La reducción al absurdo by Nacho Valdés

El ser humano es poliédrico, sobre esta afirmación no cabe ninguna duda. Somos entidades complejas y cargadas de matices. Es algo que puede comprobarse mediante los contrastes culturales, históricos e incluso individuales. En un mismo contexto, y con independencia de los innegables rasgos comunes a entresacar del conjunto, existen una diversidad de atributos particulares que provocan el estallido de la infinitud cuando se trata con el individuo. Hay tantas personas, con sus elementos privativos, como estrellas en una noche sin luna. Cada una de ellas conforma el microcosmos irrenunciable, del que hablaban los griegos, en sintonía con el macrocosmos universal. Aun así, cada cual es su propia isla incrustada en el archipiélago de la sociedad. Al menos es lo que se traduce del tiempo presente surcado por la individualidad.

Nos gusta lo fácil, las explicaciones simplistas son las más efectivas y las que calan con mayor facilidad en el colectivo. De algo parecido habló Guillermo de Occam con su célebre navaja, aunque este franciscano persiguiese la disolución de la complicación escolástica cuajada de componendas cada vez más confusas y enrevesadas. Con este paso, se continúa en dirección a la línea filosófica encauzada hacia la Revolución científica acontecida en Europa poco tiempo después. Con todo, no es lo mismo eliminar lo superfluo que abrazar la simplicidad. Lo sencillo es complejo debido a su capacidad de síntesis. Por su parte, lo simple implica la mutilación y la eliminación de elementos fundamentales para ofrecer una explicación sesgada y parcial. Para conseguir algo sencillo es imprescindible reflexionar, pues no llega por casualidad o de manera arbitraria. Por su parte, lo simplificado viene acompañado de una suspensión del juicio dada por la incapacidad o la pereza.

Si tuviésemos que hablar de algo realmente complejo podríamos citar lo político. Si abríamos el texto hablando de las múltiples facetas humanas en un sentido particular, este rasgo se multiplica cuando tratamos del sentido colectivo de lo humano inserto en política. Por tanto, aquí se abre la puerta a la complejidad más oscura y dificultosa. La historia de la humanidad puede asociarse a las formas de organización colectiva que hemos ido consumiendo con el devenir de los tiempos. No siempre hemos encontrado sistemas adecuados para la libertad, pero sí está claro que todos los modelos presentes, pretéritos y, por supuesto, futuros, vendrán cargados por la complejidad de lo humano. Es algo indisociable de nuestro carácter, no hay explicación simple en este campo por mucho empeño que se ponga desde algunos ámbitos. Sentenciar en este terreno suele ser sinónimo de manipulación, pues el lema contenido en una frase grandilocuente implica un intento de proselitismo normalmente asociado a algún tipo de populismo.

Un campo vinculado habitualmente a la gestión política es el de la economía. Esto sucede por motivos obvios, se trata de uno de los constituyentes fundamentales de la administración de lo colectivo. Por medio de lo económico es posible establecer una gradación axiológica que nos permite desviar la atención hacia los diferentes nichos de actuación insertos en lo común. No obstante, lo político, que al fin y al cabo trata sobre lo humano en su conjunto, también goza de un alto grado de complicación que no puede desdeñar ninguno de sus aspectos para lograr una mejor dirección en el destino compartido.

Esto resulta demasiado enrevesado para algunos y, desde los sectores neoliberales, se entiende lo político desde el reduccionismo económico, aunque en el fondo se sepa que no es así. Partiendo de la liberalización de los mercados, de la reducción de lo estatal y del empoderamiento del individuo (restringido al homo oeconomicus), se logra un supuesto equilibrio válido para abordar la infinidad de interrelaciones generadas en lo común. El principio es sencillo: menos control, más libertad para la gestión de los negocios que, por medio del mágico arte de los mercados, se convierten en promotores de las más altas cotas de la humanidad. Es decir, lo humano se convierte en ancila de lo pecuniario y, por la gracia de la mano invisible, reguladora de todo el sistema, como si de un organismo se tratase, las mejores naturalezas emergen transmutándose en mecenas y referentes para el colectivo. De hecho, el valor se emparenta con la posibilidad de generar dinero y no es necesario estar demasiado instruido para comprender que el capital no siempre implica valor.

Esta simpleza derivada de la filia hacia lo económico lleva a la confusión del contenido con el continente o de la causa con el efecto. Sin embargo, este mensaje cala en el conjunto social y se convierte en un mantra para una parte no desdeñable de una clase media vapuleada durante las crisis cíclicas que sufrimos. De manera obvia, alguien situado en lo más alto de la pirámide social no tiene motivos para preocuparse por lo colectivo, aunque existen poderosas razones, incluso de carácter egoísta, que no tienen cabida en el presente texto. Empero, las clases medias, e incluso aquellos con menos recursos, del mundo occidental viven en la mediocridad de un sistema cada día más competitivo y alejado del sentido comunitario. La noción individualista inoculada en estos mensajes no responde más que una máxima: divide y vencerás. Es lo único que se logra con la disolución del sentido gregario cargado de humanidad que debiera acompañar a lo político.

El subterfugio empleado en los últimos tiempos por el neoliberalismo se encuentra en disfrazar de libertad lo que no es más que una rendición ante los poderes tácitos. Algo que implica una destrucción del contenido humano incrustado en la necesidad de dirigir los destinos coimplicados en nuestra naturaleza diversa y multifacética. La simpleza del mensaje de reducir lo político a lo económico resulta atractiva, pues no supone un gran esfuerzo intelectual; todo el mundo es capaz de comprenderlo y compartirlo, aunque vaya contra sus intereses más elementales. Esta noción no es más que una victoria adicional para que el mundo de las finanzas nos oriente hacia un rendimiento que solo parece beneficiar a los que se acuerdan de lo social para conseguir mano de obra barata.

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