Estaba pensando que, desde que era joven hasta ahora, casi todas mis opiniones sobre temas polémicos se han suavizado; en el sentido de que se han vuelto más “allá cada uno con su vida”. Solo puedo recordar ahora mismo un tema sobre el que he ido más hacia el extremo: la tauromaquia. De joven me era indiferente, como el beisbol, las carreras de caballos o el golf; pero, según he ido creciendo, mi opinión ha virado hacia un apoyo a su prohibición, al menos a la parte de las banderillas, la espada y el descabello. Quitando este tema concreto, creo que en todo lo demás soy más permisivo.

La conclusión a la que he llegado es que es muy fácil opinar hasta que le ves los cuernos al toro (aprovechando la referencias a ese arte). Pienso en todas esas personas antiabortistas que, cuando se quedan embarazadas, de repente ven el mundo de otra manera. El caso obvio es el de la mujer violada o la adolescente imprudente, pero últimamente han salido a la luz algunos casos de políticos, líderes religiosos o famosos en general que al quedarse embarazada la amante, o ellas si son mujeres, no han perdido un segundo en correr a la clínica de turno para intentar enterrar el desliz. Lo mismo pasa con esas personas homófobas a los que han pillado con el manubrio de otro en la mano. Se dio un caso hace unos años en Estados Unidos de un batallador senador antigay al que encontraron saliendo de un club frecuentado por homosexuales y que tuvo que reconocer sus verdaderas preferencias ante la sorpresa de su exmujer, sus cuatro hijos y del resto del mundo. Pues eso, que es muy fácil opinar con vehemencia y a veces complicado mantener esa opinión llegado el momento.

Sobre la eutanasia a mí me pasa lo mismo. No es que recuerde que nunca hubiese estado en contra de forma radical, pero sí con cierta tibieza. Hasta que vi los cuernos, el toro que venía detrás y la torada que le seguía. Cuando tenía dieciséis años a mi madre la detectaron Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA); la misma enfermedad que tuvo el famoso, y admirado por mí, científico Stephen Hawking. Una terrible enfermedad degenerativa que destruye las neuronas motoras. La esperanza de vida media suele ser de cuatro o cinco años, pero mi madre tuvo la suerte de tener una versión acelerada que en un año se la llevó a otra vida. ¿Suerte?, os estaréis preguntando. Pues sí, suerte. En pocos meses pudimos ver cómo empezaba a cansarse mucho, luego a cojear hasta acabar postrada las semanas finales en silla de ruedas. Hizo un último viaje, ya cuando le costaba moverse, con mi padre a Italia. Yo creo que sabían que sería el último juntos. Mi madre era una mujer vital, llena de energía, con cinco hijos y que, por si fuera poco, trabajaba de profesora con niños pequeños. Aguantó en el trabajo hasta que ya no pudo más. Aseguraría que la pena que eso lo produjo, alejarla de sus niños, aceleró el proceso. Viéndola sufrir y viendo lo mal que lo pasamos nosotros, recordad que yo tenía dieciséis años y cuatro hermanos pequeños, no me puedo ni imaginar lo que hubiese sido vivir así durante los más de cincuenta años que aguantó Hawking. El admirado Stephen tuvo una versión espinal, que empieza con las extremidades y hace que la esperanza de vida sea mayor, aunque no explica tal longevidad. Pero también contó con todos lo medios del mundo a su alcance, incluyendo la increíble máquina que construyeron para que pudiese comunicarse con el movimiento de los párpados, y un mundo interior donde creaba sus propios universos a medida con su mente privilegiada.

Y aquí llegamos al punto clave. Independientemente de lo que pueda llevarte a pensar en la eutanasia, cada uno es capaz de gestionar esos problemas, esa angustia, esos obstáculos, de una forma totalmente diferente; al igual que ante situaciones iguales hay personas que caen en depresiones y otras que se vienen arriba. En el caso que a mí me tocó, el de mi madre, estoy seguro que habría personas que, puestas en su lugar, preferirían aguantar todo ese dolor, sufrimiento e impotencia para ver crecer a sus hijos un poco más y otras que no podrían aguantarlo y querrían terminar cuanto antes. ¿Qué hubiese querido mi madre? No lo sé. No recuerdo haber hablado con ella de eso ni de nada del proceso. Con llevar el día a día viendo lo que le pasaba, teníamos suficiente.  Cada uno debería poder tomar su propia decisión y, ¿quién soy yo para opinar sobre eso? No me veo convertido en un ser más vegetal que nada, con tan poca fuerza que el simple hecho de tragar un poco de agua me supone un esfuerzo ímprobo y una amenaza real de morir ahogado. Solo de pensarlo me entra una angustia que me hace desear que se apruebe la eutanasia por si me llega el caso (aunque no está claro del todo todavía, el haberlo tenido mi madre hace que las posibilidades de que alguno de sus hijos la tengamos son mayores que para el resto de la población).

