Defensa de la caballerosidad by Jaime Nubiola

Nos sumamos a esta sugerente invitación de Jaime -j re crivello

Cartas desde Pamplona

         Hace varios años, Carmen Escolano —una valiosa estudiante de Farmacia en mi Universidad, con afición por la escritura— me animó a que algún día escribiera sobre la caballerosidad, pues estaba harta —según decía— de los chicos que confundían la caballerosidad con la galantería o incluso el cortejo. Me explicaba Carmen que un caballero de verdad no está marcado por el interés sexual, sino que, más bien, como el Quijote es un «desfacedor de entuertos», que socorre a las viudas, a los desvalidos y a todos los que tengan alguna necesidad. Ella pensaba que los chicos debían ser educados en la caballerosidad, pues tantas veces están ensimismados en su egoísmo y no se preocupan de los demás.

         No escribí entonces sobre este tema, pero tomé nota de su sugerencia y pienso que ahora ha llegado el momento, pues hace unos pocos días me tropecé con un rotundo aforismo de mi admirado Enrique García-Máiquez en su reciente libro Un vaso medio lleno (Ediciones More, Madrid, 2020, p. 97): «El mejor antídoto del machismo no es la repulsa de la virilidad, sino su exacerbación: la caballerosidad».

         Esta contundente sentencia trajo a mi memoria la petición de aquella antigua alumna y también un suceso anecdótico, pero quizá significativo, que me había pasado hace algún tiempo en la Plaza de la Libertad en la que vivo. Iba yo a cruzar la calle por entre dos coches aparcados y coincidió que enfrente de mí, pero un poco más retrasada, iba a cruzar también la calle por entre aquellos dos coches una mujer joven con una maleta en la mano. Me detuve para dejarla pasar y quizá le hice un gesto con la mano derecha como cediéndole el paso. Ella se adelantó y cruzó, pero volvió el rostro y me espetó: «¡Machista!». Como es lógico, no dije nada, quizá sonreí, pero me quedé pensando en que hay algo de locura social en reacciones como esta, pues, con toda seguridad, yo también habría dejado pasar delante a un hombre con una maleta en aquel lugar estrecho. No era una situación marcada sexualmente, sino más bien una deferencia hacia otro ser humano en una situación un poco más apurada de lo normal.

         En mis paseos en fin de semana por el hermoso nuevo barrio del Soto de Lezkairu paso siempre junto a la reciente Plaza de la Igualdad, con el rótulo en castellano y en euskera, que lleva una explicación: «por la igualdad entre hombres y mujeres». Siempre me deja un tanto perplejo el letrero, pues se trata de una plaza con algunas instalaciones deportivas, con bancos, con una fuente y a lo largo y ancho de ella se distribuyen los diversos grupos familiares, con los niños, sus mascotas, los patinetes; incluso hay al lado un campo de fútbol en el que casi siempre hay chicos jugando apasionadamente. Todo el conjunto forma una amable algarabía, particularmente gozosa en los días que sale el sol en Pamplona. Mi perplejidad ante el letrero nace de que la realidad a su alrededor muestra precisamente la diversidad social: varones y mujeres, niñas y niños, en todas sus edades y actividades lúdicas muestran con claridad que no son iguales. Me digo a mí mismo que la igualdad que proclama la denominación de la plaza será la igualdad ante la ley, en el acceso a la función pública, en la retribución y en tantas otras cosas que durante siglos les han sido negadas a las mujeres por parte de los hombres que ocupaban el poder. Al ver a los hombres en la plaza implicados en la atención de sus hijos con los patinetes, las lágrimas ocasionales y todo su entorno, pienso también que el nombre de la plaza es una invitación o un recordatorio de su deber de implicarse en la atención familiar.

         Parece que me he ido por las ramas, pero no es así. Sostener que varones y mujeres somos diferentes es una obviedad, pero defender que el mejor antídoto contra el machismo de tantos hombres es su educación en la caballerosidad es —me parece a mí— acertar con una tecla que hasta ahora apenas se ha pulsado.

         John Henry Newman en su discurso 8 de La idea de una Universidad describe las características del gentleman, que vendría a ser el equivalente inglés del “caballero”. Solo transcribo su primera afirmación: «De ahí que sea casi una definición de caballero decir que es alguien que nunca inflige dolor. Esta descripción es refinada y, en la medida de lo posible, precisa». Un caballero «nunca inflige dolor»: aquí queda desarticulada toda la penosa violencia machista que a tantas y a tantos aflige en estos días.

         En síntesis, educar a los jóvenes para caballeros no es enseñarles a dejar pasar a las mujeres delante o a cederles el asiento en el autobús, sino que es enseñarles a relacionarse amablemente con todos, sin violencia de ningún tipo, sin marcar sexualmente las relaciones: es enseñarles a ser nuevos Quijotes en el siglo XXI. Me parece que merece la pena intentarlo.

Pamplona, 6 de febrero 2021

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Garceslogía dice:

    Loables actitudes encierra la caballerosidad, incluso hoy en día muchas mujeres participan de ellas…un cordial saludo!

    Le gusta a 2 personas

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