MAÑANA by Pedro Mtz. de Lahidalga

Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida” (Woody Allen)

 Un día más me he levantado con la emocionada intención de volver a ser feliz tal como creí haberlo sido en un pasado soñado, enfrentarme con júbilo a ese único futuro tangible que es el hoy o, como mucho, un mañana donde quepa la eternidad entera. Algo habrá tenido que ver el que estas últimas semanas me las haya pasado recobrando -más que buscando- mi propio tiempo perdido, inmerso en el universo proustiano mientras leía los ¡siete tomos! de esa su novela-catedral1, la cual -por si cupiera alguna duda- me ratifica en algo que, no por intuido, conviene tenerlo siempre bien presente: que todo es finito, que el universo y la perpetuidad caben en una brizna de hierba o que solo nuestros sueños e ilusiones pueden aspirar a la eternidad. Una infinitud sustentada en la esperanza de que perdure al menos este fin de semana, o sea, mañana.

 ¡Ah, ese idealizado mañana como metáfora del futuro! Hasta anteayer, para la mayoría de las civilizaciones habidas (en su clásica visión uniforme de un tiempo absoluto y continuo) el futuro ha venido siendo una conjetura formada por la simple porción asociada a la línea temporal de lo por-venir, de lo que aún no ha sucedido. Es a partir de la física relativista cuando el tiempo pasa a considerarse como esa resbaladiza cuarta dimensión íntimamente ligada a un determinado evento espacio-temporal visto desde la perspectiva personal e intransferible de un observador dado, ese peculiar e individualizado espectador que resultas ser tú mismo. Es en este preciso instante -punto concreto y exacto- donde queda situado el vértice desde el cual te es dado proyectar un futuro causal (horizonte de sucesos) abierto en forma de cono de luz hacia un tiempo relativo que depende de ti, sí, pero también del campo gravitatorio y del estado de movimiento en el que te encuentres o, dicho a la manera filosófica, de tu circunstancia.

 Valga a nuestros efectos esta mecanicista pero gráfica explicación de un tiempo futuro relativo proyectándose desde ese punto exacto que corresponde con la experiencia del presente fáctico de todos y cada uno de nosotros. Obviamos de momento las singularidades de la escala micro-espacial en donde quedarían por considerar las enrevesadas formulaciones sobre la simetría de un tiempo cuántico que se dirige tanto hacia atrás (pasado) como adelante (futuro), lo que parece indicar que en esa escala subatómica el espacio-tiempo cambie de forma espontánea su propia estructura; del mismo modo que si, por el contrario, tiramos por elevación para adentrarnos en la dimensión astronómica, nos encontraremos con arriesgados vaticinios sobre la desconocida singularidad temporal de esas fisuras del espacio-tiempo cuales son los agujeros negros. Cuestiones ambas que dejo remitidas a sus respectivas instancias: para la primera habría que dirigirse a la correspondiente ventanilla de la mecánica cuántica y, en su caso, de la física de partículas; para la segunda deberemos llamar a la puerta de ese enorme laboratorio cual es el inabarcable dominio de la astrofísica. En todo caso, mucho arroz (cosmos) para tan poco pollo (primate evolucionado, pomposamente autonombrado homo sapiens).

 Aún los que sufrimos de anosognosia no declarada (negación a conocer lo malo) y solo atendemos a cualesquiera de las múltiples formas en las que quepa manifestarse la belleza, nos pasa lo que a Woody Allen, que básicamente nos interesa el futuro, no por nada, sino por la inexorable razón de que es el sitio donde vamos a pasar el resto de nuestra vida y, lo que debiera ser más importante, el lugar-hogar de la de nuestros hijos. Situémonos primeramente en lo que es nuestro hábitat o ecosistema, comenzando por lo gordo: en este nuestro período Cuaternario de la era Cenozoica existen hoy fundadas sospechas de que estemos a punto de superar, si es que no lo hemos rebasado ya, ese Holoceno tan confortable y familiar al Homo sapiens y nos estemos adentrando peligrosamente en una nueva época -con el significativo nombre, a propuesta de la denominada comunidad científica, de Antropoceno– caracterizada por los disturbios ecológicos ocasionados de manera significativa por la acción humana. Alteraciones con riesgo cierto de que lleguen a acelerar hasta un punto de no retorno -entre otras perturbaciones no menores- la que ha venido en llamarse sexta extinción o extinción masiva de animales, con nuestros homólogos mamíferos de víctimas propiciatorias y, a poco que nos descuidemos, nosotros como fieles acompañantes. Sigue siendo una incógnita cómo va a poder gestionar estos embolados de carácter general el actual Homo sapiens, caracterizado precisamente por mantener el espíritu tribal propio de una mente poco evolucionada antropológicamente para tamaños avatares.

