LA INSATISFACCIÓN DE LA LECTURA por Ana de Lacalle by ana de Lacalle

La actividad lectora se asemeja a un ascenso cósmico en el que no hallamos finitud alguna. Cuando nuestra elección del escritor ya sea considerado literato o filósofo es acertada porque sus obras son de gran calado, experimentamos lo que denominaría el “efecto disparador”. Este nos remite compulsivamente de una lectura a otra, sean o no del mismo autor, que nos propulsa a un viaje infinito, cuya sensación puede resultar agridulce teniendo en cuenta el dicho socrático “Solo sé que no sé nada”.

Entiendo que no existe un instante tan decepcionante como aquel en el que, por más palabras escritas por las que vas deslizándote, la experiencia que resulta es esa antiquísima conciencia de la propia ignorancia. Y, si cabe, lo que aún es peor, la certeza de que nunca podrás revertirla.

Hago referencia a una frustración personal: la constatación de que cuanto más leo, más se amplía el horizonte de lo que desconozco, y más ínfima me siento ante ese infinito saber que nunca puede ser alcanzado. Por saber, me estoy refiriendo a la multiplicidad de indagaciones, reflexiones, estudios que se han llevado a cabo, de facto, no a lo que aún permanece insondable.

Recuerdo que, durante espacios discontinuos de mi juventud, me sentía tan desbordada por todo lo que me quedaba y creía que debía leer que reaccionaba con un deje infantil, una especie de malestar o enfado que me llevaba a suspender durante algún tiempo lectura alguna. Era pura impotencia de alguien exigente que pensaba que debía leer todo lo que en la cultura occidental era significativo. Hace poco le comentaba a un lector que no había leído “Utopía” de Tomás Moro (Libellus vere aureus, nec minus salutaris quam festivus, de optimo reipublicae statu, deque nova insula Vtopi)[1]  porque no me había dado la vida. Y ciertamente, la vida y la misma capacidad cognitiva y de desgaste mental es finita, como nosotros mismos. En este sentido, aprendí a tolerar que mi ignorancia solo podía disminuir muy parcialmente, pero que esa porción que alcanzaba a interiorizar volvía a reproducir el “efecto disparador” pero ahora, en otro sentido: lo que propulsaba mi interior tras cada esforzada lectura era genuino, en cuanto la asimilación que de ella había hecho y la capacidad de crear nuevos escritos y de plantear nuevas cuestiones no restaba mitigada por esa ignorancia inmensurable que padecía. Por el contrario, constaté que ese diálogo, de hecho, imposible con el autor de los libros que leía pacientemente me impulsaba a otras lecturas, que concebía como nutrientes de la autonomía de mi pensar y, por ende, de mi creatividad. Así es que, superadas las etapas de reacciones pueriles, me lancé a leer todo lo que pude, eso sí, intentando con más o menos acierto apuntar hacia aquellos textos que consideraba podían estimularme más. Esto último, las lecturas que más estimulan a cada uno, depende de la experiencia vital tanto como del bagaje de conocimiento previo


[1] Título original de la obra, cuya traducción al castellano sería: “Librillo verdaderamente dorado, no menos beneficioso que entretenido, sobre el mejor estado de una república y sobre la nueva isla de Utopía”

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