pexels-photo-3811807.jpeg
Photo by Andrea Piacquadio on Pexels.com

La verdad es algo necesario para el desenvolvimiento en el mundo. Mario Bunge la entiende como un conjunto de certezas implicando la posibilidad de sobrevivir. Sin ese sustrato, sin algo sólido, no es posible la vida. En la realidad natural es algo tan sencillo como que un depredador debe acechar o que un herbívoro tiene que estar alerta para evitar al primero. El mundo animal se mueve gracias a estas seguridades transmitidas genéticamente o por el duro aprendizaje implicado en la vida y la muerte.

El ser humano también necesita verdades, pero las más importantes se han alejado de la biología para adentrarse en lo social. Como especie animal, también estamos implicados en el devenir natural que hasta cierto punto nos condiciona. No obstante, somos el único ser vivo capaz de resistir los impulsos instintivos de los que son presa el resto de especies. Por ejemplo, somos capaces de asumir el voto de castidad, el suicidio o incluso llegar a la muerte por inanición. En otras palabras, podemos renunciar a los instintos de supervivencia o reproducción insertos de manera indeleble incluso en los seres unicelulares.

Nuestra evolución biológica está suspendida y supeditada a la cultural; mucho más palpable y de carácter indiscutiblemente fáctico. El constructo cultural en el que estamos sumidos se ha vuelto especialmente complejo y está surcado por incontables certezas a las que nos agarramos de manera acrítica para poder seguir con nuestras vidas. Todas las instituciones políticas no son más que la fe depositada por los conjuntos humanos en algo que no ven y en lo que mayoritariamente no participan. En nuestros tiempos las verdades son innumerables y se multiplican a cada paso. Otro ejemplo, como bien se explica en Sapiens, está en el dinero que mueve el mundo globalizado. Antes resultaba algo palpable en forma de papel moneda y suponía un valor por ser una certeza instalada en el conjunto social; a día de hoy, se trata de una abstracción virtual que ya ni siquiera tocamos, aunque sigamos confiando en su valía.

Lo bueno de nuestras sucesivas construcciones culturales es que podemos estudiar su desarrollo y progresiva complejidad. Las convicciones con las que se movía un aldeano medieval no son comparables en número a las que necesita cualquier ciudadano occidental hoy en día. Con todo, en ambos casos estas evidencias no son más que un medio para la supervivencia. Podría decirse que la vida se ha vuelto más elaborada en el presente o, quizás, estamos rodeados de símbolos falsos que ocultan la única verdad posible: nada ha cambiado.

Sea como fuere, con la verdad delimitamos los terrenos sagrados y los separamos de los profanos. Cuando algo tiene la cualidad de la falsedad entra de lleno en el terreno del no ser, de lo inefable que, no obstante, se presenta ante nosotros. Lo impostado viene a enfrentarse a la verdad, en caso contrario esta última no tendría ningún sentido. Necesitamos esta dicotomía para afanarnos en el mundo cultural que hemos creado. En otras palabras: la verdad y la mentira conviven en todo tiempo y lugar y van avanzando y retrocediendo dependiendo de la evolución cultural.

Pongamos un ejemplo: durante el periodo medieval europeo las verdades poseían una pátina sagrada que enlazaba con la divinidad. En ese momento histórico, la identidad venía definida por la inclusión en alguna de las confesiones mayoritarias; cristianismo, judaísmo e islamismo. Cada grupo tenía sus propios convencimientos, pero convivían en un universo en el que quedaba claro que la máxima verdad estaba en la pertenencia a unos de los grupos mencionados. No era extraño, por tanto, un auto de fe, hacer la guerra santa o la yihad para satisfacer el sustrato cultural de cada uno de los conjuntos religiosos. Además, estaba el horizonte general en el que se integraban las conformidades mencionadas estableciendo un todo coherente que entrelazaba estos constructos religiosos y sociales.

Estos axiomas siguen presentes, pero ya no nos definen. Lo que prima es el sentimiento nacional que cada día se hace más raquítico y plural. Ya no vale con ser inglés, argentino o italiano. Ahora uno puede ser asturiano, español y europeo. Nuestros principios identitarios se solapan y crean estratos que parecen complicar nuestra existencia, aunque, en el fondo, lo único que hacemos es deambular por el mundo. Pero esto es otra historia que no viene al caso.

La verdad es política, pues permite estructurar la comunidad. Ya no tenemos a Dios por encima, pero sí la Constitución, el Estado de derecho o los partidos políticos. Hemos sacralizado elementos antaño vulgares, los espacios sagrados y profanos se han trasladado y han cambiado sus posiciones. En los tiempos que corren la creación humana es santificada y elevada a los altares más elevados. Nuestra cultura, resultado del desarrollo de innumerables generaciones, ha conseguido el estatus antaño reservado a los dioses. Como resultado, el ser humano y sus ocurrencias han conquistado el lugar antaño ocupado por Dios; otra creación de la mente humana.

Quizás tenga razón Nietzsche y Dios haya muerto por nuestra culpa. Esto no es necesariamente malo, más bien es un cambio histórico que debemos asumir con las nuevas certezas que están por llegar, pues todavía queda parte de esta vieja superstición flotando entre nosotros. El alemán también había hablado de la verdad y la definía de la siguiente manera en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral:

Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas sino como metal.

De manera concluyente, la verdad no existe. No es más que un componente evolutivo que nos permite la vida. Aunque, en el fondo, y con independencia de las complejidades derivadas de la actualidad, quizás sí tengamos una certeza a la que aferrarnos: el depredador acecha y el herbívoro tiene que estar alerta.