DEL HOMO VIDENS AL HOMO DIGITANS. MASTICADORESFOCUS Ana de Lacalle

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Con este artículo de Ana de Lacalle concluimos la serie sobre el futuro de la Identidad Humana (pero volveremos! -j re crivello

Las estrategias de persuasión y de conformación de la opinión pública han ido sofisticándose con el trascurso del tiempo. Como constató Giovanni Sartori (2002) un punto de inflexión clave lo constituyó la introducción generalizada de la televisión en los hogares:

“La televisión es ver desde lejos, es decir, llevar ante los ojos de un público de espectadores cosas que puedan ver en cualquier sitio, desde cualquier lugar y distancia. Y en la televisión el hecho de ver prevalece sobre el hecho de hablar, en el sentido de que la voz del medio, o de un hablante, es secundaria, está en función de la imagen, comenta la imagen. Y, como consecuencia, el telespectador es más un animal vidente que un animal simbólico. Para él las cosas representadas en imágenes cuentan y pesan más que las cosas dichas con la palabra. Y eso es un cambio radical de dirección, porque mientras la capacidad simbólica distancia al homo sapiens del animal, el hecho de ver lo acerca a sus capacidades ancestrales, al género al que pertenece la especie homo sapiens.” (Sartori, G. 2002)

Hoy nadie negaría —suponemos y esperamos— que esas imágenes comentadas no reflejan los hechos en sí, porque como ya nos advirtiera Hume no existen más que interpretados subjetivamente, y más tarde profundizaría Nietzsche en ello demoledoramente, sino que hay un sesgo de la imagen que se presenta utilizada casi como argumento incontestable de lo que el espectador está viendo. Es decir, la manera en que se nos presentan, se nos comunican los sucesos mediante la televisión están orientados a conformar una determinada opinión de ella.

Cierto es que lo audiovisual mediatiza, a partir de la aparición de la televisión, la percepción que tenemos del mundo, pero, y aquí Sartori quizás no detectó la importancia del decir que acompaña a la imagen, esta mediación no recae únicamente en la imagen que impacta a quien la ve, si no porque se nos da una secuencia ya interpretada del acontecer que absorbemos acríticamente. Es aquella creencia popular inconsciente de que lo que no dicen o comentan por televisión no ha sucedido.

Tras el impacto de este aparato que revolucionó incluso las relaciones familiares y los hábitos sociales hay toda una generación que creció a su amparo y que da lugar a lo que Sartori denomina el homo videns. Las repercusiones que tuvo en estas generaciones fueron sustanciales ya que configuró individuos que consumen la información a través de imágenes ya interpretadas, reforzando su pasividad y abandonando progresivamente el esfuerzo o la actitud activa que implica la lectura, en menoscabo de su mirada del mundo y su pereza mental. Se dice que la caída del hábito de la lectura como fuente de información y como forma de desarrollar el pensamiento libre y crítico se inicia con estas generaciones.

Mas, tras este campo abonado por la generalización de la televisión como tecnología que conforma la opinión pública sobre el mundo, aparece progresivamente una tecnología que cambiará de manera tan sustantiva o más la forma de vida de los ciudadanos: los ordenadores con programas destinados al uso indiscriminado y de acceso libre a internet.

De esta manera, nos hallamos ahora ante las generaciones digitalizadas, en cuanto han crecido en la era internet y su cultura es absolutamente la de las redes sociales. Aquí aparecen otras consecuencias negativas en relación con la educación de la capacidad de reflexión, análisis y crítica, sin la cual estamos totalmente a merced, de un flujo masivo de información veraz o falseado.

Las generaciones actuales están continuamente conectados a las redes sociales y a campan a sus anchas por la infinidad de páginas diversas que ofrece internet. Con el tiempo, obviamente, la cantidad de redes y de páginas ha crecido exponencialmente y las nuevas generaciones han crecido con un apéndice incrustado el teléfono móvil -que es un ordenador de mano- y el portátil.

Para que estas nuevas tecnologías se usen con criterio se han ido introduciendo en las escuelas, haciendo como siempre responsables a estas del uso que los niños y adolescentes hacen de ellas. En una sociedad en la que el individuo se ha convertido más en un consumidor que en un ciudadano, o un sujeto con enjundia, todo se ha convertido en objeto de consumo y la actitud que prevalece es la del cliente. Así las familias llevan a sus hijos a las escuelas para que los eduquen, dimitiendo por las condiciones de extrema presión socioeconómicas de su rol primario educativo. Mas, pretender que el desarrollo mental y crítico de las generaciones digitalizadas dependa exclusivamente de la escuela es dirigirnos al fracaso absoluto. Hay muchas horas en la que los chavales pasan en sus habitaciones haciendo un uso no tutelado de esas máquinas.

