Pudiera suceder, sin que nos apercibiéramos, que tras muchos de los discursos proferidos como realistas, que ponen de relieve el cataclismo en el que vive la humanidad, la irremediable reparación de semejante desastre y el absurdo y el sinsentido de la existencia humana, por mor de su condición, rezuma un tono esperanzador que colisiona con las ideas expresadas. Es decir, se produce un oxímoron entre lo que argumentamos racional e incluso emocionalmente y un escondrijo en el que siempre albergamos una cierta esperanza de que algo puede cambiar. Algo parecido a una lucha de titanes -lo utópico y el desastre- entre los que uno de ellos más hábil y discreto guarda a buen recaudo ese mínimo vital sin el que proseguir sería un gesto divino.

Lo expuesto ha situado en el punto de mira mi propia concepción de lo humano. No por absolutamente inapropiado o errado, sino por ser yo misma víctima quizás de ese oxímoron inconsciente que late y palpita con tal intensidad, que allí donde creo haber sembrado desconsuelo surgen personas que declaran haber degustado un sabor distinto de la vida, pero no tan agrio como yo misma podía imaginar.

La lectura de un artículo de Claudio Magris Utopía y desencanto, facilitada por un amigo, tras la exposición realizada en la presentación de mi última novela, en la que establecía una diferencia sustancial entre existencia y vida, y, por ende, las vías de salida dignas que nos restaban; sumado a comentarios de otros asistentes en relación a esa tensa lucha que yo manifestaba, me llevan a un proceso de introspección que me desvele ese núcleo obstruido que parece yacer en lo más íntimo de mi ser, si cuando digo una cosa, en realidad transmito otra.

Las crisis o cuestionamientos del propio pensar son una exigencia filosófica para quien no quiere morir de dogmatismo. Aquí la interacción, el diálogo auténtico y el estar dispuesto a ser interpelado son condiciones sin las cuales nuestro aprendizaje sobre el mundo, los otros y nosotros mismos se quedará estancado y petrificado. Estaremos en definitiva perdiendo la vida, ese estado que en el fondo intento reivindicar desde un cierto aparente pesimismo, que yo siempre denomino realismo.

Sin la alteridad no hay reconocimiento de la propia identidad, algo así sostenía Levinas y me hago eco de esta irrenunciable convicción.