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El llanto desconsolado es, en general, una expresión de profunda tristeza. La cultura ha contribuido a su inhibición como si fuera una muestra de descontrol emocional y turbación del individuo inadmisible. Por el contrario, sabemos que la necesidad de llorar es un mecanismo que descarga la pena y hace su peso más liviano. Por ello, los individuos tienden a cobijarse en la soledad para manifestar su llanto sin constricción alguna, o en menos ocasiones buscan el abrazo  de un amigo que sepa acompañar en esas situaciones.

Si uno siempre llora solo, el sentimiento de tristeza se alía con el de una soledad crónica. El llanto, aquí, puede devenir un laberinto con recovecos,  continuamente diversificándose, un acto de dolor y sufrimiento en sí mismo.

No obstante, no es fácil dar con quien acompañe el llanto, desde ese silencio respetuoso que soporta la descomposición del que llora sin descomponerse, y pasado el aguacero posee la sensibilidad de ofrecer las palabras que permitan, a quien tanto ha llorado, expresar verbalmente fragmentos de su padecer.

Quizás, en ocasiones solo y, en otras, acompañado necesitamos llorar. Porque hay sucesos en la vida que merecen ese llanto que nos han enseñado a negar, y si sustraemos a cada experiencia lo que le es propio, careceremos de lo humanamente apropiado.