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Todo escarceo por desentrañar el límite del yo y, por ende, del no-yo, no es más que una pulsión casi ilusoria para deslindar qué me pertenece genuinamente y qué consiste en un adosamiento externo.

Esta urgente necesidad asoma recalcitrante del fluyo de nuestra conciencia, de ese devaneo que oscila entre quien creo ser y quien me descubro siendo. Ya que aspiramos a una identidad nítidamente demarcada, para acabar constatando que nunca somos ahora, exactamente quien somos un momento después.

¿No hay, en consecuencia, un yo que permanezca como referencia que nos sustancie? En cierto sentido sí, en cierto modo no. Sentimos ser un alguien cuyo sustrato es estable, pero simultáneamente percibimos que esa entidad está domeñada al acontecer y a las decisiones que tomamos en ese transitar la existencia.

Yo soy yo, en cuanto poseo autoconciencia de los cambios que me inocula lo externo y los que yo mismo voy forjando; tan solo, quizás ese reconocimiento de ser y no-ser, sin devenir lo no-yo, me proporciona la consistencia de un sujeto -subjectum-. Es decir, lo que subyace como conciencia unificadora de todo cambio, es capaz de integrarlo y reconocerse como yo modificado; pero yo mismo, al fin y al cabo.

Por el contrario, sostener la inmutabilidad de un yo-identidad es como huir perpetuamente de lo que en nosotros hay de real: un devenir continuo de quien vamos siendo.

Heráclito, Platón, Aristóteles y otros que les antecedieron y precedieron, asumieron que el yo o el alma en las traducciones del griego, no nacía siendo lo que podía o debía ser, sino que lo auténticamente real estaba sujeto al cambio -en Heráclito y Aristóteles- o bien, el alma se une al cuerpo siempre con el horizonte de zafarse definitivamente de la materialidad corrupta, según Platón. Hombres, pues, que no son más que la sombra de lo que deben o pueden llegar a ser plenamente: su esencia purificada, esa alma que pasará al reposo eterno. O eso anhelaba Platón fruto de sus influencias órficas.

¿Qué es el hombre, entonces? Un ser mutable cuyo horizonte queda definido por cada sujeto de la especie, en el que se manifiesta continuamente esa oscilación entre su diversa y contradictoria condición.