La gran cosa esa de aquel entonces by Ricardo Martí Ruiz

     Fue como a eso de las cinco pm de un sábado cualquiera, con bróder Jimmy y los muchachos de la oficina regional, cuando por primera vez lo escuchamos: un sonido gutural inmenso, apabullante, que parecía venir del vientre de la tierra misma, como si la Cordillera Central tuviera indigestión. Duró por varios segundos que parecieron durar minutos hasta que finalmente cesó, dejándonos perplejos. Nadie había presenciado cosa igual. Pasamos un rato atónitos sin saber qué decir ni qué hacer; hasta que poco a poco el tiempo pasó, la cosa se normalizó y continuamos discutiendo el proyecto que teníamos en frente, que era urgente. Pero el maldito estruendo regresó fortalecido, como un intenso trueno subterráneo; de manera tan contundente que, cuando el silencio finalmente regresó, no pudimos volver a la normalidad. “Y sobre esto, ¿qué vamos a decir?” cuestionó un novato ahí a quien no he vuelto a ver, y su pregunta quedó en el aire. Todos seguimos laborando, o tratando, o por lo menos pretendiendo que tratábamos porque la calle está bien dura y esa es la que hay. Por suerte, pasado el octavo estruendo aterrante, a eso de las nueve pm, bróder Jimmy recibió una llamada oficial de alguien importante en algún lugar que dijo algo tan imperativo que tuvo que dejarnos ir a las casas.

  • Pero los quiero aquí mañana temprano –concluyó –haga lo que haga la tierra.
  • Mañana es domingo –dijo uno.
  • Lo sé, pero… pues los que quieran cogerlo suave pueden llegar a las diez –contestó, y nos fuimos sin protestar porque estábamos muy cansados. 

     De camino a casa esa noche, por la misma ruta de siempre, presencié algo inesperado que fue bien maravilloso, pero súper frustrante a la vez: a mi velocidad por la carretera, siempre a un metro delante de mí, un apagón fue desplazándose por la ciudad. Uno a uno, los semáforos, rótulos digitales, tiendas, postes y hogares, se desvanecieron en fila ante mis ojos, como peces espantados al verme llegar. Y, mientras es verdad que la experiencia tuvo sus méritos en términos artísticos, confieso que recé con fervor para que el apagón no alcanzara a mi vecindario, sin éxito, o para que por lo menos hubiera brisa en casa, que tampoco. Cuando llegué y vi que no tenía luz ni ventilación, me desvestí y me acosté a mirar el abanico de techo inmóvil encima de mí, maldiciéndolo. Cerca de la medianoche, una lluvia suave, casi un rocío, comenzó a descender sin prisa. Su aparición fue muy bienvenida porque el susurro que emitía serenaba bonito sobre mi techo. Ya iba pasando bajo el umbral del sueño, y creo que justo había entrado, cuando la lluvia casi rocío se tornó en tormenta terrorista, apabullando mojadamente la propiedad como piedras de agua y silbando por todas partes de manera cruel. Justo en el momento en que comencé a sentir los primeros indicios de ansiedad, para rematar, regresó el rugido escandaloso tronando desde las entrañas del suelo como percusionista fuera de sus cabales, convirtiendo mi comienzo de ansiedad en pánico maduro. Gradualmente, la lluvia y los rugidos incrementaron hasta que alcanzaron niveles sin adjetivos. Traté de llamar a la oficina central para reportar los incidentes, pero tenía la señal muerta.    

     A la mañana siguiente todo andaba mucho peor: el suelo crujía sin tregua, la lluvia era una artillería imparable de alfileres feroces y el cielo lucía de color endemoniado carbón enfangado con torbellinos tipo Van Gogh. Pero a pesar de las inclemencias y sus implicaciones todos pudimos llegar a tiempo a las oficinas donde trabajamos. Por lástima, sin embargo, nadie llegó particularmente temprano. “La verdad es que la gente en este país no respeta el trabajo”, gruñó como siempre el bróder, mientras llenaba la planta eléctrica del edificio con combustible diésel que guardaba en su carro. Seguía con la misma ropa del día anterior, todos nos dimos cuenta, pero no nos sorprendía. Sin decir ni los buenos días nos dispusimos a trabajar. Las labores del día se habían complicado bastante, claro, porque, además de los montones que ya teníamos, entró una orden directa del liderazgo para desarrollar estrategias que pudieran consolar, distraer o darle esperanza a la gente durante esta crisis climática. “Esto es tremenda oportunidad creativa”, comentó bróder Jimmy, pero nadie reaccionó.

