Por Miguel Aponte, @DoublePlusUT

El tiempo, móvil imagen de la inmoble eternidad
(Platón, 1872:134)

¿Qué es pensar? ¿Cómo se construye el pensamiento? Son preguntas que se hizo Piera Aulagnier y que reflexiona la psicóloga argentina Susana Sternbach, desde la perspectiva del psicoanálisis, en su ensayo “Construcción del pensamiento en la obra de Piera Aulagnier”, que publicamos en este mismo blog y puede verse en https://economiapoliticaehucv.wordpress.com/2013/11/20/construccion-del-pensamiento-en-la-obra-de-piera-aulagnier/. Para un economista adiestrado en la idea de que las decisiones económicas son tomadas por un sujeto racional y otros meta-supuestos no menos pesados, no deberían pasar desapercibidas. Si no se despachan apuradamente, tendría que indagar qué dice la psicología y particularmente el psicoanálisis acerca de este asunto que compromete todo el edificio teórico aceptado.

Tanto para el liberalismo económico –neoliberalismo incluido– como para lo que sería la teoría económica marxista –hoy en día un conjunto vacío–, el sujeto es el individuo kantiano, homo aeconomicus o sujeto sujetado por las condiciones materiales, la infraestructura que determina la superestructura, etcétera, etcétera. En ambas cosmovisiones una condición heterónoma –lucha de clases, mercado– se impone; y en ninguna puede hablarse de un sujeto libre, porque, ¿cómo sería libre un sujeto determinado? ¿Libre por necesidad? Imposible.

Fukuyama, para solamente tomar un ejemplo muy conocido, decretó el fin de la historia; nada nuevo en realidad. Platón fue el primero en hacerlo y tras él todos sus seguidores hasta el siglo xx y hasta hoy. Y tiene que ser así si se afilia uno a la idea de la verdad absoluta y, más específicamente, a la filosofía de la determinidad: es imposible evadir su puño. La filosofía será necesariamente el trayecto que lleva hasta esa verdad y entonces: el fin. Platón -nos guste o no- era un filósofo serio y coherente: sabía que su postulado implicaba el fin de la historia que para él no llegaría, sino que ya había ocurrido.

Sin la misma sinceridad y coherencia ésta ha sido igualmente la gran meta de la reflexión filosófica políticamente correcta de Occidente desde entonces: detener la historia. La filosofía nació en Grecia Antigua como una de las tres hermanas del gran proyecto de hominización universal –las otras fueron la política y la democracia–; y pronto la deriva unitarista que ella misma contiene, denunció su propia muerte: muerte de la filosofía.

Se trata de un curioso propósito lleno de paradojas: ¿por qué y cómo es que tiene sentido o es necesario continuar apaleando a este mosquito muerto? Cada muerte ha exigido de parte de sus sepultureros un enorme esfuerzo intelectual y reflexivo y uno se pregunta, ¿qué otra cosa es ese esfuerzo, si no es filosofía?

En fin, podría concluirse que acabar consigo misma sería el divertimento máximo de este oficio; podría, decimos, si no fuera porque resulta que con ella, sería inevitable la muerte simultánea de la política y la democracia. Todo esto para que Fukuyama y los otros tuvieran razón y la sociedad humana alcanzara el fin de la historia, siempre, claro, el que cada uno de ellos adhiere. ¿Contabilizan los sepultureros toda esta mortandad? Y, ¿qué clase de sociedad sería esa, sin reflexión y sin historia? ¿Pura repetición?

¿Dónde queda la libertad en esa sociedad de repetición? Antes de continuar, estemos de acuerdo en algo: un ser que sólo se repite no es libre. En nuestra jerga, es un ser alienado, enajenado. Los animales son esclavos de sus instintos y por tanto no son libres; el ser humano puede ser esclavo, incluso sin saberlo, y puede ser cosas peores, pero lo que lo hace “otro”, es que puede no serlo. Este es el punto.

Pero un sujeto libre, autónomo, reflexivo y deliberante, no es una postura romántica y tampoco está garantizada. Se trata de una posibilidad potencialmente paralela a la alienación. Ser humano es precisamente el proyecto que contiene esta diferencia aún antes de que se exprese. Francis Fukuyama escribe su libro  El fin de la Historia y el último hombre y decreta la muerte de las ideologías, dice que la única opción es el liberalismo, etcétera, etcétera y que, en definitiva, la historia consiguió la clave de su organización. Él mismo originó lo que se conoció como neoconservadurismo, del cual posteriormente renegó.

Lo curioso, lo paradójico de todas las posiciones liberales es que todas propugnan una libertad que inmediatamente traicionan; e incluso antes de postular sus teorías, pues la traición está contenida en sus metasupuestos. No pueden salir ni cuestionar y seguramente ni siquiera están conscientes de su sometimiento intelectual al legado platónico y a la filosofía de la determinidad. ¿Qué historia sería esa que se quedará para siempre en las sociedades liberales que conocemos y que sólo puede aspirar al avance de la ciencia, mientras se impone el pensamiento único? ¿No es esta misma creencia una utopía y, realmente, la verdadera utopía?