La fragilidad de la memoria

by Jaime Nubiola

Cartas desde Pamplona

Cuando en el año 1995 el famoso historiador del arte Ernst Gombrich cumplió ochenta años, tuve la suerte de que mi buen amigo Joaquín Lorda me invitara a acompañarle a Londres para visitar a su maestro en su casa en Hampstead. Joaquín había hecho una excelente tesis doctoral sobre él —que sería publicada con el título «Gombrich: Una teoría del arte» (Ediciones Internacionales Universitarias, 1991)—y, sin duda, Gombrich lo consideraba el mejor de sus discípulos. Estuvimos comiendo —y por la noche cenando— en su casa acompañados por su esposa Ilse y una sobrina. La amable conversación se prolongó durante horas abarcando desde los detalles de los frisos del Partenón o las molduras de los basamentos de sus columnas hasta los cuadros de la exposición Shadows que Gombrich había organizado en la National Gallery con ocasión de su cumpleaños y que habíamos visitado detenidamente nosotros dos aquella misma mañana.

         Por la debilidad de sus piernas Ernst Gombrich —que fallecería en el 2001— usaba ya entonces una silla de ruedas para desplazarse por la casa. Su conversación era amenísima y su mente francamente brillante. Sin embargo, lo que quería recordar aquí es un comentario marginal que hizo en algún momento de la conversación, lamentándose de que invertía buena parte de su tiempo en buscar los papeles que estaba escribiendo y que había olvidado sobre alguna de las mesas de la casa.

         Cumplí hace unos meses los 67 años y desde hace algún tiempo he comenzado a advertir esos fallos de memoria. Como ya no soy capaz de aprenderme los nombres de mis alumnos, en las clases les hago poner su nombre de pila en un papel delante, pues me encanta dirigirme a cada uno por su nombre familiar. Cuando no encuentro las llaves, la agenda o algo que utilizo habitualmente y no está en su sitio, entro a veces en pánico, pero, gracias a Dios, suelo encontrar lo que busco a los pocos minutos. Hoy mismo al venir a mi despacho bajo la lluvia acabo de comprobar que he perdido el guante de la mano derecha: afortunadamente es cosa de poca importancia que podré reponer en cualquier momento.

         “El orden es lo que alivia a la memoria” escribió el enciclopedista Denis Diderot. El orden espacial —el que cada cosa tenga su sitio y este sea razonable al menos para nosotros— tiene una importancia vital extraordinaria conforme con el paso de los años la memoria se va debilitando. Cuando se pierde la memoria inmediata, —aquella que los neurólogos llaman la «memoria de trabajo»— resulta muy reconfortante poder encontrar en su sitio lo que buscamos, aunque no recordemos haberlo guardado antes en su lugar habitual. Tampoco recuerdo qué comí hace tres días y no me cabe la menor duda de que almorcé porque lo hago todos los días. Tenemos todos bien comprobado que si de modo habitual dedicamos algún tiempo a ordenar las cosas que usamos devolviéndolas siempre a su sitio, la vida nos resulta mucho más gozosa y eficaz.

         Los enfermos que han perdido la memoria me inspiran siempre una especial compasión, pues la memoria es —me parece a mí— el constitutivo esencial de nuestra identidad biográfica. Cuando mi madre con un tumor cerebral me preguntó hace veinte años quién era yo, comprendí con claridad que su enfermedad ya no tenía retorno. Por eso, la enfermedad de Alzheimer es tan devastadora para el paciente y quizá todavía más para los cuidadores que quedan desolados al comprobar que sus cuidados y cariños desaparecen por completo del recuerdo de la persona querida.

         Advertir la fragilidad de nuestra memoria ha de llevarnos a atesorar en ellas cosas buenas y no los resentimientos, afrentas o heridas que hayan podido hacernos a lo largo de nuestra vida o quizás incluso en tiempos recientes. Atesoremos el cariño amable, las sonrisas, la gratitud, de forma que en nuestra frágil memoria no haya espacio para ningún rencor. Así viviremos felices aunque a veces flaquee nuestra memoria.

Pamplona, 5 de enero 2021.

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