     Como suele pasar, el reporte oficial que nos entregaron carecía de mucha información concreta. Indicaba solamente que habían sido identificados por toda la isla ciertos ruidos intensos que parecían emanar del suelo, y eran cada vez más frecuentes y duraderos. A la par, una tormenta apocalíptica se había desarrollado justo encima de nuestro suelo y parecía querer quedarse. Para colmo, el sistema eléctrico y las telecomunicaciones del país se encontraban en desarreglo sin explicación alguna. A causa de todo esto, el pueblo se encontraba muy consternado, y muchos ciudadanos reportaban tener un grado extremadamente alto de curiosidad en cuanto a la razón de ser de estas incidencias y las posibles consecuencias. Incluso, una buena porción de los entrevistados solicitó de manera firme saber qué medidas, si algunas, se pensaban implementar para remediar la situación. En otras palabras, había que actuar. 

  • Necesitaremos hacer muchos billboards –aseguró bróder Jimmy.
  • Sin duda –afirmó el director del departamento de estar de acuerdo.             

     Muchos ignoran esto, pero la opinión pública es un bien como cualquier otro, con valor en el mercado y todo eso. No todo el mundo la compra, pero los que lo hacen pagan fortunas por ella; y rara vez se arrepienten. Con el presupuesto adecuado, un buen experto puede ocasionar huelgas, causar revoluciones, pasar o detener leyes, rescribir el pasado, encarcelar gente, elegir candidatos, romper tratados, fijar dogmas, comenzar guerras o traer paz. Por lo general es un proceso bastante rutinario, si sabes cómo hacerlo, pero este caso fue muy distinto. Esta cosa era tan incordia que parecía inmanejable; y cada uno de los que participábamos en el proyecto, veteranos todos, quedamos totalmente frustrados para las cinco pm.

  • Es que no hay nada bueno que podamos decir –le explicamos a bróder Jimmy.
  • Es como vender malaria –dijo uno.
  • No podemos tapar el cielo con la mano –añadió otro.
  • El rugido es intolerable –siguieron.
  • El apagón es inaceptable.
  • La tormenta es inexplicable.
  • Es como si viniera el final del mundo. 
  • Esta mona no se puede vestir.

     Bróder Jimmy escuchó todas las quejas, excusas y refranes con cara de ‘yo tengo esto resuelto’, y una vez terminaron, contestó con el siguiente disparate:

  • ¿Y qué tal si decimos que estamos haciendo reparaciones?
  • ¿Reparaciones?
  • Bueno, una construcción. ¿Qué tal si decimos que estamos construyendo algo?    
  • ¿¡Bajo tierra!?
  • Claro.
  • ¿Para lograr qué?
  • No sé.  ¿Qué tal un parking? –dijo, y sonrió bien grande. –¿Qué tal si decimos que estamos construyendo un estacionamiento subterráneo, y que esa es la causa del rugido? 
  • ¿Y la tormenta?
  • Estamos rociando la tierra para cavar más fácilmente. 
  • ¿Y el apagón?
  • Problemas técnicos, pero pronto estará de vuelta. 
  • ¿Y cuando se enteren de la verdad?
  • No te preocupes. A la gente aquí no le interesa eso.

     Con esas palabras el suelo estalló y todo se fue a la mierda.

     Nunca he entendido por qué la gente grita durante los terremotos, ya que es inútil hacerlo, pero tengo que admitir que lo hice también cuando el momento llegó. Grité tan pronto me di cuenta de lo que pasaba, y cuando perdí el balance y caí al suelo, grité, como grité al ir tambaleándome hacia las escaleras de escape. Y gritando ignoré los gritos del bróder Jimmy –¡ ¡ ¡ N o   s e   v a y a n  q u e   t e n e m o s   d e a d l i i i i i n e ! ! ! –y me junté a la gritería cobarde que escapaba gritando, unidos por el mismo terror, descendiendo en manada, muchos llorando, algunos orando, otros empujando, todos corriendo y formando un grito continuo que reverberaba contra las paredes y regresaba gritando; y grité cuando vi una pared agrietarse frente a mis ojos; grité cuando se desprendieron los pasamanos de las paredes; grité cuando me cayeron trozos de cemento encima. También grité, como gritamos todos, cuando llegamos a la salida y confrontamos la intemperie; gritamos bajo la lluvia horizontal puntiaguda, entre el polvorín en la avenida, mirando los postes caer, la brea rajarse en dos pedazos y a la tierra tragándose los carros. Gritamos mientras corrimos en estampida empapada, huyendo de la ciudad, queriendo cerrar los ojos para no ver nada, pero viendo todo y gritando más. Lo hicimos hasta llegar a una colina despejada, donde pudimos gritar desde lejos y ver la ciudad desmoronarse. Al rato nos cansamos de gritar y lo presenciamos todo en silencio, bajo la lluvia, sobre el temblor. Traté de llamar para reportarme, pero nada.

