¿Qué pasa entre lo público y lo privado? Jeremías Camino

“La esfera de lo público y la de lo privado”: esta especie de título refiere a una diferenciación antiquísima que ha sido tematizada innumerables veces en las ciencias de lo social. ¿Para qué escribir otra vez sobre ello? Hay algunas razones de peso que, este año de aislamiento y distanciamiento social, ha remarcado como tantas otras cosas. Pero, nosotros que somos geómetras, dividiremos el asunto, sobre todo por una cuestión de pulcritud, diríase, para ordenar el asunto. Porque no vamos a tratar aquí una de las posibles referencias de lo privado, a saber, la propiedad privada, uno de los basamentos materiales de la producción capitalista. Pues, aquella separación público-privado, es antigua y es estimable porque es necesario que haya quienes detenten la propiedad privada de los medios de producción, para que, en parte, se sostenga la producción capitalista. En este caso, pues, no hay posibilidad ni de confusión, ni tan siquiera de plantear si pasa o no pasa algo entre lo privado y lo público: las leyes y la policía así lo aseguran. Pero no se olvide que aquella no es una condición indispensable para la producción social.

El sentido de privado al que estamos mirando es el de privacidad, que está más palpablemente separada de lo público. Aquí, pues, la esfera privada remite a la esfera íntima, y así nos preguntamos ¿qué pasa hoy entre ella y la esfera pública? Hay una sensación de que ambas se confunden, debido al impacto que las redes sociales han tenido en el desarrollo de la vida de cada individuo y de la sociedad. Esta sensación se topa con el éxito explicativo, al encontrar que la exposición y el desnudamiento son características de las redes sociales. Pero esto no supera la mera constatación de un hecho, cuya deficiencia no se suple ni siquiera agregándole las nuevas modalidades laborales, como el teletrabajo, en el sentido más abarcador del término. Para el 2004, el año en que Facebook fue creada, la autora Leonor Arfuch escribía que “la visibilidad exacerbada de la comunicación, nos promete cada día una dosis mayor de realidad – la pantalla local que, según algunos, se ha transformado en el nuevo espacio público/político, y también la global, cuya diversidad aspira al máximo de la representación, alcanza los confines del mundo conocido. […] Esa ampliación del horizonte,…va acompañada…de una creciente intrusión en el terreno de la intimidad. Una intrusión que no involucra solamente las vidas de políticos o “ricos y famosos” sino también las prácticas de la vida cotidiana”. Y un poco después agrega “hace ya tiempo que los límites canónicos entre público y privado se han erosionado, sometidos a todo tipo de experimentación…” [1].

Arfuch utiliza el término intrusión, pero, en el fondo, no pretende sostener una insuperable separación entre dos ámbitos que, en el fondo, son impolutos: “quizás desde siempre, pero sobre todo ante la dinámica actual de los medios, la distinción neta entre público y privado es indecible” (ibíd.). En otras palabras, lo público y lo privado se redefinen continuamente. Y es justamente aquí donde hay que tener especial cuidado, sobre todo cuando pensamos la realidad que hoy nos toca. Pues, podría suceder que pensemos de acuerdo a moldes pasados. Cuánto arrastra el presente de lo que ha pasado, aunque esta cuestión se formule sólo para justificar, insensiblemente, una explicación mediante formas pretéritas, es algo que no se resuelve mediante la historia natural de las cosas. Ella sólo mostraría una mutación cíclica, de la que sólo se puede salir si se pregunta filosóficamente (hallando, con seguridad, la metafísica de la subjetividad). Pero aquí, queremos simplemente pensar sobre aquella división público-privado en la actualidad.

Sostener la posibilidad de la intrusión, sólo es posible cuando algo, en relación a otra cosa, se cierra y busca afianzar la cerrazón. Es decir, que no quiere dejar entrar pero tampoco dejar salir, y, por lo tanto, pretende permanecer oculta en relación a otra cosa. Por ejemplo, cuando Kant planteó, en la Crítica de la razón pura, la antinomia de la libertad, en cierto modo, mostraba que la voluntad se negaba a quedar determinada por la exposición de la ciencia en causa y efecto. Es decir, la voluntad permanecía insondeable por la aprehensión científica, lo que habilitó el lugar de la Crítica de la razón práctica. Algo similar llevó a Schopenhauer a escribir su obra titulada, justamente, El mundo como representación y voluntad. El mundo europeo de aquellos siglos estuvo marcado por esa dualidad, que definía algo que podía llegar a ser expuesto ante el público, es decir, publicado, y algo que no. Una escisión atravesada por valoraciones que otorgaban una jerarquía, así como deberes y formas correctas de comportamiento, entre las cuales, la más ampliamente conocida y paradigmática, es la de razón vs sentimiento o emoción, que, sin dudas, era concorde con el patriarcado.

