Una expresión hegeliana en medio de la vida by Jeremías Camino

pexels-photo-2098404.jpeg

Photo by eberhard grossgasteiger on Pexels.com

En una versión más o menos simplificada de La fenomenología del espíritu, Hegel habría escrito que, el Espíritu Absoluto, en alguna etapa de su devenir, va hacia la naturaleza como si él mismo fuese otra cosa, no sólo diferente sino contrapuesta a la naturaleza. Esta afirmación tiene una amplia lista de significados, que la división del trabajo (práctico e intelectual) redunda, más o menos, en la filosofía de la historia, la filosofía de la ciencia, la psicología, etc. Sin embargo, donde mejor queda evidenciada esta idea es en la vida de la Época Moderna, y es fácil mostrar que ello es algo que, en general, se sabe. Esta demostración discurre en dos partes.

Por un lado, es sabido que, en las Meditaciones Metafísicas, Descartes estableció la diferencia entre la cosa pensante y la cosa extensa, distinción que supone o implica un enfrentamiento. Esto es, la cosa pensante, el ego, es el humano que observa (o que contempla) la cosa extensa frente a la cual está: lo matemáticamente extenso es el cielo, así como los proyectiles materiales que, según describía Galileo Galilei, se mueven, caen, se aceleran o detienen. Todo ello vendría a ser la naturaleza. En este sentido, ‘contemplación’ está mentando una conducta que busca comprender, explicar, determinar, aquello que la naturaleza es, conducta que así realiza una teoría. La teoría es un modo de ir hacia la naturaleza.

Pero, también, ‘ir hacia’ la naturaleza puede ser el intento de encontrar en ella la satisfacción de las necesidades vitales del humano. La naturaleza sería el reservorio abundante de materias para la conservación biológica, sólo que, en su estado bruto, no son efectivamente utilizables. Se requiere de una elaboración, de una producción, de una técnica que permita el control para obtener, de allí, un beneficio. ‘Ir hacia’ la naturaleza es también, pues, la dominación productiva para el provecho de uno mismo.

Si con aquella la naturaleza es lo conocido, con ésta la naturaleza es lo controlado. Aquí, pues, tenemos las dos maneras más sabidas del ‘estar enfrentado’ de uno y lo otro, y no parece difícil comprender que ambos aspectos forman parte del capitalismo. Pero, si ellas son dos maneras de ir hacia la naturaleza, correlativamente, por así decir, hay también otras dos maneras en que la naturaleza “viene”, y así muestra tal condición de enfrentamiento. Estas también son comúnmente sabidas.

Pues, por un lado, desde el inicio del S.XX y a lo largo de este, se ha ido constatando lo que buenamente se llama el progreso de la ciencia, nombre que refiere, en cierto aspecto, a que nunca se termina de conocer realmente la naturaleza. El estrepitoso fallido del físico Thomas Kuhn, con su teoría del cambio de paradigmas y su autorevisión, apenas es uno de los muchos ejemplos. Es cierto que esta situación no es de interpretación unívoca: se genera tanto una desilusión que culmina en el abandono de la ciencia, como una actitud revivida que se aboca a ella con más fuerza.

Pero, por otro lado, el avance del dominio productivo y netamente capitalista ha mostrado, no sólo que la naturaleza no es una fuente inagotable de recursos, sino, principalmente, la existencia de una inherente incompatibilidad con tales formas de dominio. La pandemia del Covid-19, así como lo fue el porcino H1N1, son dos consecuencias directas del modo cruel y feroz con el que se sostiene la industria alimentaria (desde el campo, el frigorífico, el transporte, el restorán, la carnicería, hasta la demanda instaurada de los “gustos” alimenticios). La contaminación y destrucción de hábitats por la actividad rapaz de las empresas para la búsqueda y extracción de minerales diversos así como del oro negro, son otro claro ejemplo (desde los métodos, insensibles al ambiente, de extraer del suelo como es la minería a cielo abierto – por poner uno de los muchos casos – hasta los medios políticos y económicos para instalar esas empresas – con los préstamos como claro ejemplo de dominio imperial). O bien, el cambio climático que estamos viviendo, del que ya casi no caben sospechas científicamente fundadas, sobre las causas (es decir, la producción industrial y el modo de vida que le acompaña).

Ahora bien, en la Fenomenología del espíritu, Hegel concibió una tercera etapa del devenir que consiste en un reconocimiento (en el estricto sentido de la palabra). Esto es, aquello mismo que avanza hacia lo otro que es la naturaleza, encuentra que no hay una diferencia, sino que es sí mismo. Popularmente, este momento se conoce como la síntesis dialéctica, que también tiene muchas aristas. Pero, es el caso que ya se hubo explicitado este reconocimiento: en 1955, el físico Heisenberg dio testimonio de ello al afirmar que el humano, intentando descubrir qué es la naturaleza, se encontró a sí mismo, en un libro intitulado La imagen de la naturaleza en la física actual. ¿Y entonces?, ¿ahora qué?, ¿qué pasa con eso?

Creo que esta es una forma, todavía alejada, de experimentar la expresión de la filosofía, que era lo que hacía Hegel. De donde surge la constatación de que, con la filosofía, no se puede hacer nada. Si, no obstante, aún queda el deseo de encontrar algo más, tal vez eso encuentre una justificación en el intento de profundizar lo que, hasta aquí, ha sido desarrollado vagamente. Dos, de las múltiples alternativas de ahondamiento, son las siguientes. Por un lado, a partir de la constatación de Heisenberg, podría buscarse una formulación distinta a la de Hegel para expresar la unidad entre humano y naturaleza, proponiéndose las categorías de la biología. Pues, finalmente, ella ya habla de cosas tales como ecosistema y demás. Pero, resulta que la ciencia de la biología supone la actitud cognoscitiva que describimos al inicio, por lo que tal propuesta, antes, debería resolver esta cuestión, o explicitar en qué sentido es diferente.

Por otro lado, lo escrito por Hegel ha dejado al descubierto, con una claridad aún mayor que sus inmediatamente predecesores, un elemento central de la Edad Moderna, de la Época del Capitalismo. Atendiendo a los dos aspectos de la condición de enfrentamiento que tematizamos al inicio, escasamente se presenta tal elemento de la siguiente manera: pues, conocimiento es establecer afirmaciones razonables, lo cual significa tener un conjunto de proposiciones coherentes y representativas; mientras que el dominio productivo implica una razón tecnológica, que significa dominio planificado con fines útiles (lo que no implica que beneficio=bueno). Así pues, el elemento central es la razón. Ya el mismo Hegel lo había delatado en su afamada afirmación de lo real es racional y lo racional es real. Después de Hegel, fue entendido, con mayor fuerza, este factor determinate y característico, que derivó en una miríada de reflexiones y críticas, corriente que no cesó ni está cerca de culminar. Véase, por ejemplo, que la aplicación del darwinismo y la neurociencia a estas cuestiones contienen, mayoritariamente, el efecto crítico de la racionalidad al centrarse en el aspecto subjetivo (explícitamente, la razón humana como la distinción y valoración en el conjunto de los seres vivos). O también, cabe mencionar, al respecto, el libro que el sociólogo Alain Touraine escribió en 1992, titulado Crítica de la modernidad, que trata de la razón en tanto proyecto moderno de la sociedad. Así, pues, las cosas.

Un comentario en “Una expresión hegeliana en medio de la vida by Jeremías Camino

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s