podríamos luchar unidos de manera individual y colectiva. Se trata del respeto. Esta palabra podría llegar a unir a todos los seres vivos, de todas las especies del mundo.

Voy a refrescar el concepto de “respeto”. Según el Gran Diccionario de la lengua española de Larousse, es “una actitud considerada hacia las personas o las cosas”. Es decir, tener en consideración a los demás; lo cual significa valorarlos y tenerles un mínimo aprecio. Si todos hiciésemos esto, ¿qué injusticias se darían? Tal vez la pregunta sea demasiado simplista y cabría especificar qué implica el respeto en todos los sectores de nuestro sistema ético, jurídico y económico. Todas las leyes deberían rediseñarse en base a este valor y deberíamos determinar qué es una falta de respeto leve o grave y punible.

Podemos tomar la Declaración de los derechos humanos como punto de partida. Conocemos bien el primer artículo: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” y el segundo: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.

Estas declaraciones no están tan lejos de responder al único principio que propongo universalizar. Creo que cuando alguien hoy reivindica sus derechos, lo que está exigiendo es respeto. Debería llamarse “Declaración del respeto humano”. Cuando hablamos de tener derechos, nos liamos con aquello que merecemos o necesitamos; acabamos pidiendo muchas cosas diferentes. Además, acallamos las responsabilidades que vienen con los derechos deseados. Los intereses individuales entorpecen el avance hacia un bien común. En cambio, si nos centrásemos en respetar a todo aquel con quien convivimos, nos cruzamos o trabajamos, entenderíamos el mecanismo clave que consiste en ponernos en el lugar del otro. Respetar significa pensar en lo que puede molestarle al otro e implica no hacer aquello que a ti te disgustaría que te hicieran.

Esta especie de mínima empatía es la herramienta capaz de unirnos contra todas las injusticias, la violencia, el abuso, la discriminación y en definitiva, el sufrimiento de todos. Solo debemos ser honestos y no hacer lo que no nos gusta que nos hagan a nosotros, ni a nuestras cosas. Empezando por no escupir en el suelo, puesto que asumo que a nadie le gustaría que le escupiesen en su casa. Puede parecer una nimiedad, pero por el mismo razonamiento, nadie acabaría con la vida de una mujer a golpes, puñaladas o tiros. Si realmente interiorizásemos el sentido del respeto, no se producirían tantísimas violaciones, ni otras vejaciones como el bullying.

Llegados a este punto, extendamos de una vez el respeto también hacia las demás especies de animales y hacia la naturaleza. Nos guste o no, todos estamos conectados, ya que formamos parte de un solo ecosistema. Lo que hacemos a unos en un lugar afecta a los demás en todas partes. Hemos dejado de sentir por otros animales o nos negamos a asumir la barbarie que implica la explotación animal hoy. Es el mejor ejemplo de falta de respeto actual a gran escala. Es también la muestra de un concepto de supremacía humana que nos mata; ya que es el sentimiento de autoridad absoluta lo que empuja a algunos humanos a matar a otros. 

Si practicáramos el respeto hacia todas las especies de animales, reformaríamos nuestro sistema comercial y de consumo basado en la matanza. Seguro que a nadie le gustaría pasar su vida encerrado en una jaula que impide sus movimientos, ni vivir sobre sus propios excrementos. De nuevo el respeto es la única premisa necesaria para acabar con la expresión máxima de violencia tolerada. Y ya de paso, destruiríamos el mal entendido argumento de la supremacía entre especies. 

No hay que recurrir a la ética kantiana y su universalización; ni siquiera hay que aplicar el principio de John Stuart Mill sobre hacer el bien para el mayor número de personas. Todos, absolutamente todos los seres que respiramos seríamos felices y viviríamos una vida plena e igualitaria si aplicásemos el valor del respeto en todo lo que hacemos. Desde no agredir a las personas, hasta liberar a una araña que se ha colado en tu habitación (en lugar de matarla). Yo apuesto por la Declaración del respeto universal para englobar todo tipo de violencia y luchar unidos. Creo que sería la movilización definitiva hacia un mundo en el que no muera nadie por el beneficio, ni el capricho de nadie.