La nostalgia by Nacho Valdés

El pasado vende, no cabe ninguna duda al respecto. Siempre han existido movimientos reivindicativos en relación a los tiempos pretéritos y, por supuesto, a su vera, podríamos encontrar una corriente paralela de comercialización de los momentos perdidos. No hay más que observar uno de los primeros ejemplos: la mitología griega. Las alabanzas, cantos y cuentos hacían referencia a una supuesta edad dorada plagada de inmortales, héroes, titanes y criaturas legendarias. Construcciones que ahondaban en la familiaridad, aunque marcando un alejamiento insalvable producto del devenir temporal. Los escenarios, actitudes e historias se acercaban al momento del lector, pero se establecía la diferencia esencial marcada por el cambio de época. No obstante, desde la concepción circular de la temporalidad clásica, esos momentos cargados de hazañas volverían a repetirse en innumerables ocasiones siguiendo un ciclo inabarcable.

Homero podría considerarse como uno de los primeros creadores en entender los réditos emanados de momentos anteriores. Asumió la tradición oral, la modificó y la plasmó por medio de la literatura. Aunque existen dudas sobre la autoría de la Ilíada y la Odisea, suponen un pilar fundamental para comprender la narrativa occidental. Desde este hontanar mana un aluvión de historias de referencia clara: las hazañas clásicas de los héroes enfrentados a su destino fatal. De hecho, por medio de la paradoja impuesta en el mismo recorrido histórico de nuestra civilización, lo que un día suponía un ejercicio de investigación de lo anterior, termina por convertirse en una elaboración cultural cargada de revisionismo. En otras palabras, este producto se convierte en sí mismo en una producción revisitada hasta la saciedad por suponer un trasfondo en el que reconocemos a pesar de la distancia.

La nostalgia implica una construcción cultural a partir de la cual edificar la propia identidad histórica. Desde el espejo de lo ya transcurrido, erigimos una imagen para habitar el presente e intentar colonizar el futuro. Empero, el instante en el que andamos sumergidos siempre resulta efímero, se desliza entre los dedos y resulta prácticamente incomprensible. Es por esto que no implica un adecuado asidero por encontrarse siempre en constante alteración. Lo que está por venir añade incertidumbre cargada de esperanza, pues siempre se espera algo, aunque sea malo. Esto preocupa, pero no nos ocupa; la actualidad se lleva todo el protagonismo por estar cargada de vitalidad. El problema se encuentra en el conflicto inherente a la posibilidad de descifrar lo acontecido en el instante de su génesis. Solo cabe la reflexión sobre lo que hemos dejado atrás.

El pasado es un lugar cómodo y confortable. Se mantiene estático y tranquilo, a la espera de ser interpretado. En este sentido, caben tantas posibilidades como individuos. Sería demasiado tedioso hacer un recorrido por las líneas historiográficas abiertas sobre acontecimientos nimios e insignificantes, pero es posible perderse en este laberinto de ideas contrapuestas. Esto sucede por el carácter de lo caduco, los instantes ya maduros sobre los que resulta posible detenerse con calma. Lo contemporáneo no tiene esa forma, produce el vértigo del cambio incesante y la multiplicidad de factores implicados en su raíz establecen una barrera para la agudeza penetrante de la razón. Solo las mentes más preclaras son capaces de interpretar el entorno inmediato desde la penetración en lo ya acontecido con intención de proyectar el futuro.

Los tiempos se confunden en la filosofía por implicar una herramienta básica para superar el trance de una realidad obscura e inapresable. Consigue elaborar en su crisol un elemento inaccesible, pero con posibilidad para suponer un eslabón de continuidad entre los instantes ya vividos, por vivir y consumidos constantemente. Esta fragua mezcla y genera aleaciones ya que la intelectualidad se nutre de materiales diversos. En caso contrario, no es más que dogma estático y pétreo. El filosofar es actividad a pesar de su falta de concreción y husma desde los clásicos. Si la obra de los griegos, por poner un ejemplo, sigue vigente, y en la contemporaneidad la única prueba de esto se halla en su comercialización, es porque envuelve un destello desde el que comprendernos a nosotros mismos.

La imagen difusa y llegada desde la distancia de las eras consumidas lleva consigo ese halo de humanidad para empatizar. Ya no creemos en las gestas mitológicas, pero hemos creado ídolos que van conformando un nuevo Olimpo para lanzarnos a la conquista de lo que todavía no ha sucedido. Solo los más sólidos, los más reconocibles desde nuestra propia lente, serán los supervivientes. Cada época tiene sus referencias, pero son pocas las que aguantan el embate del paso de los años. Al final, volvemos a los mismos lugares con independencia de los intentos por mercadear con las novedades ya pasadas hace únicamente un instante. Cualquier coyuntura es buena para intentar hacer negocio, pero el verdadero mercadeo solo puede concernir a la humanidad y, en este punto, son pocos los que consiguen hacer de la nostalgia un centelleo verdadero de lo que somos y llegaremos a ser.

La filosofía abre el futuro y lo deja a los pies del presente partiendo de la autopsia del pasado. Esta compleja actividad nos implica como saga necesitada de sus más altas facultades para la creación de la cultura; punto de unión para mirarnos desde las heterogéneas situaciones en las que nos hemos situado. La filosofía sustrae lo humano contenido en la tradición y nos lo devuelve para que podamos emplearlo en las posibilidades envueltas en nuestro porvenir cargado de actualidad. Es por esto, un ingrediente fundamental para intentar percibirnos en toda nuestra complicación mientras nos ganamos un destino colectivo desde la responsabilidad de la inteligencia.

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