EL AÑO QUE UNA PANDEMIA NOS PUSO EN EL ABISMO por Ana de Lacalle

Anduvimos por senderos severos y áridos durante casi un año. Lo más devastador se inició casi sin apercibirnos; y súbitamente nos vimos confinados en nuestros hogares —los que tenemos el privilegio de tener uno, y además en condiciones dignas, el resto se escondió por las calles o acudió a albergues, …—, en principio para quince días, aunque nos fuimos haciendo conscientes de que, el aislamiento más riguroso, duraría entre dos o tres meses.

Nos cayó desde lo alto plomizamente como si hubiese un dios bíblico vengativo que nos estuviese escarmentando. Aunque con cierta perspectiva, se me antoja una divinidad ingenua, si es que hay alguna que, además, crea que los humanos escarmentamos.

El caso es que refugiados en casa, protegiéndonos de un virus cuyo origen aún es controvertido, iniciamos una vida pseudo-ascética en la que lo máximo que podíamos aspirar era a conseguir algún tipo de alcohol en supermercados, ver series y películas, y mantener el temple y la serenidad ante un azote que veíamos que iba fustigando a los más cercanos, y con una asistencia sanitaria desbordada, que te daba un diagnóstico, conscientes de lo que hacían, en lugar de otro si no estabas grave y donde, como es habitual, los contactos facilitaban privilegios a los que más tenían ¿Y quién iba a despreciar ser atendido como cualquier humano se merecía en el fango de ese caos en el que ni los centros sanitarios atendían al teléfono, o lo hacían tras  dos o tres horas de estar perforándote los tímpanos con el tono de la llamada?  No podías acudir a ninguno hospital o centro de asistencia primaria porque no te atendían, a no ser que hubieras tenido la suerte de contactar vía telefónica y algún médico te hubiera derivado a urgencias. No había ambulancias suficientes, los taxis no querían llevarte a los hospitales, y tan solo la generosidad de vecinos, familiares que se hallaran próximos o amigos asumían la función de soporte social y casi sanitario.

Si entrabas en un centro hospitalario es que estabas bastante mal; los pulmones infiltrados con claros síntomas de neumonía y fiebre muy alta. Muchos no salieron.

No quiero dejar de referirme a las personas que vivieron el confinamiento como un lujo que les permitió frenar el ritmo de vida desenfrenado, y que además les concedió la oportunidad de disfrutar de la lectura, la música y otras actividades que, como antaño se decía, serenan el alma.

Esta fue la situación en España a primeros de marzo y desde entonces, como en el resto del mundo, la evidencia de que una pandemia sin precedentes ha asolado el planeta va formando parte de nuestra cotidianidad. A pesar de eso, tendemos a esperar la luz que nos libere, y muchos pusieron su horizonte en el verano, y este tampoco fue un verano normal. La situación, aunque había mejorado, exigía restricciones de movilidad por el bien propio y ajeno. Así que, una breve escapadita y para casa. Tras este estío para olvidar, la gente puso la esperanza en las navidades, una fecha en que muchos pensaban resarcirse de todo lo pasado. Y llegó la navidad, y aquí estamos, como en marzo en algún momento de pico más alto, o un poco mejor. En cualquier caso, volverán a no ser unas navidades en las que se pueda reencontrar toda la familia, porque las restricciones sin ser de confinamiento total, sí son parciales: con toque de queda, imposibilidad de moverse del municipio durante tres días del fin de semana, …Se han anunciado excepcionalidades a estas medidas para alguna fecha señalada, pero ni será certero hasta el último momento, ni mucha gente tiene ya ganas de celebrar algo que no será una reunión familiar fluida y relajada. Ahora hay quien espera la semana santa, y personalmente les aconsejaría que durante el año 2021 no esperen situaciones mucho mejores; si sucediesen pues a saltar con algarabía y desmelenarse; pero las campañas de vacunación que se están iniciando en los países más desarrollados, por supuesto, no tienen garantías fiables de eficacia, si somos todos sinceros con nosotros mismos, incluso los que las han diseñado y producido. Empezarán a surgir efectos secundarios imprevistos y de gravedad, inmunidades falsas que se demostrarán al contagiarse del virus, …y esto no es pesimismo, sino realismo. La carrera meteórica que se ha desatado para obtener vacunas en distintas partes del mundo ha sido financiada también por farmacéuticas, que no olvidemos tienen por interés primordial lo económico y bastantes muestras han dado ya de su perversión. Estas circunstancias son un argumento para desconfiar de esas vacunas tan tempranas en tantos países.

Los Estados están desesperados por hallar una pócima mágica que les permita revertir la debacle económica en la que se han sumido, y por en medio hay quienes van a sacar un rédito crematístico considerable, con lo cual los testeos y aprobaciones de las vacunas dudo que estén exentos de cuestionamientos éticos. A estas alturas ya sabemos lo que damos de sí los humanos.

Mi percepción es que es más ético y también eficaz ser realistas que dejar que se desenfrenen los anhelos, porque nos puede llevar a cometer errores de los que nos arrepintamos y porque hay vidas de personas, que debería ser el primer criterio. Aunque también querría añadir que el “amigo invisible” de estas navidades también ha dejado es situaciones económicas dramáticas a muchas familias y que deberíamos exigir que se puedan dar respuestas rápidas y útiles a los que aún no les falta salud por el covid19, pero sí quizás por unas condiciones de vida indignantes. De esos también hay que acordarse como una prioridad, y no haciendo declaraciones políticas en los medios de comunicación de las medidas que se van a tomar, que quedan muy bien, sino ejecutándolas con eficacia y prontitud, que es precisamente lo que no está ocurriendo.

Los que queríamos mandar el año 2020 a tomar viento, debemos mentalizarnos de que muy probablemente se empareje con el 2021, y tras ellos, los años que tardemos en recuperar cierta viabilidad económica como Estado, que permita    a       los      ciudadanos   tener    trabajo,    vivienda,        y  ¡por favor! sueldos dignos que permitan tener un hogar y comer, actividades que ya antes de la pandemia, pero ahora aún más, se muestran incompatibles.

No acostumbro a esperar lo que no es probable. Es un mecanismo de defensa bastante útil. Intuyo que deberíamos aplicarlo muchos para prever lo que está por venir y garantizarnos lo que nos sea imprescindible: exigiendo al Estado y a las autonomías que cumplan con sus ayudas, que prevean un plan de recuperación económica con sentido común y efectivo, …

Este año cuando comamos las uvas gritaremos de rabia, pero no bajemos la guardia con el año que entra porque ahora ya sabemos lo que es un año pandémico. No voy a desearos ningún tópico. Solo que sea leve.

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  1. Reblogueó esto en FILOSOFIA DEL RECONOCIMIENTOy comentado:

    Artículo de hoy en MASTICADORESFOCUS

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