Cuestión social, condición humana y autonomía: la estafa de las ideologías by Miguel Aponte

@DoublePlusUT

Hannah Arendt (1906-1975) y Cornelius Castoriadis (1922-1997), dos filósofos del siglo XX comprometidos con la idea de libertad y autonomía como principio germinal de lo humano, judía ella y greco-francés él, desarrollaron cada uno a su modo y sin que pretendamos otra coincidencia que la claridad y la coherencia, un pensamiento poderoso y sin concesiones: reflexión, deliberación y comprensión, sin reservas. Ambos ampliamente interesados en la política y su reivindicación, produjeron respuestas siempre alejadas de las modas del siglo: todo vale, regresos religiosos, escatología, pesimismo ontológico y falsas apuestas de la posmodernidad. Reflexionamos a partir de algunas de sus categorías para constatar su poder de dilucidación y actualidad. ¿Cuál es el alcance justo que un hombre libre debe dar a su ámbito privado? ¿Qué es y cómo se articula el mundo que comparte con los otros? ¿Cómo deben entenderse “lo público” y “lo privado”? ¿Qué papel cumple la noción de “lo social” en todo esto?

Para los antiguos griegos, vivir en lo privado (Oikos) era vivir privado de lo público (Eklessía); esto era, precisamente y al contrario de la impresión generalizada hoy en día, no ser capaces de individualidad; porque era allí, en lo público, donde el hombre podía, superadas sus penurias económicas y más allá de su vida privada, destacarse, ejercer su agon: ser libre. Por otra parte, la propiedad privada, otro sentido de lo privado, era respetada porque era condición de posibilidad. Jamás los griegos habrían “socializado” la propiedad, porque lo que no tenían de ninguna manera era este sentido de “lo social” y ni siquiera tuvieron palabra para eso. ¿En manos de quién hubieran puesto una propiedad que no fuera privada?

Pero, más sustancialmente, no la habrían abolido porque ya sabían que era indispensable para resolver en el Oikos aquellas necesidades que correspondían a esa esfera. Por otro lado, jamás habrían admitido que la propiedad privada sustituyera la idea de libertad como un todo -ellos deben haber pensado, por el contrario, que la propiedad atentaba contra la libertad, porque obligaba a responder por ella y a tener que preocuparse por algo “vulgar”-. Ellos sabían que, por el contrario, podrían llegar, más bien, a ser antitéticas una y otra. De hecho, un hombre que prestara más atención a la propiedad y la acrecentara más allá de lo necesario, “no era plenamente humano”, 49. Entonces, para los griegos, lo privado no se oponía a lo político; era su condición de posibilidad. No se oponía tampoco a lo público, por tanto. Crea el marco material para desarrollar una vida sin penurias. Es poco y, a la vez, mucho.

Esto también sugiere que para los griegos la pobreza no era una virtud, como sí lo era para los cristianos y luego para los marxistas. Con el avance de la idea de lo social, primero con los romanos y luego, en el momento en que lo público deja de ser el territorio de la libertad para ser ámbito de lo social, se pierde todo el atractivo existencial por lo público y éste se convierte en otra perspectiva de la necesidad, una obligación, hay que velar por lo social. Lo público queda reducido a proveer la satisfacción de las necesidades sociales. Allí murió la idea de libertad. Es entonces cuando la propiedad privada gradualmente y luego del intermedio medioeval, toma lugar como el mecanismo más eficiente para desplegar la riqueza, para producir más; entonces organizar a los hombres para la producción se catapultó como la meta de lo social. Obviamente, la propiedad privada y lo económico adquieren, así, un lugar estelar.

El extravío definitivo ocurre cuando lo económico pasa a ocupar todo el espacio del sentido de lo humano; allí mismo se destruyen las bases de lo humano. Ahora bien, atención, porque esto no significa que per se exista una fatalidad inherente a la propiedad privada en cuanto tal; lo que esto sugiere es que cualquier propósito existencial que se totemice, por decirlo así, y con el cual se pretenda copar el sentido traería la misma consecuencia y terminará oponiéndose a lo público -y a lo privado, como se verá- como una patología, como una enfermedad. Para los liberales, en la configuración capitalista plena, se esperaba que el sistema económico cumpliera el requisito social de la producción que subsanara las necesidades sociales y, a la vez, protegiera la intimidad: la mano invisible se ocuparía de lo primero, mientras las libertades negativas asegurarían lo segundo. El marxismo, bien visto, no vino para hacer otra cosa, sino para hacerlo él. Ambas ideologías están para siempre enfermas de “lo social”, sin remedio, para bien y para mal y, por lo pronto, solo para mal.

Finalmente, todo el equívoco ha terminado enfrentando a todos contra todos: lo privado contra lo social y estos contra lo político, liquidando lo público y saboteando sus propios objetivos por resolver el problema social. No es solamente que lo privado y lo público hayan perdido el sentido, sino que lo social también. Lo social tomó el lugar de la libertad y lo humano se extravió, por ahora, para siempre. El resultado es que ya la igualdad no responde a la idea de libertad, sino a la idea de justicia, pero como el encuadre es incorrecto se terminó liquidando la libertad; y la idea de justicia, sola, se corrompe porque es una igualdad gobernada: si lo público y no el Oikos se va a orientar a resolver el problema de las necesidades, entonces, el verdadero sentido de lo público ha quedado vacío y la libertad ha muerto. En lo sucesivo la vida queda normalizada en todos sus aspectos y quedará sometida, en el capitalismo, a lo económico; en el socialismo, al partido, en las sociedades religiosas, a sus representantes. El punto es que si se clausura el sentido en torno a una sola perspectiva de la vida y se olvida aquello que hace humana una vida humana, la libertad, el extravío es inevitable.

