Titulaciones by Nacho Valdés

El poder encuentra sus cualidades fundamentales en el control sobre aquel territorio en el que se reconoce. Su vertiente coactiva resulta inútil ante una entidad con una mayor cantidad de recursos o fuerza. Verbigracia, la sentimentalidad no hace mella en las personas frías y carentes de emoción o, por poner otro ejemplo, la religiosidad únicamente puede manejar su influencia entre el conjunto de acólitos de una determinada confesión. Esta entidad, tal y como explica Bertrand Russell en El poder, se muestra fraccionada y compartimentada dividiendo la posibilidad de su influjo a las parcelas en las que tiene ascendencia.

La partición es, de esta manera, una de las cualidades de este elemento inserto en todos los niveles de la realidad. Aun así, también supone una característica básica el hecho de que el poder intenta rebasar sus límites para imponerse en otros nichos ajenos a su origen primitivo. Esta es la forma en que procura su expansión para llegar más allá de los límites que le son propios. De manera adicional, esta reproducción de su propia naturaleza, como si de un virus se tratase, también permite su subsistencia dado que, cuanto más se agiganta más posibilidades tiene de perpetuarse y mantenerse. Un ejemplo claro lo vemos en nuestra organización social, en como nuestras instituciones, individuos y demás componentes de la arquitectura comunitaria rebosan su ámbito para ir a caer más allá de sus fronteras. La jurisdicción ejercida por cada cual siempre resulta insuficiente. Es lo que sucede con los niños o los adolescentes, siempre tantean para rebasar los términos impuestos con el fin de conseguir sus objetivos particulares. Lo habitual es que la moral imperante ponga a cada cual en su lugar y terminemos por contentarnos con el mínimo fragmento con el que contamos de manera originaria. Pero, de manera evidente, siempre se mantendrá la intención de ir más lejos.

Existen supuestos de peligrosas concentraciones de poder. A saber, con el caso de Donald Trump hemos podido comprobar como el nicho económico y el político se fusionaban para exceder los diques diseñados para evitar derivas contrarias al interés común. El caso no podría resultar más ilustrativo, pues el legado del cuadragésimo quinto presidente norteamericano ha sido la polarización, el odio y la desintegración de la unidad nacional norteamericana. Él, como si la cosa no fuese consigo, ha vuelto tranquilamente a sus negocios mientras otros tendrán que afanarse en recuperar el orden. Deja a su paso un país dividido, unas instituciones erosionadas y profundas dudas sobre la viabilidad de la primera potencia mundial. Habrá que ver cómo se las ingenian los herederos de esta calamidad para que las aguas vuelvan a su cauce original.

Aquí también contamos con ejemplos vulgares y zafios que muestran como el dominio procura siempre establecer sus términos un paso más allá de donde le corresponde. Para muestra un botón, ahora que estamos insertos en la vacunación de la población hemos podido comprobar como autoridades de todo pelaje y condición han roto los presupuestos comunes para agenciarse una ventaja derivada de su situación privilegiada. Si Berlanga estuviese entre nosotros probablemente estaría frotándose las manos con la idea de un nuevo guion. Todos los casos resultan censurables, pues estamos jugando con la salud colectiva y, en estos primeros compases, con la de colectivos vulnerables o fundamentales. Con todo, resulta especialmente reprobable los casos de los políticos insertos en esta dinámica debido a su condición de servidores públicos. Nos encontramos, por tanto, ante una doble traición: hacia la población y hacia la palabra embargada. Una verdadera lástima.

Con todo, existen muestras más sangrantes y estúpidas. Por ejemplo, la situación bochornosa de la que estamos siendo testigos en el caso Máster. Aquí se deja ver la superioridad y el desdén con las que los instalados en el poder se conducen por los terrenos comunes. Lo mismo se gestionan los recortes en sectores fundamentales como la educación o la sanidad que se sustraen unas cremas en un supermercado. Resulta diáfano el abandono de cualquier consideración para con la comunidad o las responsabilidades cívicas. Esto resulta aún más llamativo en el caso de una política que había llegado hasta una de las cumbres de la política nacional: la presidencia de la Comunidad de Madrid. Resulta increíble una caída tan esperpéntica como la de esta exdirigente que ahora se sienta en el banquillo de los acusados; quizás en este punto habría material para un largometraje de José Luis Cuerda.

No obstante, y con independencia de las políticas defendidas por cada grupo político o de los pecadillos cleptómanos del pasado, esta situación hace ostentación de la voracidad de ciertas autoridades instaladas en nuestro entorno. Se trata del saqueo de lo intangible, de lo etéreo y del patrimonio cultural de todos nosotros. ¿Qué sentido puede tener la falsificación de una titulación para una mujer que ha alcanzado la cima de su trayectoria? ¿Para qué seguir inflando un currículo ya de por sí hipertrofiado? La explicación es sencilla: porque podía hacerlo. Ni más ni menos.

La coacción a los empleados públicos, el uso de nuestras instituciones educativas como si se tratasen de un cortijo particular o la altivez de asumir una titulación falsa y de manera fraudulenta, no son más que indicativos de las posibilidades derivadas de la concentración de autoridad que se produce en ciertos puestos. Esta prepotencia incluso persigue la abstracción del conocimiento y pocas cosas pueden resultar más ridículas. Un conocimiento que no existe, un título y unas actas falsificadas, unos empleados públicos coaccionados, ¿y todo esto para qué? Para absolutamente nada, pues si seguimos escarbando es precisamente lo que encontraremos: el vacío más absoluto. Este es el poder en su forma más esencial: prepotencia y arbitrariedad.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Carlos Usín dice:

    La titulitis es el resultado de una frenética actividad de las empresas, casi neurótica, por exigir títulos y másters, por encima de la valía real del candidato. Ha sido tal el ansia desaforada durante décadas, que al final ha traído consigo otro pecado: el de conseguir a cualquier precio un título o un máster. Porque se ha transmitido a la sociedad que quien lo ostenta, disfruta de un mayor prestigio, de mejores condiciones laborales y de más sueldo. Al margen de lo que valga o no el candidato.
    Y así, podemos tener a un filósofo (que es algo que parece que impresiona mucho y es elegante) al frente de un Ministerio de Sanidad. O a un presidente de Gobierno que a base de copiar y pegar y colocar en el tribunal a sus colegas, obtiene un máster.
    Esto es la consecuencia de enfocar mal el asunto, porque esos mismos que rinden pleitesía a los titulados, son los mismos que cuando cumples 40 años te miran mal y no paran hasta que te vas de la empresa o directamente, no te contratan.

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  2. Totalmente de acuerdo, la inflación en el terreno de las titulaciones ha llegado a terrenos sombríos. Y lo que es peor: se resta el valor cultural que supuestamente debiera prevalecer en la formación.
    Saludos cordiales y gracias por la aportación.

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