LUCES by Pedro Martínez de Lahidalga

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Lo único que se mueve aquí es la luz, pero lo cambia todo” (Anónimo)

 Recuerdo de muy joven (quiero pensar que con la corteza prefrontal en pleno proceso de maduración) inmerso en la soledad de mi habitación tratando de interiorizar ciertos conocimientos mediante el estudio o la lectura, llegar a sentir en el cerebro una reacción casi física, como si de él se estuviese desprendiendo un velo que hasta entonces no me hubiera dejado mirar -pensar- más allá y que, al liberarlo, diera paso a nuevas y desconocidas percepciones; una sensación a la que se añadía el inquietante presentimiento de estar traspasando los límites de una frontera. Pasada la juventud, con el cerebro y todo lo que cuelga ya creciditos, he gozado y sigo  gozando con la aventura del conocimiento, pero ya nunca he vuelto a sentir ese destello de placer, aquél fulgor físico de mi adolescencia, que tanto se asemejara a un orgasmo. Debo aquí aclarar que, más allá de su aparente relación semántica, el fenómeno nada tenía -ni tiene- que ver con esa masturbatoria fantasía especulativa tan propia de los adultos conocida como paja mental, con perdón.

 En un post anterior Sombras incidía en las dificultades con las que nos encontramos para llegar a reconocernos en esta sociedad, deslumbrados por los flashes parpadeantes de una realidad virtual retransmitida entre anuncios, es decir, entre sombras. Pero no hay sombra sin una luz brillando cerca y hoy, a vuelapluma, quiero rememorar aquí algunos de esos faros que en su día iluminaron mi camino. En un tiempo muy temprano, cuando -si cabe- era aún más ingenuo, seguí a los filósofos clásicos en su extendida creencia cuasi religiosa de que el conocimiento cabía deducirse mediante el pensamiento puro. Duró poco, lo que tardé en descubrir a los racionalistas (Descartes y por ahí) para con ellos llegar a desprenderme de ese primer velo (por mejor decir el segundo, antes había perdido la fe en las tradiciones, dioses incluidos) mientras transitaba por ese bello, a más de sugestivo, panteísmo de Spinoza. No llegué en aquel momento a sentir lo mismo -no me preguntéis porqué- con los empiristas, a pesar del enorme David Hume, quizás intuyendo que la sola percepción natural -nuestro limitadísimo mundo sensible- se nos iba a terminar quedando muy pequeño. Tuve que descubrir el positivismo de Comte y su ley de los tres estados en busca de lo real -lo fenoménico dado al sujeto- una vez desechado todo tipo de esencialismo o cualquier otra forma de determinismo apriorístico, para sentir en los adentros que el descreído Auguste era uno de los míos o, por mejor decir, yo era uno de los suyos, llegando incluso a pensar que ya no iba a necesitar a nadie más, que con él estaba a punto de caer el último velo.

 Nada más lejos de la realidad, ahí estaba expectante el lúcido pesimismo de su contemporáneo Schopenhauer para terminar de arreglar el asunto, haciéndole ver al personal que estuviese por la labor de que el mundo es un asco, que la vida es absurda y que la felicidad no existe. No está mal para empezar. Un inicio considerado poco menos que imprescindible para, a partir de ahí -sin envidias, sin engañosas ambiciones, sin falsas esperanzas- y ya suficientemente espabilados, centrarse en la ingente tarea de ir aprendiendo a vivir mejor, a saber vivir. Con tales premisas nuestro querido Arthur se siente en disposición de abordar en El arte de ser feliz las cincuenta reglas con las que intentar acceder a una felicidad, digamos, posible (en deuda confesa con nuestro jesuita aragonés Baltasar Gracián y su Oráculo manual y arte de la prudencia) y que caben ser resumidas, poco más o menos, en cuatro sencillas condiciones: un espíritu alegre, un cuerpo sano, cierta tranquilidad de ánimo y evitar la demasía de bienes materiales. Numerosos fueron en su siglo y en el siguiente sus discípulos, entre ellos el gigante Nietzsche, pero no es mi pretensión desplegar aquí un tratado de historia del pensamiento humano, sino más bien ofrecer las íntimas y subjetivas semblanzas de las personas, por encima de los personajes, que tanto influyeron en mi forma de entender la vida.

  Había que proseguir atravesando fronteras, alzar la mirada hacia los confines del pensamiento total, ese que para nada desdeña a la ciencia como herramienta necesaria para abrirse paso en dirección al conocimiento posible de la realidad. Intentar acercar, si no superar, la secular contraposición existente entre el llamado mundo objetivo o mundo de las cosas, enfrentado a ese otro mundo de las suposiciones o de las ideas, el de la metafísica. Bertrand Russell -filósofo, matemático, lógico, escritor y, ante todo, bellísima persona- nos descubre y describe el punto en común entre ambas ilusiones que hasta entonces circulan paralelas: la una imbuida en la quimera de la capacidad ilimitada del pensamiento, frente a esa otra ilusión del realismo ingenuo con el que todos partimos, la infantil creencia de que las cosas son tal como las perciben nuestros sentidos. El proceso lo dejó formulado en su “Investigación sobre el Significado y la Verdad”(An Inquiry into Meaning and Truth, 1940) mediante una aparente paradoja: el realismo ingenuo conduce a la física y ésta nos demuestra que tal realismo es falso mientras sea consecuente consigo mismo, lógicamente falso, por tanto falso. Concluyendo así que ningún camino lleva a los conceptos desde la experiencia sensorial, si razonamos desde el punto de vista lógico.

 Einstein, otro que tal baila, llevaría aún más lejos el argumento (en un breve escrito para la colección Library of Living Philosophes) opinando sobre ese asunto en el sentido de que los conceptos que aparecen en nuestro pensamiento y en nuestro lenguaje -desde ese mismo punto de vista lógico- son creaciones libres del pensamiento y, por lo tanto, no se pueden obtener inductivamente de los sentidos. Aspecto éste que pudiera parecernos evidente, pero que no lo es tanto debido a que estamos acostumbrados a relacionar ciertos conceptos con determinadas experiencias sensoriales situadas en ese otro mundo conceptual (los números, por ejemplo). Hablando de razonamiento lógico, estos días la revista Astronomy & Astrophisics publicaba la imagen de la estrella conocida como S2, orbitando el agujero negro supermasivo del centro de nuestra galaxia “bailando”, por decirlo así, como una peonza (con el llamado movimiento de precesión) tal como lo pronosticara el tío Albert en su teoría general de la relatividad enunciada hace más de un siglo.  Muy a pesar de todos estos y otros monstruos del progreso y la bondad humanos, llevo tiempo percibiendo con preocupación cómo en el mundo se viene abriendo una interesada pero ridícula trinchera entre el conocimiento acelerado de esa realidad física de los objetos y el desconocimiento por disimulo de nuestra realidad como individuos, si no como sociedad. Una brecha auspiciada por esa ingente caterva de palurdos ahítos de poder que, a la sazón, terminan siendo los que de una u otra forma gobiernan o dirigen nuestras sociedades. Cuando a H. A. Lorentz (ese inmenso físico teórico de principios del pasado siglo y aún mejor persona) en plena primera guerra mundial alguien intentó convencerlo de que el destino está determinado por el poder y por la fuerza, contestó: “Es posible que tenga usted razón, pero no quiero vivir en un mundo con esas características”. Yo, tampoco.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Excelente texto Pedro,,, saludos Juan

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    1. elmonocalvo dice:

      Gracias, Juan. Un saludo

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