 Visto el referido panorama desde una perspectiva más pedestre, una vez transcurridas las dos primeras décadas de este siglo –albores del tercer milenio- y olvidados ya aquellos felices noventa inmersos en el sueño de lo que Fukuyama denominó el fin de la Historia, en el sentido de expiración de la lucha de ideologías tras el fin de la Guerra Fría -la caída del comunismo parecía haber enterrado definitivamente la última de las utopías políticas- hoy se hace patente que ese esperado final está lejos de haberse producido, aunque la Historia sí que ha cambiado de escala, pasando al gran formato. Se avistan en un horizonte más o menos próximo nuevos conflictos y crisis estructurales en forma de desafíos pero ya esta vez a escala global, como las referidas alteraciones ecológicas con todo lo que le cuelga (desequilibrio demográfico, cambio climático, crisis de la energía, gestión del agua potable y resto de recursos naturales, migraciones…) u otros de similar magnitud, como la sorda pero permanente amenaza nuclear, el desarrollo exponencial de superbacterias resistentes a los antibióticos o -en otro sentido no menos amenazante- esa no declarada, pero más que intuida, tercera guerra mundial -en formato TIC, eso sí- sobrevolando la realidad intangible, causa y efecto de la disrupción tecnológico-digital.

 Hablando de un probable, más que posible, futuro sí parece adecuado referirnos a ese otro campo del conocimiento cual es la física teórica en sus competencias para la predicción del comportamiento de los sistemas físicos, rayana con esas otras teorías provenientes de la filosofía de la ciencia. La primera nos viene pronosticando –sin olvidar sus postulados científicos- una próxima tormenta en forma de un futuro cuántico, basado en el profundo conocimiento y control sobre la materia a niveles atómico y subatómico, con revolucionarias aplicaciones en campos como la computación, la comunicación o la simulación cuánticas… lo que inexorablemente nos transporta sin frenos hacia el desarrollo exponencial de lo que se viene denominando como inteligencia artificial (IA) con la consiguiente irrupción de artefactos robóticos más o menos humanoides. La segunda (formada por filósofos de la ciencia, pero filósofos a fin de cuentas) da un paso más y presagia, si antes no nos hemos autodestruido, un ¿temible? huracán en forma de transhumanismo con el surgimiento de una nueva especie de hombre biónico -diferente al Homo Sapiens tal como ahora lo conocemos- producto del mismo o parecido fenómeno por el cual nosotros somos distintos a los neandertales y éstos a su vez lo eran respecto de los chimpancés, pero con la diferencia de que ahora el cambio procedería de una evolución seleccionada y diseñada artificialmente y no en razón de la selección natural genotípica que hasta ahora se había venido produciendo. ¡Oído cocina!

 En definitiva, no se qué demonios es el tiempo -aparte de todas las cosas que hacemos mientras nos sentimos vivos- y, menos aún, qué nos deparará el futuro. Por si las moscas, ya tengo planeada para mañana mi propia ración de eternidad: espero levantarme muy temprano para llegar a tiempo de observar desde la ventana los primeros destellos del amanecer, evitando la tentación de oír las noticias en la radio o, no digamos, verlas en televisión. Eso sí, conectaré mi pequeño equipo de sonido para escuchar “Si Demain…” en la dulce voz de Kareen Antonn cantando en un francés muy refinado, con el que acompañar la liturgia de un desayuno convertido en un ritual místico, concentrados los sentidos en percibir todos los matices que esconde el aroma del café como si se tratara de una más de las potencias del alma. Al cabo, la canción irá desgranando melancólicamente sus últimos compases hasta esa última frase musical “Si demain commençait ce soir…” que finalmente me haga sentir que también para mí mañana empieza esta noche.

Blog de Pedro: https://elmonocalvo.wordpress.com

 (1) En busca del tiempo perdido” (Marcel Proust, en traducción de Carlos Manzano. Edición Debolsillo, 2010)

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