EL SUICIDIO: PROBLEMA AÑEJO Y TABÚ PERSISTENTE. Ana de Lacalle

¿Cómo se explica que, a pesar de tantos anatemas, el hombre se mate? Es que la sangre no corre de la misma manera por las venas de las personas desesperadas que en la sangre de los seres fríos, que se entregan durante su tiempo libre a proferir razonamientos estériles. El hombre es un misterio para el hombre; solo sabe censurarlo, pero no lo conoce. (…)

(…) ¿Qué significa, en efecto, una sociedad en la cual encontramos la más profunda soledad en el seno de millones de almas; en la cual se puede ser poseído por el deseo indomable de matarse, ¿sin que nadie lo pueda prever? Esta Sociedad no es en realidad una Sociedad; es, como dice Rousseau, un desierto poblado de animales salvajes. (…)[1]

El fragmento mostrado podría haber sido escrito por un contemporáneo, ya que preguntándose por qué los humanos se suicidan alude al desconocimiento que tenemos de lo que implica ser humano, así como a una serie de factores sociales y de forma de vida que lleva a muchos de ellos a la desesperación en silencio, provocada por la soledad más incisiva. Curiosamente, el texto es una traducción que Karl Marx realizó de una obra de Jacques Peuchet titulada “Sobre el suicidio”, eso sí, parece ser que una traducción tan libre que eliminó párrafos y añadió otros, con lo que el resultado es un escrito del propio Marx en base a la lectura del texto de Peuchet.

Leyendo este fragmento, podíamos habérselo atribuido a cualquier sociólogo, psicólogo o filósofo actual teniendo en cuenta que el suicidio parece seguir siendo un tabú, objeto de vergüenza y autodesprecio para las personas que convivían o compartían la vida con el supuesto suicida. La razón que se aduce, a menudo, por la que es un tema que hay que acallar y silenciar, es para evitar el “efecto Werther”, es decir, que se produzca un aumento por imitación y estimulación del fenómeno como se dice que provocó la famosa obra de Goethe en su tiempo. No obstante, la mayoría de las especialistas, hoy, consideran que el suicidio es un problema social de primer orden —constituyen la primera causa de muerte no natural por encima de los accidentes de tráfico[2]— que hay que abordar, pero huyendo de la morbosidad con la que podría ser tratado. El objetivo es la prevención y, por ello, es una cuestión que debe ser tratada desde una perspectiva precisa y rigurosa para concienciarnos a todos, pero sin dar salida material a la ideación suicida que muchas personas padecen.[3]

La segunda parte del fragmento seleccionado explicita la profunda soledad en la que se hunden muchas almas. Y este hecho, que ya destacaba en las primeras fases de la industrialización, es una de las consecuencias de las sociedades más desarrolladas: el número de personas que viven solas, y no solo se sienten solas, sino que lo están, crece progresivamente sobre todo en desterminadas capas sociales. El individualismo que se precisa para soportar la carrera de fondo producción-consumo, nos acaba dejando aislados por falta de tiempo para relacionarnos y porque degrada las relaciones humanas.

Así la soledad es un problema, nos referimos a esa que sobreviene sin que uno la elija, que no es ajena a la cuestión del suicidio: en definitiva sea por desesperación económica, problemas familiares o de relaciones, la persona que se quita la vida se siente en un hoyo, mientras ve que nadie se apercibe y, por ende, se agudiza esa soledad que tal vez lleva a creer que la ausencia de uno no será “notada” por nadie, que quedará diluido y rápidamente olvidado sin que eso suponga un suceso significativo para los otros.

En síntesis, algo hay en los inicios del auge del capitalismo y en su culminación actual, a la que por dinámica propia se le exige cierta reconversión, que establece el humus de un contexto socioeconómico y cultural proclive al desamparo y la exclusión de personas que acaban suicidándose por sentirse atrapadas en un sufrimiento baldío. Todas las clases sociales están aquejadas de este riesgo, unas por unos motivos y otras por otros, pero constituye un problema social grave que debería ser prevenido y tratado convenientemente cuando se produzcan intentos.

No obstante, en este punto se abriría otro debate en cuanto es más relevante identificar qué tipo de enfermedad social induce a la alta tasa de suicidios, que buscar estrategias para disuadir o evitar que alguien que lo tiene decidido lo lleve a término. Cada caso es un mundo, y esto no podemos olvidarlo, pero también hay que reconocer que el derecho a la vida debe contemplar el derecho a cesar la propia vida cuando a uno le resulta insoportable. Aquí, como apuntaba se abriría un diálogo controvertido y, por qué no, rico y fructífero también para ahondar en las razones que los humanos tienen para optar por el suicidio.


[1] Oriol Ponsatí-Murlà, O no ser. Antologia de textos filosòfics sobre el suïcidi. Edicions de la ela geminada. Girona. 2015. Traducción al castellano de la autora del artículo

[2] https://www.lavanguardia.com/vida/20190909/47260236571/dia-mundial-prevencion-suicidio-espana.html

[3] https://www.mscbs.gob.es/profesionales/excelencia/docs/MANUAL_APOYO_MMCC_SUICIDIO_04.pdf

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