     Resulta que no es tan difícil dormir en medio de un terremoto, bajo una tormenta y durante un apagón mientras estás incomunicado en una colina repleta de gente. No es lo que uno desearía, claro, pero no quedó de otra; más uno se va acostumbrando luego de un par de días, y las hamacas ayudan. Tampoco es tan complicado lavarse los dientes por la mañana: solo acomodas el cepillo en la boca y el temblor se encarga del resto. Caminar recto, con práctica, se logra también, y es fácil encontrar frutas frescas tiradas en el suelo porque se la pasan cayéndose de los árboles. En cuanto al aseo, es una inevitabilidad constante dada la tormenta, así que no hay que preocuparse. Llegamos a vivir casi dos mil personas en la colina, o El Monte, que era como le llamamos. Todos de repente indigentes, sin títulos ni propiedades ni salarios ni reuniones. Habíamos sido abogados, contables y muchas cosas más, pero ya no. Ahora éramos refugiados, sobrevivientes, víctimas. De vez en cuando salíamos en grupos pequeños para explorar el área cercana y buscar abastecimientos, pero lo más que encontrábamos eran malas noticias y reportes de destrucción. También pudimos rescatar a algunas personas, conseguir comida enlatada y semillas para un huerto que se desarrolló muy bien, varias gallinas y cerdos. Pero la gran mayoría del tiempo la gente simplemente se quedaba ahí, esperando a que el terremoto/tormenta/apagón terminara. Poco a poco la espera se convirtió en rutina, y en cierta medida, eso es hogar. Lo bueno del caso es que la colina era bastante adecuada. Tenía suelo firme y un bosquecito con muchos flamboyanes que proveían algo de cobijo de la lluvia y resistían el temblor sin problema gracias a su flexibilidad. También teníamos mangós por montones, muchas toronjas y algunos guineos. Eso nos proveyó de la estabilidad necesaria para implantar algunos sistemas rudimentarios que nos permitieron atender cositas básicas. A mí me asignaron el comité de ideas y soluciones, de donde salió el sistema de expediciones, la escuelita de todos y un área de entretenimiento que le decimos La Pradera.

     Un día, mirando al horizonte desde mi loma asignada, un punto negro tamaño mime comenzó a surgir desde la distancia. Poco a poco, pude identificar que era la figura de un chamaco bastante atlético que venía trotando hacia míAl rato llegó y sacó un retrato con el que me identificó. Me preguntó si trabajo en donde trabajo y le dije que sí. Me pidió el código secreto de la división y se lo di. Entonces me extendió la mano, me dijo que era un privilegio conocerme y me entregó una carta escrita a mano con firma del bróder Jimmy que contenía el siguiente mensaje: “En las oficinas centrales estamos súper bienTe esperamos mañana temprano”. Las oficinas centrales quedan en medio de la ciudad antigua, ubicada en un islote apartado de la isla mayor, que está conectado únicamente por un puente. Al ser así, no estaba sometido al temblor intenso del resto del país. Como resultado, todas las personas de suficiente importancia en la sociedad se estaban reubicando en la antigua ciudad; y por consecuente, en poco tiempo dejó de haber espacio disponible para los residentes que llevaban años viviendo ahí. Por eso, los estaban desalojando y trasladando a la isla grande bajo el pretexto de que hacía falta protegerlos de un posible tsunami. Todo esto y mucho más me contó el chamaco mientras íbamos al capitolio, riéndose, como si fuera algo divertido. Pero lo hacía con una indiferencia que parecía artificial, fingida, como si lo hiciera para mi deleite, como si pensara que tenía que hacerlo.

  • Lo del tsunami fue idea del bróder, jejeje –aguajeó.
  • Me lo imaginé.

