En el gueto by Nacho Valdés

Nuestra arquitectura social empuja a la atomización de la población en compartimentos incomunicados e inconexos. Esto provoca la clausura y el extrañamiento en relación al presupuesto básico de cualquier organización humana: la comunidad. Esta ha perdido su sentido, como concepto ha sido vaciado de contenido orientando las demandas hacia el espacio particular y dejando de lado los lugares compartidos, otrora fundamentales para generar la raigambre e identificación colectivas. Los logros compartidos, las metas públicas y las ideas colaborativas han perdido presencia para transformarse en un impulso individualista que persigue intereses privativos, aunque, al fin y al cabo, todos estemos en el mismo espacio y tengamos necesidades prácticamente idénticas.

El modelo comunicativo implementado por las economías neoliberales ha contribuido a estos usos posmodernos. La presencia de las Redes Sociales en nuestra cotidianidad, los nichos publicitarios específicos y los modelos de negocio en apariencia a la medida de los consumidores, desembocan en la destrucción de los planteamientos comunitarios que suponen el armazón básico en cualquier orden social. Desde la tecnología, omnipresente en nuestro estilo de vida, han emergido infinidad de perfiles individuales desconectados entre sí y ajenos a las demandas colectivas. La primacía de la singularidad se ha visto espoleada por el empleo de esta herramienta que consiente con la disidencia y la crítica de bajo nivel con la que alcanzamos cierta satisfacción por medio del activismo digital. No obstante, la inmediatez y falta de profundidad provocan una pérdida de intencionalidad en unas demandas inmediatamente olvidadas debido a la profusión de las cacofonías simultáneas presentes en el universo digital. La publicidad y el modelo de consumo nos permiten la tipificación mediante modelos identitarios directamente creados por la industria. Incluso la rebeldía tiene estilo propio con posibilidades comercialización.

Mientras la comunidad se va degradando y dividiendo en una miríada de unidades minúsculas que nos hacen perder la perspectiva general, el mundo de los grandes conglomerados empresariales ha conseguido inocular su discurso hasta calar en todos los estratos sociales. Este modelo favorece a los más opulentos, pues la desregularización de los mercados y la economía genera, con independencia de los planteamientos neoliberales supuestamente fundados en la libertad absoluta y el no intervencionismo estatal, un grave problema de desigualdad de apariencia endémica. La riqueza, si bien sigue aumentando en el balance global, se reparte de un modo cada vez más restrictivo y la pobreza y los graves problemas vitales continúan su avance imparable en nuestras sociedades.

El inconveniente no viene de los absurdamente ricos o incluso de los pudientes, ellos se limitan a defender sus intereses y, en este caso, y en contraste con épocas pretéritas, el recurso a la violencia no resulta evidente. Hoy por hoy se ha construido un aparataje informativo para inocular en las clases medias la arenga del rendimiento. Como nos recuerda Byung-Chul Han estamos orgullosos de autoexplotarnos. Todo debe ser provechoso y sostenible a nivel económico, no es lícita la inversión en algo sin comprobar a renglón seguido su rentabilidad. La cruda lógica mercantil ha llegado a todas las dimensiones sociales y no existe un rincón en el que no aplique este balance pecuniario. La cultura, la sanidad, la vivienda o la educación, elementos básicos para un estado de bienestar, también han sido componentes influenciados por la dinámica empresarial. La dimensión humana inserta en toda comunidad ha sido desmantelada y sustituida por el nudo beneficio. No es posible el desarrollo de una estrategia a medio y largo plazo, pues resulta perentoria la consecución de réditos.

El resultado de este proceso puede comprobarse en la fragmentación comunitaria. Se han ido estableciendo guetos de distintos tamaños en los que tienen cabida los diferentes representantes de nuestra sociedad. Cuanto más pequeños y exclusivos, más alejados estarán de la realidad cotidiana. Aquí es donde se encuentran los poderosos, aquellos que no necesitan el mantenimiento de ningún equilibrio social, pues marcan el compás de nuestra deriva política y económica. Este modelo se ha convertido en referente para las clases medias, los habitantes de las afueras que viven en pequeñas comunidades de vecinos rodeadas de vallas y cámaras de vigilancia. La piscina comunitaria, la pequeña terraza y el piso luminoso, ofrecen una sensación de exclusividad bien alejada de los primeros y ajena al verdadero lujo. Después ya viene la clase trabajadora, incluida en los barrios de toda la vida y capeando los problemas como buenamente puede, pues los sueldos no llegan en un mundo que les ha abandonado. Esto puede constatarse de manera explícita en los confinamientos selectivos ejecutados en la Comunidad de Madrid. Se culpabiliza al pobre de su situación y se limitan sus movimientos, salvo para trabajar en las zonas acaudaladas.

Queda, sin embargo, un grupo adicional: los desheredados. Estos son los expósitos de nuestra comunidad, los que no han conseguido adaptarse, los que han caído en desgracia o los que nunca han tenido una oportunidad. Estos también conforman sus propios guetos y se ven sumidos en una espiral de violencia y degeneración por el abandono de las instituciones y de la sociedad en su conjunto. Estos reductos se vuelven lugares peligrosos para el resto, sobre todo para los de las clases elevadas, y se observan con distancia y desdén debido a que la arenga neoliberal también lleva inserta la siguiente premisa: el que no lo ha conseguido ha sido por falta de esfuerzo o aptitudes.

Aquí se encuentra el problema. Se ha popularizado la idea de que estos marginados no tienen derecho a ningún tipo de ayuda, subsidio o formación, pues son los propios culpables de sus males y el resto de trabajadores no tenemos motivos para hacer frente a este gasto. Sin embargo, esta miopía no deja ver una cuestión fundamental: es nuestra propia comunidad la degradada. La privatización de servicios, la falta de asistencia y este abandono hacen proliferar y crecer realidades que, tarde o temprano, terminarán por alcanzarnos como conjunto comunitario. Este abandono provocará en un futuro la limitación de nuestros movimientos por aquellos lugares con los que nos identifiquemos, pero, como esta malaventura se reproduce de manera exponencial, llegará un día en el que no quede espacio para lo común por haber sido devorado por el interés financiero y la individualidad. Por los motivos aludidos, se hace imprescindible la inversión en cultura, sanidad y educación. Es decir, la transformación positiva de nuestra comunidad ya que, en caso contrario, acabará por extinguirse.

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