Maltratadores de alto Standing: Los ricos también maltratan. By Felicitas rebaque

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Imagen tomada de Pinterest

Hace años, hasta que no se producía una agresión, no se consideraba maltrato ni mucho menos violencia de género. Por aquel entonces, muchas mujeres sufrían en silencio las vejaciones que les infringían sus maridos, llevando con resignación su error: haberse casado con un hombre de éxito.

Este artículo lo escribí en el año 2003 y salió publicado en La Tribuna de Opinión, en el Mundo de Valladolid en septiembre de ese año, bajo el pseudónimo Avena de Lázaro.  

Poco se ha avanzado desde entonces porque el problema sigue vigente. Las mujeres sigue sufriendo malos tratos y muriendo a manos de sus parejas.  

  MALTRATADORES DE “ALTO STANDING: LOS RICOS TAMBIÉN MALTRATAN.

Hubo un tiempo en el que se asociaban los malos tratos a hombres con escasa cultura y educación, con un nivel social y económico muy bajo. Nada más lejos de la realidad. Los ricos también maltratan. 

Hoy quiero hablar del maltrato que padecen las mujeres casadas con grandes hombres que han triunfado social económica y profesionalmente. Suelen ser encantadores, amables, educados, con un gran prestigio, tanto social como personal. Pero hombres, que cuando cierran tras de sí las puertas de su casa y a salvo de las miradas de la sociedad, se convierten en verdaderos energúmenos que humillan y maltratan a su mujer y a sus hijos.

Sus criterios son ley y su voluntad el evangelio que imponen a todos los que viven con él empleando el chantaje afectivo y psicológico.

Esa dominación la ejercen a todos los niveles: tanto emocional, social como económica,  pues, aunque su mujer trabaje y aporte todo su salario al sostenimiento de las cargas familiares, incluida la dedicación exhaustiva al cuidado de sus hijos, al ser sus ingresos de menor cuantía ya que el sueldo de su marido puede  triplicar o cuadriplicar al suyo, oyen con frecuencia que  viven y mantienen una vida acomodada gracias a ellos.

“Estos señores”, cuando pierden los estribos la culpa es de los demás. Justifican sus momentos de ira y de violencia, a la “tensión” producida por la presión y la gran responsabilidad que soportan en su trabajo.

Fuera de sus casas son hombres maravillosos, correctos y educados a los que nadie se les imagina humillando e insultando a su mujer y a sus  hijos e incluso agrediéndoles físicamente.  

Este tipo de “altos personajes” todavía utilizan otro mecanismo de agresión: el maltrato social. ¿Cómo cuentan estas mujeres que su respetable marido es en realidad un maltratador? ¿Cómo echar por tierra su buena fama y su buena reputación? ¿Realmente las creería alguien?

Y así, de esta manera pasan los años llevando una doble vida, viviendo una auténtica farsa que por desgracia meten también en ella a sus hijos, advirtiéndoles que no cuenten a nadie “el problema de papa”.

Si un día encuentran el valor suficiente para decir BASTA y deciden separarse, procuran, así mismo, llevarlo a cabo de tal manera que ese “Gran Hombre” no salga perjudicado en su prestigio social y silencian los malos tratos.

Pero como a este tipo de hombres la separación de su mujer les suele pillar por sorpresa porque ni se les pasa por la imaginación que su esposa, a la que consideran de su propiedad, pueda abandonarle, reaccionan con gran violencia. Es entonces, cuando llegan las presiones, amenazas, manipulaciones afectivas y emocionales, incluso utilizando a sus hijos como arma arrojadiza y motivo de chantaje. LLamadas a horas intempestivas, acoso a los familiares por apoyar a la pécora de su mujer. Por no hablar del castigo económico: él que nunca fue demasiado generoso, más ben tacaño, hace los posibles para dejar a su familia en una situación económica precaria.

Estas mujeres, cuando hartas de todo deciden hablar y denuncian lo sucedido, se encuentran con otro problema: no las creen. Su testimonio es puesto en duda, no solo por la sociedad, incluso  por la propia justicia. 

     «¿Cómo ese “caballero”, con el aspecto de “buen señor” que tiene, que reconoce con humildad sus errores, y su mal genio, que declara que alguna vez perdía los nervios, pero que siempre ha estado pendiente de su mujer y de sus hijos, puede ser un maltratador? Imposible, es su ex mujer la que miente y solo pretende conseguir su dinero.»  Y la justicia emite sentencia: una multa económica de una cantidad irrisoria. No, ese señor no van a la cárcel, aunque en un “mal momento” haya amenazado de muerte a su mujer. Ya se arrepintió ante el juez y pidió perdón. Y con eso bastó.

  Se habla mucho de los maltratadores, pero se olvida a los de este tipo: los maltratadores de alto standing. Son tan malos como los peores porque su inteligencia, su sutileza y refinamiento lo utilizan como armas de castigo para machacar a los que conviven con ellos, y hay veces que una palabra, un acto, puede ser tan cruel, tan demoledor como una paliza.

Vampirizan a sus víctimas, les chupan sus valores, su autoestima, y si se descuidan, hasta les cambian sus creencias haciendo que pierdan su identidad .Estos no se manchan sus manos de sangre, aunque algunas veces hasta ahí pueden llegar y no acaban con la vida de sus mujeres,  pero matan directamente  sin ningún tipo de pudor  y con  alevosía su espíritu,  su alma,  su esencia más íntima, no ya como mujer, sino como persona.  Y lo mas triste y terrible de estos casos, es que ellos han sido “excelentes esposos y padres” y es tal su egolatría y narcisismo, que  no comprenden ni entienden de lo que se les esta acusando.

Publicado en el Mundo de Valladolid el 10 de Septiembre de 2003

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  1. Carlos Usín dice:

    Hace muchos años conocí a la amante de uno de esos grandes señores. Uno de esos que tenían un chiringuito financiero en el que sus clientes intentaban adecentar su dinero de procedencia inconfesable.
    Desconozco cómo era en la intimidad este señor, pero puedo atestiguar que a su amante la tenía esclavizada.
    Vivía pendiente del teléfono, de su peso (sólo comía alitas de pollo) y de no tener un sólo pelo, excepto en la cabeza. Si la llamaba por la mañana, la visitaba por la noche, pero ella debía estar como en la mili: de retén. Y muchas veces, al marcharse, como no tenía coche ni carné de conducir, era ella, su amante, la que le dejaba en la puerta de su casa en una lujosa urbanización del norte de Madrid.
    Luego, a la mañana siguiente, se veían en la oficina. Ella era su secretaria.
    En cierta ocasión él fue muy claro: “Mira, querida. Tengo 5 cinco hijos, un chalet, un perro, un jardinero y un montón de obligaciones económicas. Si me divorciara, me quedaría en calzoncillos. Así es que, no esperes otra cosa.”
    Es de imaginar el comportamiento en su casa, con sus 5 hijos, el perro, la esposa y los criados.
    También es de imaginar el comportamiento de su esposa que, probablemente, prefería disponer de un buen tren de vida y buscar fuera lo que no tenía dentro. Es comprensible.
    Desconozco el nivel de crueldad, pero con los datos que tengo, me sobran.

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