La dimisión familiar, no obstante, puede entenderse también como la impotencia e incapacidad de muchos adultos de manejarse ellos mismos en ese marasmo de información ya construida, y la falta de criterios para discernir a qué información darle credibilidad y a cuál no. Obviamente, la cuestión es ardua compleja porque nos disponemos de formas fiables que nos garanticen la veracidad de la dispar y contradictoria información que recibimos, y esto es importante, sin demandarla. Somos de alguna manera bombardeados y socavados por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación porque nos hallamos en una sociedad en la que su uso no es una opción. Nos vemos obligados a conectar nuestros cerebros continuamente a esas máquinas si no queremos pasar a engrosar la bolsa de los excluidos del sistema.

Lo más preocupante es que la estrategia urdida sutilmente consiste en generar una cultura de la desorientación, la confusión y el escepticismo, porque no hay mejor manera de provocar la inhibición del individuo, y por ende, obtener una masa desinformada y pasiva que no ose decantarse radicalmente por un sesgo informativo u otro. Y junto a este grupo hallamos los que se han sometido acríticamente, por afinidades más emocionales que racionales, a posiciones y cosmovisiones fanatizadas que intentan imponer su verdad como la verdad.

Simultáneamente el sistema educativo ha contribuido a la atomización del conocimiento, la especialización extrema, renunciando a dotar a las nuevas generaciones de una base cultural y de conocimiento que les permita posteriormente disponer de la capacidad de juicio y reflexión para formarse su propia visión del mundo, e identificar esas relaciones de poder transversales, en todo acontecer, que intentan someter nuestro pensamiento al servicio de intereses particulares para que estos obtengan un rédito mayor.

En este contexto, aparece una pandemia sin precedentes teniendo en cuenta el desarrollo científico-tecnológico del que estamos dotados, a causa de un virus de origen natural o artificial -algún día se sabrá- que ha aumentado el aislamiento social y la ruptura de las relaciones cuerpo a cuerpo desde hace ya un año, que ha generado para el regocijo de algunos, la práctica cada vez en ascenso del teletrabajo y las videollamadas como medio para comunicarnos los unos con los otros. Esta situación que se inicia con el año 2020 y que, ya casi nadie niega, que se alargará -y ojalá sea solo así- todo el año 2021, ha disparado las formas de control remotas de los ciudadanos y la manipulación de sus opiniones a través de la globalización económica, cultural y comunicativa.

El desarrollo científico-tecnológico debería estar primordialmente al servicio del bien común de las sociedades, pero la experiencia nos está demostrando que está sirviendo para agudizar la burocratización de las administraciones públicas, negar el acceso fácil a aquellos que no disponen de estas tecnologías, y principalmente a través de algoritmos que soy incapaz de explicar a proporcionarnos información sesgada en función de las consultas que cada uno hace a través de internet, reduciendo nuestro mundo, anulando nuestra capacidad de discernir porque ya nos proporcionan el contenido que nos mantienen estáticos en esa visión del mundo que se ha estimulado, y en definitiva haciendo efectiva una realidad que hemos visto tiene su punto de inflexión crucial con la aparición de la televisión, que la ciencia y la tecnología están al servicio de los poderes económicos cuya máscara acostumbra a ser el poder político y que el problema no es el progreso, sino como siempre la avaricia, el egoísmo y el ansia de enriquecerse de la minoría que, de facto, concentra el poder haciendo un uso denigrante de lo que podría constituir una tecnología al servicio del interés general.

BIBLIOGRAFÍA

Sartori, G. Homo videns. La sociedad teledirigida. Ed. Taurus, 2002

Hume, D. Investigaciones sobre el entendimiento humano, Alianza Editorial.

Nietzsche, F. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral y otros fragmentos de filosofía del conocimiento. Ed. Tecnos

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  1. Reblogueó esto en FILOSOFIA DEL RECONOCIMIENTOy comentado:

    Artículo de hoy en MASTICADORESFOCUS

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