Está claro que estoy hablando de un caso extremo: enfermedad incurable que produce sufrimiento constante y en fase terminal; pero, ¿dónde ponemos el límite? ¿Tiene derecho alguien con una enfermedad menos angustiosa a acabar con su padecimiento? ¿Y qué pasa con las enfermedades mentales? ¿Dejamos que cualquiera pueda practicarse la eutanasia sin control? Con seguridad, mi opinión es que no. Si no, acabarían en el proceso adolescentes despechados porque le ha dejado su primer amor y creen que el mundo se ha acabado. Entonces, volvemos a lo mismo, ¿dónde ponemos el límite? Veamos algunos casos reales.

En lugares donde es legal, como los Países Bajos, en teoría, la petición de eutanasia debe ser reiterada y producto de la reflexión. Los sufrimientos deben ser intolerables y sin perspectivas de mejora (lo que hubiese cubierto a mi madre). En la práctica, la puede pedir cualquier paciente, incluso menores de edad con la autorización de sus padres si es necesario. Hay mucha polémica sobre eso. Se ha practicado sobre bebés con espina bífida, personas con demencia moderada, alcohólicos y drogadictos con depresión que habían fallado en docenas de intentos de desintoxicación… Incluso hay casos de eutanasia sin autorización porque la enfermera o el médico pensaban que la situación lo requería. Se estima que en Holanda el 4% de las muertes anuales son por eutanasia, en su mayoría en casos de cánceres incurables (69% de los casos), pero también por afecciones de edad, enfermedades psiquiátricas y otros muchos casos. Lo curioso, para que entendáis lo normalizado que está, es que casi siempre la practica el médico de familia (en un 84% de los casos). Se ha juzgado a algunos doctores por no cumplir la ley, pero lo máximo que ha ocurrido es una reprimenda a un médico. Al final, puesto que lo que hacen es de buena fe, es muy difícil según las leyes del país condenarles por nada.

Mi opinión es que los límites deben existir, pero no esperéis que diga dónde ponerlos. ¿Eutanasia sí o no? Sí rotundo. ¿Cuándo? No lo sé, pero si llego a la situación de Stephen Hawking no lo dudéis. Aplicádmela. Es mi decisión personal. Por mucho mundo interior que tenga y mucha imaginación que posea como escritor que me considero (por cierto, curiosamente este mismo año he ganado el primer premio en el Certamen de relatos cortos Ciudad de Elda justo por un relato llamado “Misericordia” de una persona que se aplica el suicidio asistido), no quiero verme postrado en una cama durante años guiñando los ojos para decirles a mi mujer y a mis dos hijos que los quiero. ¿Puede más la moral de la sociedad sobre la muerte que el deseo de una persona sobre su propia vida? ¿Seguimos las leyes según el sistema de valores establecido o dejamos que cada uno decida? ¿Y qué hay de los que sufren, pero no pueden decidir porque no pueden expresarse? Y si pones un límite no veo cómo controlarlo. Me viene a la cabeza la antigua ley del aborto en España, donde solo se podía abortar en los supuestos de violación, malformación o riesgo de salud física o psíquica para la madre. En realidad, el aborto era casi libre. Ibas a una clínica privada, un médico firmaba un certificado sobre el peligro para la integridad psíquica de la madre de tener el hijo, pagabas y abortabas. Conozco un caso de primera mano. Ahora la ley es más objetiva, por plazos de embarazo, pero aun así se puede jugar con ella.

Todo esto me genera un maremágnum de dudas. ¿Soy yo alguien con derecho a prohibir a otra persona a decidir sobre su vida? No lo creo. ¿Tengo que permitir que cualquier persona se pueda matar en cualquier momento? Tampoco. ¿Entonces?

Ha quedado demostrado por la experiencia de otros países, que, una vez que abres la puerta puede entrar cualquiera. Aun así, yo legalizaría la eutanasia cubriendo los casos más flagrantes. Si luego gente avispada encuentra el recoveco legal para poder aplicársela fuera de los límites de esos casos, que lo hagan (al fin y al cabo, se están matando a sí mismos); pero no creo que, por evitar casos que pudieran parecernos innecesarios, tengamos que dejar sufrir a gente que está agonizando en vida y quiere poner fin a ello. Si para que, llegado el caso, yo pueda optar a una muerte digna, hay que permitir que otros también, por mí sí. Tengo claro, y es opinión totalmente personal, que, si llego a un extremo como el de algunos casos por todos conocidos, quiero poder aplicarme la eutanasia. Y me da igual que una persona con depresión que podría haberse curado lo haga también. Lo que no quiero es sufrir yo. Lo que no quiero es agonizar.

No quiero ser tibio en mi postura. Por dejarlo meridianamente claro: estoy a favor de la eutanasia… Y en contra de las banderillas en los toros.