En la perspectiva arendtiana, aquí la conducta y la actividad ya han sustituido completamente a las posibilidades de la acción, el ámbito de la libertad desaparece y la sociedad ha entrado en la época del conformismo generalizado. Los modelos de conducta, expresión científica tan preciada por la economía, vinieron a ser la piedra de toque, a la vez, para la emergencia de la ciencia económica y la economía política como elementos de explicación y consagración de la pérdida de sentido del modelo economicista liberal-marxista, pues el homo economicus está en la base tanto del liberalismo como del marxismo, ambos están engastados en la misma piedra, 53. Tras todo este entramado se encuentra la significación imaginaria social de la expansión ilimitada del dominio de lo racional, la deriva heterónoma que desde la antigüedad dominó y domina hasta ahora. Esto, a pesar del fracaso del racionalismo, aparentemente aceptado por todos. Los griegos, en realidad, habían ya perdido esta batalla desde el momento en que abandonaron la perspectiva de la captación trágica del mundo para sustituirla por el logos y la razón, abandonando los primeros principios de la comprensión y el nous, la facultad del juicio o la phronesis, como se quiera tomar.

Cuando lo social entra a dominar todo y con la modernidad un “nuevo” liberalismo ideológico, muy lejano al original griego, pretende resolver el asunto aceptando ese dominio, ya ha concedido todo. Así, son los propios economistas liberales quienes, como afirma Arendt, tuvieron que introducir la “ficción comunista”. Se trata de la consecuencia lógica y directa de admitir que existirá alguna armonía preestablecida para lo social -llámese “mano invisible” o “planificación”, pero armonía para siempre económica-. Marx no fue seguramente el más creativo de los filósofos, pero seguro sí que fue, aunque pese a todos, el más coherente de los liberales al llevar esos postulados hasta sus últimas consecuencias. Marx comprendió (y no comprendió) que el germen del comunismo estaba ya en el capitalismo y, por tanto, podemos esperar que aún dentro del canon capitalista, el comunismo hallará lugar: ¿qué es si no, China hoy en día? En palabras de Arendt: “Una victoria completa de la sociedad siempre producirá alguna especie de ficción comunista, cuya sobresaliente característica política es la de estar gobernada por una mano invisible, es decir, por nadie.”, 56. Así pues, resumiendo la modernidad, qué es el capitalismo: pura administración; y, qué es el comunismo: pura administración. Hasta romper esta clausura, ya no tendremos vida de seres humanos, seremos a lo sumo animales humanos: seres administrados.

Ahora bien, atención, porque todo esto ha ocurrido en el campo de lo histórico-social y no en el territorio intelectual de los ontólogos: no se trata de una huida del ser sino del extravío de la sociedad y los hombres concretos en una historia determinada. A partir de entonces, todo quedó reducido a que “la sociedad constituye la organización del propio proceso de la vida”, 56.

El debate ideológico moderno entre liberalismo y marxismo, obliga a elegir entre un malo y un peor; como quiera que no hay nunca una línea de progreso garantizado ni la esperanza de que empeorando mejorará el resultado por algún azar mundano o divino, la lógica sugiere que, en todo caso, lo malo es lo mejor. Sin embargo, la tragedia muestra cómo partiendo de lo malo es imposible no degradar siempre hacia lo peor. Las reflexiones de Arendt y Castoriadis registran, cada una a su modo y con un pensamiento fuerte y claro, esta deriva.

El asunto de fondo es que el reduccionismo positivista moderno, atrapado en un racionalismo, a la vez ambicioso e incapaz, convirtió la esfera pública en un mero debate por lo social y el cuidado de la vida fáctica: economía y salud, despojándola de su original sentido de despliegue de la libre expresión de la multiplicidad individual y obligando a todos al comportamiento regido y alienado de la repetición. No se sabe si este camino algún día satisfaga la vida fáctica, aunque todo indica que no lo hará, pero es seguro que ha olvidado para siempre lo más importante: que una vida sin libertad no es una vida humana.

Cuando Arendt sugiere que la filosofía liberal parte del supuesto implícito de la «ficción comunista», demostrando que todo el liberalismo moderno ha traicionado su propio legado, hace mucho más que criticar y muestra, de hecho, dónde, cuándo y porqué. Mientras la significación imaginaria de la expansión ilimitada del dominio de lo racional, afirmada por Castoriadis, acompañe a la destrucción ocasionada por la equívoca idea de «lo social», ambas marcarán el paso que lleva por todos lados a la desintegración de la libertad y así a la pulverización tanto de lo público como de lo privado. La sociedad que ha emergido luego es la de un hombre-animal y jamás la de un hombre-humano. La confirmación de las peores distopías del cine de zombies ha arribado. Con Arendt y Castoriadis, que nadie diga que no se dijo.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Santiago Acuña dice:

    Reblogueó esto en EL JUEVES DE SOFÍA.

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