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El agradecimiento es algo para implicar a las personas, no se puede mostrar gratitud hacia una entidad, institución o corporación. Ahora bien, sí es posible demostrar un reconocimiento más o menos marcado hacia los individuos integrantes de estos entes. Las relaciones interpersonales permiten el establecimiento de una vinculación a partir de la cual mostrar fidelidad. El mundo social se mueve gracias a este tráfico de intereses con el que tender puentes hacia la alteridad, pues estas rutas permiten el retorno sobre los hitos determinantes de cualquier maridaje entre individuos.

La gratitud no tiene motivos para hacerse explícita, es posible llegar a almacenar un recuerdo bondadoso sobre alguien para demostrar tácitamente la raigambre generada entre iguales. Ahora bien, tampoco está de más mostrar mediante palabras el sentir hacia el otro, pues, de manera inequívoca, resulta agradable percibir el reconocimiento ajeno. Aunque, por encima de todo, es mediante la acción como puede exponerse de manera más sincera la emoción ínsita en los sujetos. Las acciones resultan nuestro quehacer, el día a día y el desarrollo de nuestra existencia. En otras palabras, suponen el mejor reflejo de lo que somos. Más allá de las palabras, que podrían ser impostadas, queda la acción de cada cual donde se demuestra de manera constante qué somos a un nivel realmente esencial.

El trabajo implica un modo de vida y la actuación constante para lograr un medio de subsistencia. Está claro que la profesión desempeñada ofrece indicaciones más o menos precisas acerca del carácter, valores y preferencias del trabajador. Sin embargo, lo único claro en este asunto es que la vida laboral no es más que un medio para la subsistencia. Ni más ni menos. El llevar comida a tu plato incluye claudicar en muchos aspectos. Son pocas las ocupaciones absolutamente libres, al menos al nivel del asalariado tipo. Es evidente la existencia de una jerarquía, organización, horario y demás elementos para la coordinación de los perfiles amparados en cualquier empresa. En esta pequeña comunidad invertimos la mayor parte de nuestro tiempo y podemos tener mayor o menor fortuna, en relación a las condiciones laborales, pero es seguro que este ámbito marcará de manera ineludible nuestra vida debido a la inmersión integral experimentada. Por supuesto, en estos universos mínimos cuajados de individuos de distinta ralea se despliega la gratitud, despecho, rencor o cualquier otro ejemplo sentimental propio del ser humano.

Aquí es donde es posible encontrar un elemento de fricción importante. Hay una noción bastante extendida en sociedad que viene a defender el servilismo y devoción del trabajador para con el empleador, y con este último no estoy haciendo referencia a cualquier mando intermedio. Me viene a la cabeza la figura del empresario que hace de su empresa su vida, arriesga en ella su capital y asume el mismo destino de los negocios dirigidos por él. Al modo de vida del empleado debe sumar la incertidumbre por el futuro, por los posibles imprevistos o incluso por la posibilidad de encontrar respuesta por parte de sus trabajadores. Entiendo perfectamente estas cuitas, aunque no comparto su pretensión de hacer esta emoción universal.

Es muy habitual el intento de identificación del empleado con la empresa en la que presta sus servicios. Se manejan, para reforzar esta vinculación, eufemismos tales como familia, comunidad y otros cercanos al hermanamiento filial. Es maravillosa esta táctica por medio de la cual lograr una fidelización más profunda, aunque no siempre se encuentra un reconocimiento en una dirección opuesta, pues también es fácil hallar otras ambigüedades como regulación de plantilla o moderación salarial conducentes al quebranto de esas bonitas nociones iniciales para lograr la raigambre del empleado. Es decir, la relación no es igualitaria sino contractual. En este punto no cabe más discusión, un nexo fundado en un contrato viene a recoger el modelo de actuación a seguir por ambas partes.

Asumiendo el cumplimiento estricto de lo firmado, no cabe ningún tipo de agradecimiento o gratitud por el desempeño de unas funciones marcadas de antemano. Ambas partes aspiran a una relación fluida en la que no existan trampas y no es lícito la solicitud de nada adicional. Supongo que ninguno de mis empleadores me estará agradecido por llegar a la hora, cumplir mis objetivos o realizar un desempeño normal de mis obligaciones; es lo esperable. Además, en caso de no efectuar las funciones asignadas se rompe de manera automática la atadura contractual. Así de fácil, no hay que darle más vueltas.

Existe una mentalidad defensora de cierta gratitud perenne para con estos actores sociales por el hecho de trabajar para ellos. En otras palabras, se gesta una vinculación a alguien a nivel laboral y eso parece implicar el reconocimiento automático de ciertos méritos que no termino de comprender. La gratitud, en caso de darse, tendría un carácter recíproco, pues ambas partes son fundamentales para el buen funcionamiento de la empresa o corporación. Con el tiempo, como ya he comentado con anterioridad, podrían desarrollarse ataduras más estrechas con ciertas personas que eventualmente podrían conducir a evidenciar complacencia. Ahora bien, mostrar agradecimiento por el mero hecho de trabajar en el marco de una relación contractual tiene un nombre: envilecimiento.