La atalaya de la suficiencia by Nacho Valdés

Agora1

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El reproche implica la superioridad del emisor. Es un instante, normalmente breve, en el que se establece una jerarquía marcada por las palabras y la distancia intelectual, pues el verbo también puede abrir simas insondables para separar a las personas. La igualdad no invita a la reprensión, como mucho a un ligero afeamiento para destacar algún aspecto decepcionante del que tenemos delante. Para reprender se necesita de cierta elevación, mirar hacia abajo y soltar el lastre de aquello que llevamos meditando demasiado tiempo. Con todo, este ascenso tendría que ser momentáneo y fugaz para después volver a la tierra firme por la que todos nos desenvolvemos generando una multiplicidad incalculable de errores y fallos.

La política en tiempos de pandemia se ha convertido en una bronca inquebrantable consistente en la desaprobación continuada de todo aquello ejecutado por el rival. No se hace política, se ataca sin poner en importancia el precio comunitario posterior, pues este mensaje cargado de acritud explota en las calles. La crítica y la vigilancia son pilares incuestionables para un estado de derecho, pero, por encima de estos supuestos inalienables, se sitúa la obligación de hacer política. Esta no es más que el camino para alcanzar acuerdos orientados al conjunto social. Como no puede ser de otra forma, pues estaríamos hablando de un régimen sin garantías democráticas, nadie puede ganar de manera absoluta. El punto medio sería el ideal soñado, aunque también se trate de una quimera. Todos sabemos que la deriva política oscila de un lado a otro, pero sería algo obligado que dejase espacio para el entendimiento. Si no existe, si no se produce el encuentro en algún punto del camino, únicamente nos quedará la imposición o la atomización en una miríada de voluntades enfrascadas en la lucha.

El hecho de poder contar con instituciones públicas para poder dirimir nuestras diferencias e intentar llegar a acuerdos por medio de los representantes políticos implica una carga en un sentido literal. Así era pensado por los griegos cuando eran obligados a participar en las magistraturas públicas. Recibían un cargo sujeto a una posible desaprobación, como sucede en la actualidad, aunque, en este caso, también estaba vinculado a un compromiso que podía conducir incluso al patíbulo en caso de negligencia. Hemos invertido las democracias griegas en las que los representantes políticos proponían reformas aprobadas o denegadas en asamblea ciudadana. Hoy no existe este proceso, el ámbito de la política se queda en un plano alejado de la ciudadanía. En otras palabras, se mantiene el cargo, pero no la responsabilidad, pues la única participación posible se da a través del voto cada cuatro años. Un tiempo excesivo de ausencia de control teniendo en consideración las herramientas de participación que podrían desarrollarse desde el universo digital.

Las legislaturas transcurren con altibajos, ahora mismo nos encontramos en un momento clave empleado al modo de escenario preelectoral cuando afloran las más bajas pasiones de nuestra clase política. Se intuye la posibilidad de culpabilizar y agredir por medio del discurso para de este modo ir minando a los opositores. El recuerdo dejará para la posteridad la palabra afilada y gruesa empleada como arma. Se buscan, por tanto, el enfrentamiento y la pelea que no son más que disensión e imposibilidad para hacer política. Esta pugna perenne es la constatación de la inutilidad de nuestros representantes públicos. Personajes educados en la cultura de la confrontación que hacen oídos sordos a la palabra poietica proveniente del contraste dialéctico. El verdadero enfrentamiento generador de novedades tiene que foguearse con las ideas opuestas; es el único combustible existente para el crecimiento de primicias que permitan una mejora de nuestras condiciones comunitarias.

Queda claro que el reproche se convierte en algo necesario, pero no queda tan claro cómo debe ser su empleo. Habíamos dicho que implica una relación asimétrica en la que uno de los elementos asume la superioridad. Esta altanería debe ser conquistada, uno no puede arrogarse esta dignidad sin haber demostrado anteriormente su valía. Si bien en el momento del regaño debe promoverse esta crecida, tiene que originarse el movimiento inverso de manera inmediatamente posterior. Solo cabe la posibilidad de crítica desde el reconocimiento de los propios errores. La capacidad de detección de la valía del antagonista implica el conocimiento de nuestra propia falibilidad y esto es un valor añadido para la gestión de lo público. Es algo que sabían los griegos por la cuenta que les traía, pues los errores en la dirección de lo común se pagaban muy caro.

La lucha política tiene que partir desde la propia humildad que estima al adversario. En caso contrario, se trataría de un diálogo de sordos sin posibilidad de redención. Esta no es manera de avanzar, el mantenimiento en el exabrupto, el uso continuo de desplantes para fundar el contacto no lleva más que a un simulacro de política que termina en la desintegración de los elementos que debieran unirnos, aunque sea mínimamente, para el mantenimiento de la comunidad. Es por esto que necesitamos un cambio en la deriva de nuestras instituciones públicas, la lucha de trincheras y de zapa a la que estamos acostumbrándonos conduce a la derrota ciudadana.

No podemos esperar cuatro años, debemos exigir entendimiento y, por encima de todo, responsabilidad. Ocupar un puesto de servicio público debiera implicar un adeudo con todos los electores, incluso con aquellos que optaron por otra opción. Aunque se intente hacer ver de otra forma, las instituciones, los símbolos y el resto de elementos constituyentes, son comunes. Nadie puede atribuirse su patrimonio ya que esto no sería político; se trataría de una imposición. Al representante público le corresponde partir de la premisa socrática: solo sé que no sé nada. A partir de este punto, se puede construir la crítica, incluso el reproche, pues se estaría recorriendo un camino intelectual que facilitaría la detección del error ajeno y, por supuesto, el propio. Parapetarse tras el insulto y cuatro ideas inamovibles no es sinónimo de firmes convicciones. Más bien al contrario, es indicador de falta de inteligencia. La política, como ejercicio de gestión siempre en la cuerda floja, necesita mucho de lo segundo y menos de lo primero.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Reblogueó esto en FILOSOFIA DEL RECONOCIMIENTOy comentado:

    Hoy en Masticadoresfocus artículo de Nacho Valdés

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