APOCALIPSIS by Pedro Martínez de Lahidalga

La gente dice que deberíamos dejar un planeta mejor para nuestros hijos. Es cierto, pero también es importante dejar unos hijos mejores para nuestro planeta” (Clint Eastwood)

 En el Libro de Joel el profeta -menor- sitúa el Juicio Final en el valle de Cedrón, también llamado de Josafat -a las faldas de la ciudad vieja de Jerusalén- donde el fin del mundo será anunciado con un atronador sonido de trompetas que los ángeles fieros tocarán para despertar a los muertos (ya van por encima de los cien mil millones, mal contados) que desfilarán por entre las tinieblas, en ingente marea de una humanidad culpable, bajo una lluvia de fuego; un escatológico día de la ira ratificado siglos después por autoridad de mayor rango en el Apocalipsis, atribuido nada menos que a San Juan. Hoy, en este mundo globalizado y posmoderno, ese siniestro oficio de los antiguos profetas que se relamían anunciando toda suerte de calamidades reservadas para nuestras postrimerías lo desempeña de manera inquietante una tal Greta y, con algo más de enjundia, lo vienen pronosticando los hombres (o las mujeres) del tiempo, a más del Panel Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC) en las proyecciones publicadas en su famoso Informe Especial sobre Calentamiento Global (SR15) publicado hace apenas un par de años.

 Cuando, allá por el siglo VI a. de C., Yaveh dejara redactada en el Génesis la orden dada al hombre de crecer, multiplicarse y dominar la Tierra, ésta contaba apenas con unas decenas de millones de almas y, aunque algunos se lo tomaran al pié de la letra, tal dispendio no llegaría a generar en los siguientes veinticinco siglos mayores problemas. Sí que se ocasionarán de una forma acelerada a partir de la revolución industrial del recién pasado siglo XIX hasta la llegada de nuestros días, con siete mil quinientos millones de consumidores y una proyección para el fin de siglo de más de diez mil millones. El impacto sobre el medio ambiente no es otra cosa que el producto resultante del referido tamaño de esa población por el consumo per cápita, un factor que se verá agravado por el hecho de que las tres cuartas partes de tamaña sobrepoblación corresponderían a la variedad urbanite predator, subespecie motorizada y omnívora que se alimenta de todo tipo de ultraprocesados plastificados y que habita en las metrópolis, sin contacto ni empatía con la naturaleza. Gentío al que en esta nueva era antropocéntrica se le viene nombrando eufemísticamente con el epíteto de público, un calificativo sustitutivo del genuino masa con el que llenar los estadios de fútbol, los centros comerciales, los conciertos multitudinarios u otras efemérides cuyo éxito y único mérito consiste en su capacidad de arrastrar multitudes.

 La fundación Optimum Population Trust (OPT), también conocida como Population Matters, es una asociación sin ánimo de lucro que examina el impacto del crecimiento de la población en el medio ambiente (recursos naturales y energéticos, cambio climático, biodiversidad, huella ecológica…) para acabar dictaminando el grado de sostenibilidad de un sistema. De este modo considera como población mundial óptima sostenible una horquilla que va de los dos mil setecientos a los cinco mil cien millones de habitantes, casualmente la habida entre los años cincuenta y noventa del pasado siglo. Una coincidencia que nos puede hacer sospechar que el análisis encierra (a más de considerar un estándar occidental de consumo medio) el sesgo melancólico de esos mismos baby boomers que ahora se retiran (yo, entre ellos) o mueren, unos del corazón y otros de desasosiego, al ser conscientes de que ese su mundo de elegante modernidad ya no existe y que, indefectiblemente, el resto de sus días tendrán -tendremos- que sobrevivir entre una muchedumbre insaciable: interminables caravanas para llegar a la playa, aglomeraciones en las principales calles de las ciudades, establecimientos atestados de turistas, tumultos por asistir a un concierto, cines y teatros abarrotados o colas hasta para contemplar una exposición de Tiziano en una galería muy exclusiva.

 A los que nos ha cogido la posmodernidad a contrapié, sabiendo de la pata que cojea el personal y tal como anda el patio, el percibir cómo en estos tiempos tamaña problemática ha sido en gran parte sustraída del riguroso debate científico y se haya trasvasado bruscamente de semejante manera a los escurridizos campos del marketing emocional (la referida Greta y sus corazones partíos) o de la moral (hasta el Papa Bergoglio tiene publicada su propia encíclica Laudato Si, al efecto), ya nos pone en guardia. Al igual que lo hace el constatar la evidente polarización política e ideológica con la que de forma propagandística se viene tratando el tema en unos media tras los que se parapetan poderosísimos lobbies fuertemente posicionados en la retaguardia como anunciantes de referencia, o lo chirriante que resulta que la corriente principal de la ciencia climática (amplificada por un maremágnum de asociaciones más o menos gubernamentales) esté paradójicamente esponsorizada, subvenciones públicas aparte, por fundaciones de las mismas empresas energéticas que hasta hoy han estando lucrándose explotando los combustibles fósiles (la principal causa de contaminación antropogénica). Aspectos o derivas espurias de los que habrá que mantenerse ojo avizor.

 Para acabar de arreglarlo, partimos con la desventaja (parte del mal ya está hecho) de arrastrar un desajuste evolutivo, heredado de nuestro linaje mamífero, siendo así que nos encontramos soportados por mentes tribales (provenientes de la edad de piedra) con las que lidiar los novedosos problemas existenciales de escala global, como éste de la superpoblación y su reflejo en el cambio climático, u otros de similar magnitud (la amenaza nuclear, la disrupción tecnológico-digital o, últimamente, la sobrevenida pandemia) en los que, hasta las ideas más queridas y refinadas provenientes de nuestras ilustradas tradiciones humanistas (libertad, justicia e igualdad) pueden llegar a mostrarse obsoletas en un mundo donde los nuevos envites (esa anunciada convergencia de catástrofes) tienen que ver más con sesgos estructurales a gran escala que con identidades tradicionales o prejuicios individuales.  De hecho resulta inquietante pensar que esta amada democracia liberal de ciudadanos más o menos libres, tal como hoy la conocemos, no llegue a sobrevivir al despliegue de las info-tecnologías del futuro (excusadas en la eficacia, si no en supuestas razones de Estado) y quedemos inundados bajo el mar de sus algoritmos inteligentes, cuando no en sistemas totalitarios.

Debido a la enormidad del desafío, entiendo necesario ordenar con un mínimo rigor ese batiburrillo donde se mezclan peligrosamente ciencia, política, negocios, comunicación y propaganda junto a las distintas formas de religión (eco-religiones incluídas) en una amalgama proclive a la manipulación, si no directamente al engaño. Centrémonos en hacer lo correcto, de lo que ahora estamos hablando es de la consecución del acuerdo de París de 2015, basado en impedir que la temperatura global ascienda por encima de un grado y medio respecto a los niveles preindustriales y, para la segunda mitad de este siglo, lograr la neutralidad del carbono (que no se emita más CO2 del que la naturaleza pueda absorber), un acuerdo en el que los países responsables de más del 60% de esas emisiones (China, India, Brasil o, hasta ayer, EEUU) ni están, ni se les espera. Por lo que respecta al común de los mortales haríamos bien, no en conquistar (reconquistar) la naturaleza, sino en intentar entenderla para así llegar a amarla y, consecuentemente, protegerla. El cambio empieza en nosotros mismos, el futuro quién sabe lo que nos deparará.

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