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Photo by Deva Darshan on Pexels.com
Dónde nos encontramos de frente y sin decirnos nada, dónde todo esta en silencio y nada se mueve. Ahí nos encontramos, entre medio de la duda y la decisión rápida. En ese lugar dónde todo se ve de blanco y negro, dónde los caminos y los mosaicos se chocan y se convierten en casillas de filas y columnas.
Al parecer nos vemos cerca, dónde las miradas se accidentan muy de vez en cuando, pero a la vez sabemos que estamos muy lejos, entre el “1” y el “8”, dónde la vista se encuentra limitada y se acorta horizontalmente entre la “a” y la “h”.
En ese lugar dónde cualquier perdida puede significar un dolor, dónde la estrategia, la rapidez y la lógica es lo que cuenta.
Ahí dónde las piezas y la trayectoria de las mismas son importantes. Ahí dónde luchamos y discutimos de una manera más sutil, dónde los enojos y las furias se descargan allí.
En ese cuadrilátero que representa nuestra vida, en el cual vos planteas tus jugadas, tratando de desviar las mías, mis pensamientos y sentimientos convertidos en movimientos, es ahí donde te lucís y me dibujas lo que sentís, pero que en el desarrollo del juego me doy cuenta para dónde querés ir.
Con tus jugadas y movimientos me decís una cosa y en la realidad del juego se plantean varias cosas diferentes, porque aunque me las muestres de tal o cuál manera jamás te vas a dar cuenta de que en el tablero me mostrás tu lado más real de tu personalidad.
A veces sos menos agresiva, tal vez un poco cariñosa, no sé si aminoras tu potencial y te dejas llevar o si realmente me estás ocultando y poniendo unas de tus trampas tan elocuentes.
A veces sos más agresiva, es ahí dónde me encuentro con tu carácter, es ahí dónde el blanco se posiciona y no deja pasar mi humilde amor negro. Ese carácter que a pesar de no decir nada, se muy bien para que lado va, quizás a veces no, pero tus jugadas obvias te delatan y te descubren en el juego de este tablero.
A veces cambias el juego, pero la mayor parte de las partidas, tus pasos con las piezas blancas, se mueven de las misma manera que nuestro primer encuentro.
Y es ahí dónde yo me hago fuerte, dónde mis oscuras se potencian de nuevo, a pesar de varias veces han caído en tus amargas trampas, mis negras se recuperan, entienden el juego y van para ganar tu reino.
Lo único que te queda es dejar que este juego fluya hasta perderlo, porque tal vez pensas que ganaste mi reino, pero te he vencido de nuevo. Está vez me hice más fuerte y enroque mi rey con la torre y mis peones negros.
Lo único que a mí me queda terminar esta guerra en el tablero y ha
certe jaque mate para no volverte a ver de nuevo. De ahí en más olvidarme de este juego y de vos, una vez que termine este, sin que haya otro nuevo.
Lo único que nos queda es mirarnos al fin de la partida, darnos las manos y que cada uno vaya por baldosas blancas y negras pero distintas, desviar nuestras jugadas y hacer nuestras vidas, al fin al cabo solo es un juego y lo dos sabemos que ninguno tiene el mismo acuerdo.
Lo que pasa que vos solo crees que esto es un juego y yo se muy bien que no es solo eso, sino más bien es un desarrollo mental y personal de nuestro propio ego, que tiene una cuota de ortredad, porque al fin y al cabo el otro también es parte de nuestro encuentro. Es tan infinito como ese mismo juego en el tablero.
Lo que pasa que no comprendes el hecho que nuestro enemigo es el tiempo y no el rival que tenemos al frente y estamos viendo. Lo que pasa es que tú dedicación con respecto al estudio de las paridas en tu vida es muy escasa, es por eso que no te permite ver las estrategias más buenas en nuestro encuentro. Es por eso que yo decido coronarte, ganarte y emprender otro camino que no sea este que nos imaginamos dentro.