SEXO by Pedro Martínez de Lahidalga

 “Somos el sexo y muy poco más” (Anónimo)

 Más que al sexo en sí (simple anécdota del dimorfismo sexual-genital) me quiero referir aquí a eso que antes se llamaba la cosa sexual, en acertada expresión a la vez ecuménica e irónica que el subconsciente colectivo lo concernía a cualesquiera de las estrellas, planetas, polvo cósmico, materia o energía oscura que permaneciese en el área de influencia de la constelación Sexo. Un suponer, te encontrabas con el compañero de la residencia universitaria y, al poco del saludo, ya cabía establecer una charla de este tenor: ¿qué, y tu cómo llevas la cosa sexual? a lo que, ante tamaña pregunta de sideral magnitud, la conversación lo mismo podía derivar en apreciaciones relativas al último ligue de discoteca, en algún comentario machista más o menos falocrático o bien, girar hacia una confesión íntima sobre ciertos aspectos amorosos desvelados en la última carta a la novia del pueblo. Eran unos tiempos en los que la mayoría de nosotros “vivía amancebado con su mano” (Quevedo), pero de eso no se hablaba.

 Cuando entonces a mí me atraían fatalmente esas novias líricas y bellas, de una feminidad algo retro al servicio, sin ellas ni yo sospecharlo todavía, de lo que luego Masters y Johnson definirían como relaciones sexuales codificadas, dentro de un orden sexual orgásmico (o sea, machista). Mi procedimiento de conquista incluía el ardid de intentar epatarlas mediante pertinentes visitas a la filmoteca (ciclos de cine polaco subtitulado: Andrzej Wajda, Krzysztof Kieslowski… y por ahí) en donde, aún apreciando su meritorio esfuerzo por disimularlo, ya notaba yo que se aburrían soberanamente, por lo que mi coartada cultural no terminaba de funcionar. Rendido a la evidencia, me pasé con armas y bagajes a los cineclubs e invitaba a mis ocasionales ligues a ver ese nuevo cine puro de la Nouvelle Vague, aquellas películas habladas en ese francés tan sensual por esas francesas tan sensuales, que mis acompañantes no entendían (eran de las primeras generaciones que venían con el inglés puesto), pero eso era lo de menos. Yo sí lo comprendía, aún recuerdo a Frédéric (Bernard Verley) en “L‘Amour l’après-midi” (uno de esos ejercicios de geometría amorosa indagando en los sentimientos de esa forma tan fascinante a la que nos había malacostumbrado Eric Rohmer) susurrándole a un primer plano de la bellísima e inquietante Chloé (Danièle Ciarlet): “Ta beauté m’intimide” y, al poco, percibir cómo la jai que me acompañaba reaccionaba acurrucándose contra mí en la butaca y, aún sin mediar palabra, ya advertía que me estaba intentando decir que no me intimidara con ella, que yo también le gustaba, que no le importaba que no fuera tan guapo como Frédéric y que ella nunca se había sentido atraída por chulitos de discoteca. Era el primer chico que conocían que, en lugar de llevarlas a bailar las llevaba a hacer aquellos ejercicios espirituales, una experiencia que generaba en pareja tan reciente un acercamiento mucho más íntimo y profundo que los punzantes fogonazos de cuerpos encendidos que les habría producido un baile muy agarrado (eso ya vendría después, pensaba yo).

