TENDENCIAS by Pedro Martínez de Lahidalga

La evolución biológica es parte del proceso de decaimiento que tiende a reducir el intervalo informacional entre las tendencias potenciales y las reales” (Murray Gell-Mann)

 Hace algunos años -cinco millones, mal contados- se produjo aquella primera sutil divergencia entre los monos antropomorfos (chimpancés al fin, anteriormente bifurcados de los gorilas o los orangutanes) y nuestro linaje humano, en ese largo y tortuoso proceso al que llamamos hominización. Hubieron de transcurrir otros pocos millones desde la aparición de aquél australopithecus vegetariano para, metidos ya en el Pleistoceno, reconocer entre aquellos primates homínidos un primer individuo asignable al género Homo: el omnívoro habilis, provisto el nota de una cabeza notable (por voluminosa) producto de su primitiva pero ya marcada cefalización craneal. Le seguirían un numeroso grupo de antepasados conocidos (ergasters, erectus…) a cual más cabezón, además de los incontables eslabones o, por mejor decir, ramales perdidos. Apenas hace un millón de años que nos topáramos con un antecessor caníbal capaz de conservar el fuego y menos de doscientos mil para darnos de bruces con nuestros parientes neanderthalensis, a los que sobrevivimos en exclusiva como sapiens para acabar caracterizándonos redundantemente -penúltimos milenios- como sapiens sapiens. Mucho nombre para unos “cabezas” mutados, dicho por lo bruto y sin anestesia, en lo que presumiblemente ya nos hayamos convertido: una plaga dispar de individuos sin “conciencia crítica de especie” (E. Carbonell) dispuestos en tribus con las que ir haciéndose sitio entre codazos por arramblar con los restos de un planeta exhausto.

 En definitiva, un largo y sinuoso camino en la evolución biológica por la supervivencia tras ese cúmulo de complejas casualidades que excluyen la idea de un linaje único y que más bien se explique como el azaroso fruto de un proceso arborescente en el que sus ramas -incluida la nuestra- terminan siendo indefectiblemente sustituidas, ello si antes no han resultado extintas. Fuera como fuese, parece lógico pensar que, desde aquellos monos que lograran ponerse de pies hasta acabar posándolos en la luna, hubieron de recorrerse no pocos ni sucintos pasos. Convendremos con el profesor Peter Gärdenfors en que la raíz de todo ese entramado ya se encontrara inherentemente arraigada en nuestra privativa y peculiar facultad de pensar, esa capacidad de abstracción tan compleja y desconcertante que entraña la interacción simultánea de procesos mentales diversos: atención, emoción, memoria, planificación, conciencia de uno mismo, alguna forma de libre albedrío… y, al final de esa escalada, la aptitud para emplear el lenguaje. Capacidades cognitivas todas ellas producto de una evolucionada cascada funcional: no podemos planear si no gozamos de un mundo interior; no cabe engañar sin ser capaces de planear; no lograremos tener conciencia de nosotros mismos si antes no hemos seducido al otro -a los otros- y, por fin, no podremos disfrutar de un lenguaje bien desarrollado sin tener conciencia previa de nuestra propia identidad.

 La azarosa evolución biológica, aun chapucera las más de las veces, pudo y supo aprovechar la generalización de esa cultura simbólica en el Paleolítico Superior para tener el detalle estético de no hacerlo a costa de seguir aumentándonos la molondra e, incluso, haya apuntado una leve pero elegante reducción en estos últimos -pongamos- treinta mil años. Tendencia que obliga a que la mejora de esas capacidades cognitivas que nos caracterizan como sapiens hayan quedado estrictamente vinculadas a cambios estructurales y funcionales asumidos en la propia evolución cerebral, ya sin la capacidad para confiar tal desarrollo al simple crecimiento de una chola que, con la broma, en poco más de un millón de años ya nos había multiplicado por tres la cavidad craneal respecto del resto de nuestros parientes primates. Así, el avance acelerado de ese universo simbólico hubo requerido al tiempo un perfeccionamiento de las competencias de aprendizaje y memoria, lo cual llevaría implícita una exponencial mejora de su organización funcional y anatómica, tanto como de su conectividad neuronal, la organización sináptica del hipocampo y todo eso… y en ello seguimos, procesando diariamente la inestimable media de sesenta mil pensamientos por cabeza ¡Quién lo diría!

 En todo tiempo y lugar el personal siempre se ha sentido concernido por lo que le deparará el futuro y, consecuentemente, hoy nos esforzamos en escudriñar la posible obsolescencia de este singular mono pensante, sumidos en el paradójico trance de sospechar fundadamente que pueda acabar muriendo de éxito. Mientras eso no ocurra la música no parará y, más allá de las fronteras de la ingeniería genética, incluso más allá de la clonación biológica que ya se atisba como más que posible en un horizonte cercano (éramos pocos y parió la abuela) lo que de verdad nos inquieta no es ya la referida y siempre controvertida manipulación biológica -dominios de la ciencia, al fin y al cabo- sino esa otra aún más perversa e imparable que padecemos mediante las innumerables formas de ingeniería social -dominios del poder y la gloria- que últimamente nos invaden a través del ciberespacio con el eco retumbando por los medios, lo que nos lleva a converger irremisiblemente en lo que podríamos llamar clonación social. Una invasiva reproducción en serie mucho más fácil y rápida de conseguir en una sociedad -al menos la nuestra- reconvertida desde hace algún tiempo en una guardería de adultos infantilizados, donde rige el principio sagrado de una incondicional y sumisa corrección sociopolítica, cuando no la complacida inercia de una cierta estupidez ambiente.

 Para el perspicaz, a más de lúcido, Michel Houellebecq esta querencia a la aceleración de unas mutaciones ya iniciadas antes de la famosa pandemia (algoritmos e IA, mensajes a la carta, control cibernético, ingeniería social y política, concentración del poder económico, teletrabajo, compras y multinegocios por Internet, reducción del contacto físico, primacía de la realidad virtual, euforia perpetua a los ojos de un móvil como prótesis corporal…) no nos conducirá, como ingenua o interesadamente nos quieren vender ciertos augures, a ningún mundo nuevo o soñado: será el mismo que ya estamos viviendo, pero peor. Me resisto -bien es verdad que con más voluntad que convencimiento- a acabar confesando que pienso como él, a la vez que mantengo la íntima sospecha de que nos encontramos inmersos, no en un cambio de época (un simple salto de la modernidad a la posmodernidad o a la hipermodernidad, tal que del románico al gótico) sino en el fin de una era (algo más parecido a lo que representó ese doble salto mortal y medio que fue el paso del paleolítico al neolítico). Para el caso, dando los primeros y primitivos pasos en la era digital mientras transitamos por entre este nuevo antropoceno geológico.

En alguna medida pareciera que nos estuviésemos acercando, en consonancia con el  devenir de todo sistema complejo adaptativo, al final de ese proceso de decaimiento en nuestra evolución biológica connaturalmente inclinado a reducir ese intervalo informacional entre las tendencias potenciales y las reales, tal como lo anunciara nuestro citado amigo y Nobel de física, Murray Gell-Mann. Chissà!

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