ESPEJOS by Pedro Martínez de Lahidalga

Cuando un mono se mira al espejo, ve un mono. En eso son superiores a los humanos”    (Jean Cocteau)

El mismo Jean Cocteau que en su película sobre el mito de Orfeo (Orphée, 1950) el ángel guardián Heurtebise (amor y salvación al mismo tiempo) revela el misterio anunciando que los espejos “son las puertas por las que la muerte va y viene. Mira toda la vida en un espejo y verás la muerte trabajar como las abejas en una colmena”. Nos enfrenta así a la realidad de lo humano y su finitud: la imagen de la muerte trabajando. Del mismo modo que el cine, el espejo refleja lo que no se ve, devolviéndonos una realidad latente y oculta.

Como soy humano, aunque en el alias del blog transmute en mono, recuerdo haber experimentado en distintos momentos de mi vida un cierto desasosiego ante al espejo, una inquietud afín a la que provocaba en mi pubertad el semanal enfrentamiento ante el confesionario en la capilla del colegio. Cabría interpretar que nos encontramos ante vivencias que esconden un mismo resquemor interno (el ser extraño o ajeno al propio yo rebotado) y que, a su vez, comparten un análogo abanico de reacciones posibles: la aceptación, la huida o la máscara.

Llega a resultar inquietante el pensar que un reflejo con sólo dos dimensiones espaciales -ancho y largo- pueda ser capaz de devolvernos una imagen con más información que la original en tres, estando como estamos al menos en cuatro (contando el tiempo). Digo “al menos” a la manera de Einstein en su teoría de la relatividad, porque en la física teórica actual se están abriendo paso hipótesis en la búsqueda de nuevas teorías unificadas o teorías del todo que apuntan a un nuevo paradigma: la famosa teoría de supercuerdas (esquema que modela las partículas y campos físicos como vibraciones de delgadas cuerdas supersimétricas) o la teoría-M (un intento de unificar las cinco teorías de supercuerdas) que requieren, cuando menos, de diez dimensiones.

Teorías al margen, un buen día vas paseando por la calle y te sorprendes caminando frente a la luna de una panadería que refleja al desconocido que eres tú, miras de reojo y te afanas en sentir que esa imagen aún es aceptable; no obstante, al paso por el siguiente escaparate percibes con desánimo a un individuo corriente tirando a gordo, en otro descubres una cojera incipiente que te hace sentir un ser derrotado, así que frente a la mercería te esfuerzas por presentar la tripa metida y al entrar en el portal de tu casa directamente yergues la espalda simulando una juventud perdida.

Es ésta una forma de auto-contemplación, desde una perspectiva general, que contiene una mirada global, la más social, en la que tendemos a ser mucho más exigentes nosotros mismos que los demás lo son hacia nosotros. No hace falta haber llegado a la catoptrofobia u otros estados patológicos de fobia a los espejos para vivir situaciones en las que nos sorprendemos actuando de forma esquiva mediante reacciones, si no de huída, sí evasivas o de un cierto autoengaño. Todos los espejos (sin necesidad de contener alabeos en su superficie) son de alguna forma distorsionantes, como resultado de la propia deformación subjetiva que cada cual realiza de la imagen que recibe.

Cuando Jep Gambardella, el protagonista de la película “La gran belleza” (La grande bellezza. Paolo Sorrentino, 2013) al que le llega la inspiración en el tiempo en que ya creía que jamás iba a encontrarla, expresa su pensamiento de que “lo más importante de lo que me di cuenta al cumplir 65 años es que no puedo perder más el tiempo haciendo cosas que no quiero hacer”, está revelando una reflexión que le llevará en lo sucesivo a evitar dar lecciones de moral, a no engañarse y a mostrarse honesto consigo mismo. Yo, como discípulo de ese movimiento, estoy siguiendo su mandato al pie de la letra como el que realiza un tratamiento, un plan de belleza interior que, unido a mis sesiones de gimnasio, han motivado que los espejos de la casa vengan reflejando últimamente una cierta perplejidad.

Llevo por todo ello algún tiempo reconciliado con mi imagen, así que esta mañana después de afeitarme me he pasado un buen rato mirándome fijamente ante el espejo del baño pensando quién es el que me está observando al otro lado y, extrañamente, no he experimentado vértigo alguno de identidad. Aunque no se pueda decir que sea guapo, tengo los ojos verde mar en cuyo fondo aún brillan con mucha luz los posos de felicidad que me dejó la niñez y en el interior de las pupilas chispean los sueños irrealizados de mi primera juventud, residuos de viejos ideales que mantienen relucientes sus reflejos por el sólo hecho de haberlos soñado que hacen que el espejo amigo me devuelva un aspecto rejuvenecido y jovial de mi propia imagen.

Barrunto que ésta es una de esas ocasiones que no debo dejar escapar, hay que aprovechar esta oportunidad que puede ser la última; ya no es sólo que los espejos hablen por sí mismos, sino que incluso hagan posible que su opinión prevalezca por encima de la del propio sujeto. Por este motivo me adhiero sin condiciones a lo que cáusticamente expresaba de sí mismo Mauricio Garcés, un galán mexicano de los años sesenta: “Yo no soy presumido ¿pero de qué sirve mi humilde opinión frente a la de los espejos?”.

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