 Por ese mismo tiempo, tanto en la propia filmoteca como por los llamados cineclubs, pululaba una nueva condición de jóvenes e inteligentes mujeres (las primeras progres que yo conocía) por las que, en general, llegué a sentir una atracción marcadamente intelectual más que física. No obstante, mi amistad con alguna de ellas me permitió ponerme al día al respective, así que no tuve más remedio que releer a Freud, para luego seguir con los estructuralistas e ir pasando por los referidos M&J, Reich o Hite, hasta llegar a El nuevo desorden amoroso, ese ensayo de sociología irónica de Bruckner y Finkielkraut que desmontaba todos los anteriores y que, a la postre y por pasiva, terminaría ordenando mi desordenada vida amorosa. Era una teoría que me corroboraba en lo atinado de mis escarceos líricos, pues venía a demostrar que, paradójicamente, en el encuentro -fugaz- es donde se da el coito más codificado -matrimonial-, empero la relación -el conocimiento- es la que nos abre la posibilidad de destruir ese orden sexual predispuesto (esa relación sexual codificada) y donde cabe inventarse una nueva sexualidad, osease: el amor como forma de desordenar el orden sexual preestablecido, ahí es nada. Luego supe de la existencia de la Histoire de la sexualité, 1. La volonté de savoir de M. Foucault (publicado en 1976 y traducido al español dos años después, en los albores de la posmodernidad) y la influencia que tuvo en toda la movida post-estructuralista, una especie de análisis antropológico de la sexualidad al que no llegué a prestarle atención alguna, yo ya iba por libre o, por decirlo a la manera de la época, me sentía liberado.

 Así, gracias a mis maravillosas emancipadas, de una tacada había pasado de ser o parecer un cateto reprimido lleno de prejuicios a creerme poco menos que un erudito de la causa, aunque a mí me seguían gustando las mismas cosas y me lo montaba de forma parecida, quizás algo más suelto, más a lo loco, por un decir. Aquel paleto ingenuo y provinciano se había aggiornado aceleradamente aunque, en rigor, tampoco podía decirse que viniera de caerme de un guindo, pues ya en el pueblo había apuntado inquietudes (precedentes de esta nueva licenciatura o cursillo intensivo) y venía intuido de algo que luego me lo llegaría a confirmar el propio Shopenhauer: que el instinto sexual no es nada más (y nada menos, añado) que la voluntad absoluta de vivir, por lo que deduje que era difícil imaginar mayor aberración sexual o por decir tamaño contradiós, que la castidad. Este, digamos, principio natural me lo traía maliciado yo de casa, ahora bien, visto y vivido siempre desde la esfera estrictamente privada (o sea, ingenua), sin haberme parado nunca a pensar en las poderosas influencias externas que lo rodean, en sus incontables derivadas sociales y, por lo tanto políticas, que lo enmascaran hasta dejarlo prácticamente irreconocible (eso tan descorazonador de Wilde de que “todo en la vida es sexo, menos el sexo: el sexo es poder”). En definitiva, de todo aquello que constituye o concierne a su complejo desarrollo comunitario: los modelos de comportamiento sexual en nuestra sociedad, el nuevo feminismo y los signos del goce, la recalcitrante y perversa relación del sexo con el consumo o con el poder… en fin, ese ámbito público de la sexualidad por el que nunca me había interesado y del que hubo, hay y habrá mucha tela por cortar. Pero todo ello lo entendí o, como se dice ahora, lo interioricé siglos después, o sea anteayer.

 Al repensar todo esto he sentido un cierto desfase intelectual si no físico, la sensación de que el tiempo (mi tiempo propio) se hubiese acelerado debido a la dilatación gravitacional, una mezcla de fenómeno de la relatividad einsteiniana y síndrome de los husos horarios (un jet lag muy parecido a como lo explicara García Márquez: “Después de un largo viaje nos sentimos mal porque mientras nuestro cuerpo viaja en avión el alma lo hace a paso de burra”). Así, me obligo a esperar pacientemente a que mi alma llegue a su destino antes de ponerme a meditar sobre ello, para poder responder honestamente a todas las preocupantes cuestiones que lo circundan: el significado de la sexualidad en nuestra sociedad posmoderna, las bases antropológicas en la que se insertan sus diferencias, los cambios habidos en los comportamientos debido a la globalización, los nuevos o emergentes modelos de género surgidos o resurgidos, la vuelta de tuerca socio-política dada por el nuevo feminismo y la reciente introducción del género en el conflicto social, la banalización y el subsiguiente uso del sexo como un producto más de consumo, su perversa relación con todo tipo de poder… y por ahí todo seguido.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s