     También nos cruzamos con varias comunidades similares a la nuestra, esparcidas por todas partes, algunas mayores y otras menores, pero todas igual de estropeadas, con quienes compartimos lamentos e ideas. Luego descubrimos un potrero de caballos realengos de donde sacamos dos yeguas mansas que pudimos montar. Así exploramos un área mayor: vimos las ruinas de Santurce, los restos de Río Piedras, lo que quedaba de Condado y lo que fue Miramar, antes de dirigirnos a la vieja ciudad. En este punto, el chamaco ya no fingía reírse. En la entrada del puente antiguo pusieron un rótulo grande, de esos de precaución, que prohibía el tránsito vehicular y avisaba a los peatones que cruzaban que lo hacían bajo su propio riesgo porque el puente estaba en condiciones precarias.  Le pregunté a un guardia con cara de ladrillo sobre el asunto y me miró mal. Le pregunté a otro y se hizo el sordo. Busqué un tercero y no lo encontré. O sea, que cruzamos bajo riesgo propio y no hubo problemas. Me sorprendió ver que la capital estaba casi intacta. El temblor ahí era una vibración nada más y la terrible tormenta torrencial, llovizna solamente. El sistema de energía eléctrica funcionaba de lo más bien, al igual que las telecomunicaciones, y todos los ciudadanos seguían sus vidas como si nada tan terrible estuviera pasando tan cerca. En este caso, la indiferencia me pareció genuina. Pero peor que la indiferencia sincera eran los billboards embusteros que estabanrepartidos por todas partes, anunciando el nuevo estacionamiento subterráneo que dizque se estaba construyendo en la isla mayor, con mensajes charros tales como ¡Disculpen los inconvenientes que estamos construyendo el futuro! y cosas de esas. Estos me hicieron acelerar el paso. Tan pronto entramos a las oficinas centrales y vi a bróder Jimmy, fui de inmediato hacia donde él, procurando que no me viera. Una vez ahí, impulsado por alguna fuerza que me sobrellevaba, no necesariamente divina, me paré ante él y le di la más excelente patada que jamás había propinado en mi vida, justo en el centro de donde más se merecía, haciéndolo caer al piso, no sé por cuánto tiempo. Entonces me fui corriendo. Corrí más rápido de lo que sabía que podía correr, pero mi inspiración no era miedo. O, mejor dicho, no era miedo a ser arrestado. La verdadera causa era una sensación extraña que me invadió de golpe, como una premonición, que me indicaba que algo estaba pasando en la isla mayor. Y fue con buen motivo.

      Cuando llegué al puente antiguo, noté que la isla grande no estaba al otro lado. En esencia, el puente se había convertido en un trampolín gigante: mientras un lado salía de la isleta, el otro lado flotaba sobre el mar. Miré a los policías batatos parados ahí como si nada y decidí correr hasta la punta del puente para ver qué veía. Desde ahí pude apreciar, desde lejitos, a la isla grande alejarse. Se veía borroso, pero ahí estaba. Se estaba escapando. Desesperado, salté del puente y comencé a nadar hacia ella, sin pensar que estaría viviendo mucho más cómodo en la isleta; sin recordar que no nado muy bien; sin considerar que podría buscar un bote; sin saber a qué velocidad se alejaba; y sin contemplar las condiciones marítimas. Nadé ineficientemente. Me desvié sin darme cuenta. Tragué agua. Traté de regresar, pero no veía tierra. Me desorienté. Me fatigué. Me perdí. Me rendí. Me dejé llevar… Al recuperar conciencia lo primero que sentí fue el sabor de amoniaco y sal en mis fosas nasales, más un dolor de cabeza leve. Entonces noté que ya no había temblor ni lluvia y que el cielo se había despejado, y vi dos ojos marrones en la cara de una señora tan cachetona que me sacó una sonrisa. La señora me preguntó si sabía en dónde vivía y contesté que sí, que vivía en la región norte del Gran Territorio Dependiente de Puerto Rico. Luego, me preguntó qué año era, y le dije sin problema que era el año 33 luego de la Guerra Final. Pero entonces me preguntó mi nombre completo y la verdad es que no sabía. La verdad es que nunca había tenido nombre, ni pasado, ni familia. Nunca había sabido nada de mí, excepto que pertenezco a la agencia.

  • Mi jefe me dice muchacho –contesté.

     La isla grande ya no tiembla, como dije.  Ahora flota tranquilamente por el Océano Atlántico. Resulta que se desprendió de su base en el Caribe y se fue flotando por ahí. El temblor y los rugidos fueron a causa de eso. La tormenta torrencial, casualidad. El apagón, ineptitud. Ahora estamos reconstruyendo nuestra sociedad de manera primitiva, adrede, sin relojes ni edificios ni compañías de opinión pública; en convenio con la naturaleza que nos suple toda necesidad. Queremos construir una vela gigante y localizarla en Jayuya para navegar más velozmente y con cierta dirección. De timón, pensamos usar una estatua gigante de Cristóbal Colón que nos regaló Rusia. La tiraremos en la costa de Fajardo. Si todo nos sale bien, podremos definir nuestro rumbo y determinar nuestro destino. Conociendo a mi gente, la primera parada será Disney.

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