Al respecto, son ilustrativas algunas de las producciones audiovisuales que se encuentran en Netflix, como “The crown” o “Versailles”. Como se nota con claridad, en esa sociedad hay todo un montaje prácticamente escénico en las relaciones interpersonales, que busca constantemente presentar una imagen, una personalidad, y ocultar otras cosas de uno mismo, en las que no sólo se cuentan las “miserias” sino también lo socialmente indeseable. Tal era el juego, en el cual se pierde cuando se rompe aquel límite, y todo lo que no debía cruzar, finalmente cruza. Ostracismo es una buena palabra para describir la consecuencia. En ese juego, la intromisión era una osadía, una carta potente que había que saber jugar: el riesgo era quedar como metiche, descarado, insolente, fisgón.

Por eso, Byung-Chul Han lo llama un teatro del mundo (p. 67, 2012). Por aquellos siglos, la persona, dice, es la representación de uno, una máscara que se porta dentro de un mundo objetivo, la que aporta a la sociabilidad en tanto mantiene la separación de aquello que queda oculto a los demás. Y eso, dice Byung-Chul, siguiendo a Senett, es lo que se pierde definitivamente en la sociedad actual. En esta hay una pura exposición de la intimidad: mientras más íntima las relaciones, más reales y auténticas. El alma (psyché) queda desnuda y por eso, según él, la sociedad queda psicologizada.

Psicologizar la sociedad no significa simplemente que se desvela lo íntimo, sino, conforme a la fórmula “la intimidad es expuesta”, que lo íntimo es inmediato, lo primeramente visible: lo público. Pero, público ya no es aquel mundo representativo que oculta algo, ese espacio en el que valía la expresión “guardar las apariencias”. Público, ahora, conforme a la razón neoliberal de los últimos cuarenta años, es en el sentido mercantil. La intimidad se publicita continuamente: somos nuestro propio producto (capital humano), nos auto-producimos (self-made) y así nos vendemos a la vidriera del mundo. Psicologización es mostración en bruto: “yo soy esto y lo enrostro (face) al mundo”. Así, tampoco uno se guarda de lo que no debe decirse, sino que el impulso a decir algo que surge en el momento es lo que rige: Trump y su manera de desenvolverse en la política mandataria, es ejemplar en ello. Lo mismo Elon Monsk, a quien no le preocupa decir que su nación impondrá un gobierno en otros países para satisfacer los propios intereses. Todo ello es pura reacción emocional, que es inmediata, eficaz, que se expone directamente, y explota completamente en un momento.

En paralelo a esta psicologización se transforman los espacios, que pasan a ser lugares propicios para la exposición. La fotografía, en ese sentido, es un exponerse a sí mismo, ahora, aquí, haciendo esto o aquello: puro presente. Anota Byung-Chul al respecto: “La época de Facebook y Photoshop hace del «rostro humano» una faz que se disuelve por entero en su valor de exposición” (p. 27). Hay un “exceso de iluminación”: todo es positivo. De este modo, la casa, ya no puede entenderse como el espacio de la intimidad: es, como todo lo demás, un espacio de exposición, una parte más de la vidriera.

Por todo ello, es ridículo pensar que, en la actualidad y más notoriamente en este año en que la pandemia del Covid apareció, la intimidad sale a lo público o que lo público se mete en lo íntimo. Lo público es lo íntimo. Lo que deba o no deba hacerse en la casa o en una plaza o donde sea y en el momento que sea, impone ser pensado ya de otro modo. Siguiendo todo lo anterior, parece que las limitaciones para la efectiva sociabilidad pasan por la medida de lo que valga ser expuesto, aquello que valga ser visto, en el momento presente. Un insulto, por ejemplo, ahora no debe no ser dicho por ser una mala palabra, en el sentido de enturbiar la buena dicción, la decorosa. Un insulto puede ser dicho si vale exponerse en el momento en que se profiere: es tachable (desagradable) cuando su exposición es inadecuada. Alguien puede mostrarse en calzoncillo en algunas de sus fotos de Instagram, pero no puede exponerse en calzoncillo en una conversación laboral por Zoom, aunque todos los participantes sean seguidores de los demás. E incluso, ese alguien puede estar en calzoncillo durante esa conversación, pero con la cámara apagada, es decir, sin exponerlo. Inversamente, es tachable aquel que debió haber expuesto algo y no lo hizo.

Por eso, lo que deba o no hacerse está definido por la adecuación al momento en que será expuesto. Es cosa puramente presente, efectivista, momentánea, expositiva. En cierto modo, esto tiene una correlación con la lógica narcisista, ya que el narcisista no admite límites, puesto que el mundo es, para él, su propio mundo ególatra. Pero, el narcisista muere en la ignominia que la desubicación expositiva podría causarle, es decir, pierde cuando su propia exposición es rechazada por todos y no es vista por nadie.

Acorde a todo ello, finalmente, lo que antes era tenido por íntimo ahora es todo aquello que resulta inadecuado al momento de exposición, esto es, aquel momentáneo conjunto de cosas que no puede ser expuesto.

Referencias

[1] http://www.mundourbano.unq.edu.ar/index.php/ano-2001/60-numero-12/107-3-la-visibilidad-de-lo-privado-nuevos-territorios-de-la-intimidad (consultado al 1/10/2020).

[2] Byung-Chul, Han (2012). La sociedad de la transparencia. Herder.

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