El enfrentamiento by Nacho Valdes

Las facciones, los bandos, los fascistas, los bolivarianos, los amigos de los etarras, las trincheras, el guerracivilismo, el totalitarismo, la falta de responsabilidad de Estado, los golpistas y demás apelativos salpimientan habitualmente nuestro día a día en las Cortes constituidas gracias a la confianza de la ciudadanía. El lenguaje, como vehículo para la transmisión de ideas y de sentido, debe cuidarse para no convertirse en mero receptáculo de conceptos vaciados de sentido. Cuando se vuelve de manera reiterada al insulto y la agresión verbal se demuestra la incapacidad del empleo del verbo en un sentido amplio y esto, de manera evidente, supone un problema profundo.

La ausencia de recursos en lo lingüístico presume falta de inteligencia o, al menos, una formación deficiente traducida en una carencia cultural cuanto menos peligrosa cuando hablamos de representantes públicos. Nuestras cámaras de representantes ostentan la incultura y el adocenamiento sin una reacción clara desde la ciudadanía. Más bien al contrario, el enfrentamiento se ha extendido a las calles para dividir a la población mediante una guerra fría y subterránea de la que todavía no conocemos su alcance definitivo.

El ruido inventado no carece de altavoces y encuentra adecuada amplificación en la prensa y las redes sociales. Por un lado, hemos caído en la complacencia del diletantismo periodístico cuajado de aficionados voceando consignas. El partidismo informativo, los bulos, las noticias manipuladas y sesgadas implican consecuencias derivadas de la falta de profesionalidad de nuestra clase política. La figura del político profesional cargada de prestigio y una capacidad retórica y dialéctica superlativas se ha convertido en cosa del pasado, pues el presente arroja un paisaje bastante diferente a la vista del resultado de nuestra acción común. La presencia en el universo digital es constante y todo el mundo debe significarse con independencia de los peligros derivados de este parlamento incontenido y desaforado. La presencia del político de trazo grueso en las redes sociales permite seguir alimentando el incendio en el que nos encontramos sin distinguir la oportunidad del oportunismo. A este vocerío constante habría que sumar el producto de la gestión de la crisis presente: uno de los países más afectados del mundo, división social y un desastre a punto de consumarse mientras el mundo científico, sanitario y educativo clama por un cambio de dirección. Podría decirse que el resultado es un suspenso que incide de manera directa en la ciudadanía.

La prensa ha proliferado gracias al formato digital, pero también abunda el panfleto, el amarillismo al servicio del aparataje de los distintos grupos políticos. En este sentido, se ha generado un flujo de ultrainformación en el que es posible zambullirse para establecer un cerco dogmático contrario a toda posibilidad crítica. Partiendo de información parcial, sesgada o directamente falsa, se construye un universo paralelo enfrentado a la realidad y a las necesidades del momento presente. Esta vorágine decadente imprime un ritmo anómalo hostil al talento y que choca contra los propios intereses a defender como colectivo. Se establece una continuidad en relación a los planteamientos primitivos e infantiles determinados desde el engranaje publicitario de las facciones políticas. El objetivo se encuentra en desbordar al rival gracias a la avalancha de información trapacera producida con fines más que cuestionables.

Debido a estas problemáticas, la opinión pública comienza a desvanecerse, pues, lejos de suponer un freno a los desmanes de la clase dirigente, se ha vuelto un elemento a configurar desde los think tanks (la caída en el anglicismo no supone un punto de partida halagüeño) instalados en el radicalismo financiado por los grupos de presión neoliberales. Pues, de manera evidente, el pastoreo de gran parte de la ciudadanía está gestado por la deriva partidista presente en una organización cuajada de intereses mercantiles que persiguen la división social para pescar en río revuelto. Ninguno de los medios agitadores podría sostenerse por sí mismo, menos por el respaldo de sus lectores; en este punto queda de manifiesto el intervencionismo ajeno a las metas comunes.

Nosotros, como ciudadanos, somos responsables, o al menos corresponsables, de la situación descrita. No hemos puesto freno al narcisismo intelectual alejado de los posicionamientos críticos y enfrentados al poder desmesurado acumulado desde hace décadas en sectores muy concretos de nuestro orden social. Si ya en 1971 se anunció mediante el Memorando Powell el surgimiento de un neoliberalismo organizado, radical y peligroso, nadie parece haber puesto freno a esta escalada de ataques a la comunidad. La falta de conciencia personal y colectiva ha llevado al enfrentamiento fratricida mientras surgen figuras populistas que anuncian la protección del trabajador, de la libertad o de nuestro modelo de vida. Es falso, no hay otro análisis posible. Lo único en lo que se afana este complexo mercantilista es en sembrar la separación y la cizaña sufragando el radicalismo, la ignorancia y el desmantelamiento de nuestro estado de bienestar. Mientras se anuncia el fin de la bonanza, los absurdamente ricos siguen aumentando sus fortunas y cavando la zanja que nos mantiene separados y que servirá de fosa para la multitud aborregada.

La falta de esperanza y porvenir implica el desánimo que incita a abrazar el populismo disgregador. El presente carente de horizonte de expectativa, cargado por una categoría de aceleración cada vez más vertiginosa y cambiante por la pandemia, necesita de urgente remodelación. De no llegar, quizás hasta las grandes fortunas y conglomerados empresariales deban recapacitar, pues no quedará nada para rapiñar. Sin embargo, siempre queda espacio para la inteligencia y la disección de nuestra realidad. Solo a partir del análisis y la identificación de los problemas profundos que sufrimos podremos salir adelante. Para forjar este camino no nos quedará más remedio que pensar y traer al presente la sentencia clásica revitaliza por la Ilustración: sapere aude.

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